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MICHEL by Conchi Ruiz

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Londres,  8 de la mañana.

 Michel abre los ojos e instintivamente mira el reloj, salta de la cama y tropezando con todo lo que se le ponía por delante, corre al cuarto de baño, mete la cabeza bajo el agua del grifo del lavabo y sin secarse vuelve a la habitación y se viste apresuradamente hablando solo en voz alta “¡Llegaré tarde! ¡Perderé el tren! ¡Imbéciles!.”

Con la pequeña maleta llega a recepción y da un golpe en el mostrador.

— ¡Le pedí que me avisaran y estoy a punto de perder un tren! ¡Pídame un taxi!

— Le llamamos tres veces señor. Lo siento. El taxi lo está esperando desde la hora que usted me indicó. Buen viaje.

Michel no supo que contestar y sin disculparse salió disparado.

— ¡A la estación! —dijo al taxista

El tráfico es intenso, llueve y la niebla espesa no permite adelantamientos ni maniobras fuera de lugar, mira su reloj constantemente.

— No se preocupe, llegaremos a tiempo, tomaré un atajo cuando salgamos de este atasco.

— Gracias.

Ya en la estación recuerda que no tiene billete y corre desesperadamente al andén cuando el tren ya está cerrando puertas y se sube a un vagón ya casi en marcha. 

Agotado se tira materialmente en el asiento, el tren va casi vacío, el revisor se acerca por el pasillo mirando a un lado y a otro.

— ¿Su billete por favor, señor?

No lo tiene y le pide explicaciones a Michel desde una cara sin expresión pero con ojos amenazadores. Le da explicaciones que acepta el revisor con una buena propina.

A través de los cristales de la ventanilla no se ve más allá de las vías del tren, intenta relajarse y pensar en su situación. Va al pueblo donde su padre se retiró después del accidente donde su madre y su hermana fallecieron, Dibton, un pueblo donde vivía solo con sus perros y un pequeño terreno donde cultivaba algunas cosas y un pequeño jardín de rosas. Allí iba enterrando poco a poco el dolor de su tragedia. Y él, un arquitecto de renombre, nunca encontró el momento para visitarlo, el trabajo y la fama se interpusieron a la razón y el sentimiento. Hubiera querido llorar pero no salían lágrimas, solamente un nudo que atenazaba su garganta y le dificultaba la respiración “¿Llegaría a tiempo de verlo vivo?” “¿Quién era aquella mujer que conocía su teléfono y lo llamó llorando?”

Sintió el estómago vacío, la cafetería estaba en el tercer vagón, él en el quinto, el último. El café está amargo y se siente mal. No importa. Vuelve a su asiento y cierra los ojos. Y llegan recuerdos de su niñez, sus estudios, su familia. Su padre, autoritario y afable, querido por todos, el buen amigo Eric, una buena persona. De nuevo en nudo en la garganta. Se pregunta el por qué de no haber ido alguna vez a visitarlo y solo pensó en sí mismo y sus triunfos. Aprieta las manos con fuerza.

El tren hace una parada y suben personas con cestos y cargadas de paquetes. Un niño pequeño se le queda mirando, le hace un gesto con los dedos y el niño se ríe. Recuerda a su padre que le hacía reír con juegos de manos. Se siente incómodo.

La niebla sigue reinando a sus anchas y la lluvia dibuja en los cristales figuras extrañas que la velocidad del tren borra y aparecen otras distintas, unas tras otras, tragadas por la misma lluvia que las pintó.

Sonó una campana llenando el espacio del tren con su sonido. La marcha se hacía cada vez más lenta hasta pararse.

— ¡Llegada a Dibton!

Era la voz dura del revisor desde un altavoz. 

Final… mañana

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