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EL PACTO SECRETO by Merche Rivas Martínez

– ¡Que me lo des! ¡Que me des el mando! Quita esa mierda de canal- chillé con rabia al niñato de mi hermano pequeño – ¡quitámelo si puedes fea!- Le arreé un tortazo y el negro mando cayó al suelo, se rompió la tapa y las pilas corrieron a esconderse debajo del sofá donde peleábamos. Nuestros  padres estaban discutiendo sentados en la mesa, uno delante del otro, por una factura de teléfono que les iba a costar el sueño ese mes, a apenas tres metros de nosotros.

— ¡Mira que has hecho tonta! ¡Mamá, Bimba me ha pegado!  Y venga a llorar el niño a moco tendido… se ponía más pesado que un collar de melones. Nos enganchamos de los respectivos pelos. Yo tenía las de perder porque tenía una melena larga fruto de cortarme solo las puntas durante los doce años que tenía entonces, así que podía tirar de él a sus anchas sin que pudiera casi defenderme, a diferencia de yo que con mis pequeñas manos apenas podía coger su centímetro y medio de pelo rubio como un campo de trigo. A sus 10 años mi hermano Miguel tenía todo un máster en estrategia, sabía a la perfección qué decir y qué hacer para tener la razón en todas las peleas de cara a contárselo a mis padres, aunque lo pillaran con las manos en la masa, o en este caso, en mi pelo, de modo que no paraban de lloverme castigos a mansalva y algún que otro sopapo. Como gran estratega supo captar la atención de mi madre, entre grito y grito con mi padre, aquello era un salón de locos. Se acercó Mamá y como un saco de nervios se dirigió al sofá para decirnos: Nada.

No pudo decirnos nada. Nos quedamos de piedra. Nos soltamos los pelos. El tiempo se paró. Mamá intentaba hablar, abría la boca pero no le salían las palabras, balbuceó algo raro que sonó como gutural. Como hablan los mudos cuando se olvidan de que son mudos. Helados, nos limitamos a contemplarla. De repente, ante nuestras miradas perplejas, corrió a la mesa. Nos pusimos de pie en el sofá para ver qué hacía y vimos como cogía un bolígrafo y escribió en el mismo mantel de hule: hospital, corran.

Mi padre cogió las llaves y cogiéndola de la mano se dirigieron a la puerta que daba a la calle. No sin antes decirme: cuida de tu hermano ahora venimos Bimba. La puerta se cerró y escuchamos el coche alejarse a toda velocidad. Cuida de tu hermano Bimba recordé. Me había quedado delante de la puerta como un espantapájaros pero sin la sonrisa, me di la vuelta y vi a mi hermano en el sofá, esa bola rubia enana que yo detestaba con todas mis fuerzas estaba llorando asustado. Acercándome a él supe que algo en mí acababa de cambiar para siempre. En el colegio me habían explicado lo que era un ictus y sabía perfectamente que a lo mejor lo que volvía a entrar por la puerta podía ser mi padre acompañado de una mala noticia. No quería ver a la bola rubia asustado nunca más, tenía que conseguir que no se enterara de nada y rezar para que por la puerta volvieran a entrar los dos en vez de uno. Lo abracé con todas mis fuerzas –Tranquilo, Miguel, estoy aquí contigo, le habrá subido la tensión por los nervios, ahora le darán una pastilla y se le pasará. Nos quedaremos despiertos hasta que vengan ¿de acuerdo? A ver quién de los dos acierta cuánto tardan, yo digo que en una hora están aquí, ¿qué dices tú? No nos volveremos a pelear nunca más ¿vale? Te quiero enano—.

Mamá no pudo llegar esa noche, pero sí volvió papá a por nosotros y dormimos todos en el hospital junto a su cama. No le afectó nada, un milagro y todavía no sé con qué santo estoy en deuda. Al día  siguiente entrábamos los cuatro por la puerta de casa y Miguel y yo con un pacto secreto de no volver a pelear jamás. No olvidaré nunca aquella bola rubia asustada que de repente se quedó a mi cargo y así quedó por el resto de mi vida. Fue toda una lección y desde aquél día estamos siempre despiertos por si hay que correr a abrazarnos y jugar a acertar cuánto tarda en pasar un mal trago. Reitero, jamás, tuve tan claro que un hermano es un regalo y un compañero con el que contar cuando la vida sea primavera y cuando se vuelva infierno como se volvió durante aquellas largas horas que, por suerte, quedaron en un ensayo.

Merche Rivas Martínez

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