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La de la Curva by Javier Fernando Castillo Naranjo

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1

Era como me la habían descrito: Como de unos veinte años, blanca como la cal, lívida, el cabello negro, negrísimo, los labios morados.  Y sí, apareció al costado de la vía, estirando la mano como pidiendo que la llevaran, pero miedo no me dio.  Repelús, sí, pero miedo, lo que se dice miedo, no.  Y tal vez fue por eso que paré la camioneta.  Y ella se subió.

Serían las 4 de la madrugada.  Habíamos cargado el producto con mi hijo.  Él se quedó para arreglar la bomba del pozo que se atascaba y yo cogí camino pa’l pueblo.  Todo iba normal, me faltaban unos 20 kilómetros para llegar cuando ella apareció.  El Antonio había contado que hablaba como cualquier mortal, aunque no recuerdo si dijo que la vio sonreír.  Pues esta sí que sonrió.  Voy pa’l pueblo -le dije.  -Gracias -respondió, mostrando los dientes.

Se estuvo callada mirando por la ventanilla y yo no sabía qué decirle, porque ¿qué se le dice a un alma en pena si ya todo lo del mundo le importa tres pepinos?  Por eso fue idiota preguntarle si quería que pusiera la radio.  Como quiera, me dijo, y puse la emisora de las rancheras.  Pensándolo bien ahora en frío, eso fue idiota también; mejor hubiese sido Radio María, que a esa hora seguro andaban con el rezo del rosario.

Así estuvimos entre el Vicente Fernández y Jorge Negrete, ella con los ojos perdidos mirando la noche y yo con la vista saltando de la carretera a la chavala, de reojo, pa’ que no se fuera a incomodar.

2

El Antonio y los otros decían que cuando la carretera tuerce a la izquierda, después de pasar por la granja de olivos, era cuando ella desaparecía.  Pues cuando logré divisar la verja con el gallo dorado de emblema de la granja, el corazón se me disparó.  Pero tampoco me dio miedo, más bien era como la excitación que sentí cuando parió la Gisella, la vaca, que ya creíamos todos que se iba a morir sin dar prole y le nacieron tres becerros bien sanotes.

Estaba girando a la izquierda y esperaba que ella dijese eso de «en esta curva fue que me maté», según lo contaban el Antonio, el Miguel y los otros, pero nada.  Salimos de la curva y ella seguía a lo suyo, como embelesada con la oscuridad.  Cuando estaba pensando en qué otra curva podía esfumarse, fue cuando pasó lo increíble.

La chica se me acercó más.  Y sí que sonreía, estoy seguro, aunque no la vi directamente; para entonces tenía los ojos fijos en la carretera.  Sentí entonces como su mano se deslizaba por mi muslo hasta la entrepierna.  Escarbaba y con la uña negra dibujaba círculos en el paquete por encima del pantalón.  Ahí sí que sentí miedo.

 

Es que uno no es bobo, uno sabe cómo es uno.  La Gisella —no la vaca—, sino la Gisella, mi mujer, siempre me dice que yo soy más feo que gritarle a la mama, pero que no había conocido hombre más buena gente que mi persona y que por eso se casó conmigo.  Por eso, si una muchacha como esa, así, guapetona, de buen ver —aunque muerta— te busca las cosquillas, ya uno sabe que hay segundas intenciones de por medio.

Yo no sabía qué hacer, pero ella al parecer sí.  Cosa sobrenatural: me desabotonó y me bajó la cremallera ¡con una sola mano! Después sentí el frío helado de la muerte que me meneaba ahí abajo  los pares y el impar.  Y yo que me desmayaba pensé que todo eso era una prueba celestial y que si me dejaba hacer terminaría en los infiernos.  Y me dejé hacer.

3

Todo fue muy confuso y solo recuerdo a trozos lo ocurrido a partir de ahí.  Recuerdo que ella en algún momento me susurró en el oído: «para», y yo paré la camioneta.  Nos bajamos y me llevó al prado al lado de la vía.  Allí me tumbó.  Luego si es cierto que desapareció, aunque no precisamente en una curva.  También hay que decir que desaparecieron la carretera, la camioneta, el producto y hasta yo mismo.  Me estuvieron buscando todo ese día y me encontraron, ya medianoche, tirado en un zarzal cerca de la granja de los olivos hecho unos zorros.  Tenía la bragueta abierta y decía cosas sin sentido, así como los borrachos.

A veces pienso que no terminé en el infierno solo por el hecho de que cuando ya comenzaba a animarme con el toqueteo aquel se me ocurrió pensar en la Gisella (la parienta, no la vaca), y así se me fue desinflando el deseo, como suele ocurrir en la vida real.  La camioneta y el producto no aparecieron nunca, seguro que el demonio cargó con todo rabioso de no haberme podido llevar con él.  Por eso no denuncié, aunque muchos me recomendaron que lo hiciera.

Ahora el que cuenta la historia de la de la curva soy yo.  A todos, usted ya ve, menos a Gisella, claro, ni  la vaca ni la mujer.  El Antonio, el Miguel, el Juancho y los otros saben que así fue.

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