editorial Fleming

Bellísima by Paco Ríos

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Amelia quería ser la más bella. Y no es que no lo fuera, que lo era y mucho, es que quería serlo muchísimo más. —Tendré a todos los hombres a mis pies —se decía a sí misma—. Todas las mujeres me tendrán envidia. Mi vida será todo aventuras, fiestas y glamur.

Desde muy joven, pasaba horas frente al espejo antes de salir de casa. Admiraba sus preciosos ojos, rizaba sus largas pestañas, peinaba y repeinaba su bonito pelo. Total, que, para llegar a clase de 9, se levantaba a las 6. —¿Has visto qué guapa? —decían admirados los que la veían—. ¡Y qué pelo!

Sin embargo, ella no estaba satisfecha. —El señor del quiosco no me ha dicho nada. ¡Ni siquiera me ha mirado! —pensaba—. Tengo que ser aún más bella.

Pronto comprendió que su cuerpo también era clave; inició una dieta estricta y se apuntó no a uno, sino a cinco gimnasios. Se levantaría una hora antes para hacer aerobic, a medio día haría zumba, por la tarde pilates, antes de cenar, yoga, taichí para ir a dormir. —Estaré perfecta.

Y es verdad que estaba impresionante. Sus compañeras de trabajo se mordían las uñas de envidia. —Es guapísima —decían unas—. ¿Has visto qué tipazo? —decían otras—. —Pues, pues tiene los tobillos un poco anchos —decían las más envidiosas, buscando defectos inexistentes—. Sus compañeros no decían nada porque se quedaban sin respiración; la mayoría no se atrevía ni a acercarse.

Pero ella seguía sin estar satisfecha. —Hoy Andrés apenas se ha puesto nervioso, y eso que le he mirado directamente a los ojos. Aún no soy suficientemente bella —pensaba.

Entonces, decidió que estudiaría para modelo. Y se levantaría otra hora antes para practicar miradas frente al espejo: “sonrisa dulce”, “seductora”, “guiño cómplice”, “susto inesperado”. La “susto inesperado” no la veía clara, —¿Cómo voy a prepararme para algo inesperado? —se decía. Pero también lo practicaba a diario, porque nunca se sabe.

—Pasaré un poco de sueño, pero estaré irresistible.

Y vaya si lo estaba. Algunas compañeras tuvieron que ponerse uñas postizas; el pobre Andrés casi se ahoga cuando Amelia quiso ensayar su “mirada seductora” con él. ¡Menudo susto, no conseguían que recuperara el pulso!  Decidió que, en la oficina, sólo usaría las miradas “concentrada” y “me aburro como una mona”. Si acaso “sonrisa dulce”, pero nunca más “mirada seductora”. Y de “pasión desenfrenada” ni hablamos, claro.

Pero Amelia aún no estaba del todo convencida. —El conductor de autobús no ha tartamudeado. No soy suficientemente hermosa. Y eso que llevo un vestido nuevo.

Y así, decidió que también estudiaría moda. Necesitaría otra hora cada mañana para elegir la ropa, pero todo estaría en perfecta armonía; sus ojos y sus labios serían joyas a juego con su vestido, su pelo se confundiría con la luz y con el aire. De día, sería cálida como el sol; de noche, misteriosa y profunda como la luz de la luna. Apenas tendría tiempo para dormir, pero, por fin, ahora sí sería la más bella.

Y al principio todo fue bien. Nadie podía pasar por su lado sin admirarla; los hombres tartamudeaban al hablar con ella, ninguna mujer podía evitar envidiarla, el dueño de la tienda de uñas postizas amplió su negocio.

Pero al poco tiempo, todo empezó a torcerse. La pobre Amelia estaba cada vez más cansada. Aunque era bellísima, ya no tenía entusiasmo, y sus ojos empezaron a perder brillo; sus estudiadas miradas ya no convencían. En unos meses, sus compañeras habían dejado de comerse las uñas. Un día, Andrés se acercó y le dijo: —Amelia, tienes mala cara, si quieres te llevo a casa. ¿Quieres que llame al médico?

¡Varias frases seguidas sin tartamudear! ¡No era posible!

Pero Amelia estaba agotada y aceptó. Durmió varios días seguidos (dicen que hasta roncaba). Al despertar, se encontró de maravilla. Pasó de las sesiones de aerobic y de miradas; se dio una ducha, se puso unos vaqueros, un jersey, y unas zapatillas. Se hizo una coleta, y salió a la calle dispuesta a cambiar su vida.

¡Y vaya si lo hizo! Pisó los charcos y puso perdidos los pantalones, habló hasta por los codos con los señores del quiosco y del autobús, y comió helado. Después, se despidió de su oficina y creó una exitosa empresa de belleza, con gimnasios, peluquería, agencia de modelos, y hasta una marca de moda.

Y nunca más volvió a preocuparse por ser la más bella.

Algunas veces, se marcha de fiesta con Andrés. Tocan la guitarra, bailan y se emborrachan. Cuando se levantan por la mañana tienen resaca, y están despeinados y horribles. Pero no importa, porque están felices.

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