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De tumbas y ultratumbas: El cementerio como espacio literario

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Cementerio Comillas Madrid

La Esfera de Papel by FELIPE BENÍTEZ REYES

Comoquiera que el ser humano es peculiarmente humano por naturaleza, según nos avisó Pero Grullo, tenemos la costumbre, desde los tiempos neblinosos de la prehistoria, de enterrar a nuestros muertos, aunque la tendencia actual se incline a que los quememos y luego esparzamos sus cenizas por algún lugar que en vida fue emblemático para el difunto en cuestión, en el caso de que sus deudos no decidan conservar sus restos dentro de una urna, como elemento entre ritual y decorativo, en el salón de su casa, pues de todo hay.

Si algo nos han enseñado la literatura y el cine de terror son dos cosas, a saber: 1) que algunos muertos no están tan muertos como pudiera parecer a primera vista y 2) que resulta una temeridad construirse una casa sobre un antiguo cementerio, sobre todo si en su día fue un cementerio apache o similar. En un plano más específico, Stephen King, en su novela Cementerio de animales, avisó de los peligros que conlleva el irse a vivir en las cercanías de un enterramiento de animales domésticos, porque el día menos pensado puedes encontrarte a tu gato muerto maullándote entre las piernas, con su olor a zombi, y luego desencadenarse una escabechina a causa de una confabulación de fuerzas malignas que emanan desde quién sabe qué trasmundo pavoroso. Y a nadie le gusta verse envuelto en ese tipo de fenomenologías.

Cees Nooteboom tuvo la ocurrencia de recorrer medio planeta para visitar la tumba de sus autores admirados. Contó ese periplo fúnebre en su libro Tumbas de poetas y pensadores, en cuya introducción leemos, muy en el estilo característico del ya mencionado Pero Grullo: “¿Quién yace en la tumba de un poeta? El poeta, desde luego, no, eso es bien sabido. El poeta está muerto, de lo contrario no tendría una tumba. Pero el que está muerto ya no es nadie, por lo tanto tampoco está en su tumba. Las tumbas son ambiguas”. Bueno, más que ambiguas, las tumbas suelen ser de mármol, esa piedra que lo mismo sirve para inmortalizar la figura de un emperador de la antigua Roma que para recordarnos el nombre de, por ejemplo, Eulogio Martínez Rivera (1929-1984), que tenía una empresa oftalmológica en mi pueblo. Más que ambiguo, en fin, el mármol es democrático, al menos en lo que respecta a su uso mortuorio.

En el siglo XVIII, hubo en Inglaterra un grupo de poetas (los llamados graveyard poets) que debieron su inspiración a esa musa luctuosa y especialmente pálida que vaga por los cementerios, donde encontraban aquellos vates sus motivos líricos, que más que líricos resultaban tétricos. Uno de aquellos poetas de esto sombrío, Thomas Gray, avisaba así -por si acaso a alguien se le olvidaba- de la vanidad de las cosas del mundo: “La jactancia de la heráldica, la pompa del poder/ y todo cuanto la belleza y la riqueza te concedieron/ aguardan su hora inevitable:/ los caminos de la gloria/ conducen también a la tumba”.

En la década de 1930, Mariano Rodríguez de Rivas organizó en Madrid una serie de visitas a los jardines y cementerios románticos en compañía de escritores como César González-Ruano, Agustín de Foxá o Alfredo Marquerie, que recitaban allí sus versos de retórica apesadumbrada. (Foxá lo cuenta en una página de Madrid de Corte a checa y Curzio Malaparte en una de Kaputt.)

Los textos que se leyeron en aquellas rondas se editaron en 1935, al cuidado tipográfico de Manuel Altolaguirre y Concha Méndez, en edición de 225 ejemplares numerados, con el título de Los crepúsculos. En los créditos se especifica que “el ejemplar número 1 se imprime en honor de Charles Baudelaire, poeta de una obra que amó el crepúsculo y poeta de una vida que se abría en los atardeceres”, y se hace constar que depositan el libro -cabe suponer que simbólicamente- “encima de su tumba del cementerio de Montparnasse de París”.

A José Cadalso debemos unas lúgubres Noches lúgubres, con una muerta desenterrada por medio que es tenida como trasunto de una señorita Ibáñez, actriz y amada del escritor, a la que, según quiere la leyenda -y ya sabemos que la leyenda es una realidad con pies de barro-, intentó exhumar en un rapto de locura prerromántica, aunque por fortuna en intento se quedó, pues, gracias a Théophile Gautier, ya sabemos lo que puede liar una muerta regresada del ultramundo.

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