Ensayo

DE LA ANÉCDOTA AL MITO: LA INTUICIÓN by Rosa Marina González Quevedo

Érase una tarde en la que me encontraba esperando el autobús. La calle estaba desierta y apenas se escuchaba el susurro del viento. Una calma enfermiza invadía el ánimo (el mío y el de la entera ciudad) y daba rigidez al ambiente hasta el punto de inmovilizarlo casi por completo… Cuando, de repente, vi acercarse un camión por la avenida. Abarrotado hasta el tope, con el calor que hacía, el vehículo daba la impresión de ser un vagón de carga humana destinado al horno del infierno.

Yo, por aquel entonces, llevaba el pelo muy largo y rizado, semejante a la melena de un león. Hastiada e irremediablemente aburrida, me entretenía en ver acercarse el camión e imaginaba, al mismo tiempo, que algo iba a suceder; por ejemplo, que cuando el camión pasara a mi lado alguien me gritaría: «¡leonaaa!» (por aquello del pelo, claro está). Lo que no esperaba era que el grito sucediera tal y como lo había anticipado en mi mente: en efecto, algunos hombres que iban a bordo del camión, al pasar a mi lado, me gritaron «leona». 

No reaccioné. Me quedé tal cual, impávida ante lo sucedido. Lo cierto es que, desde aquella tarde, empecé a creer fehacientemente en la existencia de ese sexto (o séptimo o el número que sea) sentido denominado «intuición».

En cuanto a la definición del concepto, el Diccionario de la R.A.E. nos indica la etimología de la palabra «intuir» en el latino intuēre, que significa «percibir íntima e instantáneamente una idea o verdad, tal como si se la tuviera a la vista» [1]. En italiano, sin embargo, el citado término latino se traduce como «guardare dentro»; es decir, «mirar interiormente» (in-tuēre) [2]. Luego, mientras ciertos diccionarios etimológicos nos sugieren una relación entre «intuir», «tutela» y «tutor» [3], otras fuentes definen la intuición como «imagen reflejada en un espejo» [4] relacionándolo el mito griego de Eros y Psique. 

En La Metamorfosis (también conocida como El asno de oro), Apuleyo cuenta la historia de la relación entre Eros (el amor) y Psiche (el alma): Afrodita, envidiosa de Psique, encomendó a su hijo flecharla para que esta se enamorara de un hombre muy feo. Fue Eros, sin embargo, quien se enamoró perdidamente de la joven Psique. Así, comenzó a visitarla cada noche en la oscuridad, pues era menester que Psique respetara una condición: no hacerle preguntas acerca de su identidad y, sobre todo, no ver su rostro (de esta forma, evitaría la ira de su madre Afrodita). Una anotación importante: si nos detenemos en esta parte del mito, nos damos cuenta de que la relación entre el amor y el alma es ciega. O mejor aún, se realiza originariamente a ciegas.

Luego, la historia continúa: las hermanas de Pisque la alientan a descubrir la identidad de Eros. De esta forma, Psique viola su pacto y, haciéndose luz con una antorcha de aceite, se acerca al dios durmiente para ver su desconocido rostro en la oscuridad. Sin embargo, una gota del aceite encendido cae en el rostro de Eros. Y este, enfurecido, aparta de su lado a su amada. Entonces, Psique acude ante Afrodita para que interceda. Pero esta, furiosa, la condena a realizar cuatro sacrificios; el último de ellos, bajar al Hades para pedirle a Perséfone una dosis de belleza destinada a su  hijo Eros (este la había perdido a causa de tanto sufrir)… Y al final, todo termina felizmente. Y los amantes vuelven a unirse. Y de esta unión nace Voluptus (el placer sexual).

En fin, aunque parezca traído por los pelos, el mito de Eros y Psique es una representación del misterio de la intuición. Ver antes de ver, anticipar la idea de la imagen antes de que la imagen se materialice: es esto lo que hace Psique cuando se enamora a ciegas de la belleza de Eros. Sin embargo, Psique desea saber si Eros es realmente bello o si, al contrario, es un monstruo. Por eso, es necesario que vaya a mirar su rostro.

 Conclusión: no existe intuición sin la certeza de lo intuido. Dicho de otra forma, no comprobamos lo intuido hasta que nuestra anticipación mental no se actualiza. Desde luego, lo que nos admira de este sexto (o séptimo o el número que sea) sentido no es  su existencia, sino la certeza de su existencia. Porque tal vez lo que más tememos saber es saber que sabemos; al menos, eso parece. No obstante, ojalá algún día se nos enseñe a intuir de la misma forma que se nos enseña a hablar. Ojalá algún día…

[1] Diccionario de la Lengua Española, Vigésima Segunda edición.

[2] Il Grande Dizionario Garzanti DELLA Lingua Italiana.

[3] http://www.etimo.it/?term=intuire

[4] Scoprire e conoscere l’Astrologia e le arti divinatorie, DeAgostini, Vol. 5.

Rosa Marina González-Quevedo

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