narrativa

La visita llegó para quedarse by Mercedes Freedman

El ataúd era negro. Recuerdo todo bien, pero eso más que ninguna otra cosa. Lo demás en la habitación eran tonos grisáceos. Si el sol brillaba allá afuera, lo hacía sin color.  Colocado en medio de la sala con la puerta abierta a la calle, este ataúd era distinto. Arropaba eternamente al chico de catorce años ahogado unos días antes. A su alrededor flotaba un silencio, persistente como el zumbido de una abeja, que nos apretaba la garganta. Solo la lluvia y el llanto, a punto de desplomarse, tenían permiso para romper aquella quietud. 

El chico llegó de una tierra árida y seca para visitar a sus tíos y el primo. Pasaría el verano en nuestra isla, tan llena de mar. Un día se metió en él, se perdió entre las caracolas y olvidó que el mar tenía más fuerza que nadie.  Tanta agua le sacó el aire para siempre; y dejó a sus padres cojeando en el respirar, a manera de recuerdo, desde que llegaron para enterrar a su hijo.

Mi hermano y yo nos acercamos al chico muerto. Caminamos de puntillas, como con miedo de que nos viera ser capaces de hacer algo que él ya nunca haría. Al lado del ataúd, descansando sobre las puntas de los pies, estiramos nuestros cuellos y levantamos nuestras cabezas lo más posible para ver al chico con quien jugamos alguna vez. La piel le había cambiado a un color que nunca habíamos visto. Nos tambaleamos y nuestras caras quedaron blancas, aunque en el pecho el correr de nuestra sangre se había acelerado. Mi hermano dijo:

–Adiós, Francisco –y rompió el silencio por unos segundos.

 Al salir de la sala, mi hermano me dijo al oído:

–Tengo miedo de ese cajón negro que se lleva a Francisco.

–Yo también –contesté.

Algunos vecinos estaban de pie a ambos lados del camino.  Solo quedaba esperar a lo único por suceder mientras fijábamos nuestros ojos en la única puerta abierta en el porche. El ataúd se dibujó a sí mismo en el suelo de la sala para que los tíos y el primo lo vieran allí todos los días, como si no fuera suficiente arrastrar la imagen del pariente ahogado donde quiera que fuesen de aquel día en adelante. Cuando comenzó el viaje al cementerio, los llantos retenidos y la ligera lluvia de verano pusieron fin al silencio. A nuestro alrededor las buganvillas lucían sus flores rosa y naranja perfumadas con el aroma de las cercanas adelfas, algún pájaro de siempre voló cerca de nosotros mientras allá abajo, en el mar,  un barco dejaba el puerto. Todo parecía igual que siempre, como si nada hubiese pasado desde una semana atrás,  pero a mí se me había metido el miedo a morir cualquier día.

3 replies »

  1. Such a sad and touching story. Death takes one, affects those who are the closest, and the remaining world goes on. You’ve captured this stark reality so wonderfully. It’s really difficult.

    ‘We walked on tiptoe, as if afraid that he would see us being able to do something that he would never do.’

    Heart wrenching….

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