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CONFESIÓN by Rosa Marina González-Quevedo

Imagen tomada de Pinterest

En cuántas historias te he narrado; algunas reales; otras, inventadas (por cierto, a estas últimas jamás les ha faltado un ápice de verdad). Te he dibujado con el pincel de la esperanza en buenas y malas anécdotas; te he vestido de colores en cuentos de hadas, en fábulas perpetuas, en versos. Soy tu madre. ¿Que ya lo sabías? ¿Sí? ¿Por qué crees que lo sabías? ¿Porque tienes mi carácter?, ¿así de simple?… ¡Espera, espera, no te enfades! No soy tu hacedora. Ya eras y estabas mucho antes, lúcidamente palpitante. Si acaso, fuiste concebido no por mí, sino por ese apéndice del alma que llamamos pasión. Naciste espléndido, de parto natural. Tu alumbramiento fue un trance doloroso que me obligó a extirparme esa parte de mi ser donde anida el raciocinio. Pero no me importó y no me importa. No podía dejarte allí, en la bruma, cianótico por falta de oxígeno, condenado a morir prematuramente. Entonces, naciste y te di un nombre: «Sueño». Desde ese día, te arropo y alimento intentando protegerte de las castrantes ponzoñas que te acechan. Créeme, hago lo mejor que puedo para que no mueras, no lo olvides. Eso sí, no se lo digas a nadie. ¿Lo prometes?

Rosa Marina González-Quevedo

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