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LA COSTUMBRE by Rosa Marina González Quevedo

Perdóname, Juan, no he querido herirte, mucho menos traicionarte. Es que la puerta estaba abierta, ¿sabes?…Y escapé. La verdad es que siempre he querido salir de estas cuatro paredes, pero me ha faltado el coraje para superar mi encierro. Desde luego, tarde o temprano tenía que suceder. Y hoy, sin pensarlo demasiado, decidí romper mi jaula y volar. La comodidad puede vivir entre rejas; de hecho, suele hacerlo. Pero el amor… ¡Oh, Juan!, el amor no resiste el peso del cautiverio y un buen día, renunciando a la ración de apetitoso alpiste que le viene servida por costumbre, salta hacia afuera…

—Lola, ¿hay café? 

Suelto la plancha. Entro en la cocina. Le sirvo el café. Se lo llevo. Me siento a su lado, en el sofá. Él ve «El gran MacLintock». Ha visto esa película no se sabe cuántas veces.

—Juan, quería decirte que…

—Shhhh… ¡Calla, que no me dejas escuchar!

La señora MacLintock ha llegado a la casa y discute con su esposo. El mayordomo se inmiscuye en la discusión entre marido y mujer. La señora MacLintock riñe a su marido porque el criado le ha faltado el respeto. «¿Vas a quedarte ahí, con esa cara de estúpido, mientras un empleado insulta a tu esposa?», le dice. Pero el señor MacLintock se burla de ella y sigue bebiendo. Juan ríe a carcajadas (le gusta el protagonismo del irresistible cowboy).

Regreso a la habitación para continuar mi conversación con el maldito cuello de la camisa. Creo que voy a estallar de rabia. Suelto la plancha. Abro el primer cajón de la cómoda donde guardo algunos folios en blanco y el bolígrafo. Vuelvo a empezar mi carta. Sé el texto de memoria y puedo repetirlo hasta en sueños:

Perdóname, Juan, no he querido herirte, mucho menos traicionarte. Es que la puerta estaba abierta, ¿sabes?… Y escapé. La verdad es que siempre he querido salir de estas cuatro paredes, pero me ha faltado el coraje para superar mi encierro. Desde luego, tarde o temprano tenía que suceder. Y hoy, sin pensarlo demasiado, decidí romper mi jaula y volar. La comodidad puede vivir entre rejas; de hecho, suele hacerlo. Pero el amor… ¡Oh, Juan!, el amor no resiste el peso del cautiverio y un buen día, renunciando a la ración de apetitoso alpiste que le viene servida por costumbre, salta hacia afuera…

***

¿Y si lo hiciera, Juan? ¿Y si escapara?

Miro a través de la ventana. Con la vista recorro el jardín y llego a la valla que limita nuestra propiedad. Está bordeada por una acacia deshojada y reseca. En una rama hay un pequeño gorrión. El pájaro es… ¡tan libre!

—Lola, ¿hay café?

Dejo la plancha. Entro en la cocina. Él está viendo la película de John Wayne; la misma de siempre. La señora MacLintock le pide explicaciones a su marido y él se burla de ella. Juan ríe.

Regreso a la habitación. Cojo la plancha. El pájaro sigue allá afuera, sobre la rama de la acacia. Tomo el papel, el bolígrafo… Y entonces, me duele fuertemente el pecho. Juan entra en la habitación y me dice «¡resiste, nena, resiste!»…

No recuerdo más. (Nunca he podido recordar nada más).

Plancho siempre el cuello de la misma camisa.

Escucho a John Wayne en la tele.

Sirvo el café.

Juan ríe, no me escucha.

Regreso a la habitación…

Todo se repite, también esta carta que —no comprendo por qué— dejo siempre sin terminar.

Rosa Marina González-Quevedo

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