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Cafetería El doscientos -03: By  Paula Castillo Monreal

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El portazo le produjo el mismo efecto que todas las palabras no dichas.  Había decidido no discutir. Llevaba atada demasiados años a una depresión que no era suya y había tomado la decisión: se marchaba.  Su marido la acusó de puta, gritaba descompuesto que le gustaba más la calle que su casa. A la vez rezaba y hablaba de suicidarse mientras le daba  instrucciones para que dejase todo en orden antes de marcharse. Todo sin moverse del sofá. Todo desde el salón oscuro y sin ventilar del que Andrés no salía. Todo con el sabor agrio de la fluoxetina.

–¡Hay que joderse, toda la vida mandando! ¿Te vas a suicidar tu solo o te tengo que ayudar yo? –. Le dijo Eva cerrando la puerta de golpe.

Se levantó temprano, la casa estaba en silencio, la sala de Andrés, oscura con los visillos corridos. El olor metálico le provocó una arcada. Hacía tiempo que no dormían juntos. El pasaba el día tumbado, a veces leía, el resto dormía. Ella trabajaba como asesora comercial farmacéutica doce horas al día. El, la esperaba despierto. Ella dejaba la comida lista para el día siguiente.

No se despidió.  Llovía de forma torrencial y el Opel Astra tardó en arrancar.  Estaba viejo como todo lo que le rodeaba. Con el coche en marcha dudó hacia dónde dirigirse, mientras lo pensaba se incorporó a la carretera de Extremadura y continuó conduciendo un par de horas sin pensar en nada hasta la desviación para Navalmoral de la mata.

–¡Vaya puto día que he elegido para huir de casa! –Dijo en voz alta al entrar en la cafetería que quedaba detrás de la gasolinera.

Se sentó en un taburete de la barra, sacudió la gabardina empapada y pidió un café bien cargado. Mirándole el culo al camarero que le daba la espalda, dio varias vueltas al teléfono que sostenía en la mano y marcó:

–Jesús? oye, que estoy en el bar de la gasolinera de Navalmoral, ¿estás en casa?

–Ah, ¿sí? ¿Y, eso? ¡Qué sorpresa! Si, si. Aquí estoy.

–He venido para quedarme. Ya no aguanto más las escenitas de suicidios ni los chantajes. Estoy harta de la tristeza y la oscuridad de esa casa. Veinte años, Jesús, que son veinte años.

–Bueno, bueno, pero esto podemos hablarlo tranquilamente ¿no? Te recojo si quieres, dime dónde estás y voy a por ti.

–¿Pero a ti qué te pasa? Ya te he dicho que estoy en el Doscientosy tengo mucho frío, no quiero que vengas a por mí. Sé ir solita.  Ya lo habíamos hablado, ¿no? Solo esperábamos el momento, mi momento –le gritaba sin perder de vista al camarero que no disimulaba la sonrisa–.  ¿Pero quieres que vaya o no?

–Claro que quiero que vengas.  Quédate los días que quieras, tranquilízate hasta que puedas pensar las cosas fríamente.  Por mí encantado de tenerte cerca. Así…

Eva colgó.  Pasó del café a la cerveza. Se tomó dos, esperó diez minutos y le volvió a llamar:

–Oye Jesús, que ya estoy más tranquila.  Que te vayas a tomar por culo.

Dejó un billete de diez euros en la barra, cogió la maleta que estaba apoyada en la banqueta de al lado y salió taconeando con la mirada alta. Tras, tras, tras.

Cuando introdujo la maleta en el maletero se sorprendió de que ya hubiera otra dentro. Eran idénticas.

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