Archipielago

UN DÍA CUALQUIERA EN UNA CIUDAD DE MAR

By Paula Castillo Monreal

DÍA 3. LA CASA

            Recuerdo el primer día que llegué a esta ciudad con la intención de quedarme a pesar de la soledad y la muerte que me rodeaba. Llegar a la ciudad que Laura y yo habíamos elegido para vivir juntas, sin ella y sin futuro, fue una decisión que no medité. Solo me movía mi necesidad de huir.

Las calles ardían de fiesta y olor a pescado seco. Del cielo caían luces de colores, que los niños intentaban atrapar con las manos. Arrastraba el peso de dos maletas y el mío propio. Caminaba junto a la multitud que danzaba y se movía al paso de las carretas.  Se celebraba carnaval. Había decidido quedarme en la casa y en la ciudad que imaginamos juntas. Era una ciudad de mar la que me daba la bienvenida.

            Llegué vencida de acontecimientos. Había sido el primer atentado terrorista que ocurría en un hotel de marruecos. Viajamos las dos solas, yo conocía bien el país bereber, quería enseñárselo entero. Nos movíamos sin guías desde Rabat a Agadir. Dos mujeres solas atravesando las regiones de Tánger, Fez, Beni Melal, Marrakech, Mequinez. Nos escondíamos del mundo. Nos bastaba la risa y el polvo dorado del desierto. También llevábamos los pies rojos de la arena que se acumulaba en el valle de Ourika. Los pies, la cara, y el corazón tan abierto, que se nos hacía difícil respirar a la vez que nos mirábamos. Volvíamos del Atlas. De perdernos por las carreteras sin señalar. De beber whisky con tacos diminutos de queso, y fumar como locas cigarrillos american. ¡Qué risa! Aquellos jóvenes nos ofrecieron de todo.  Nos dejaban platillos encima de la mesa. Se sentaron con nosotras en la terraza desde donde se contemplaba el valle rojo, y nos invitaron a pasar la noche. «Pour votre tranquilité», nos decían sonriendo.  Nos comimos el queso y bebimos whisky. Los dientes amarillos de nuestros anfitriones entorpecían el paisaje plagado de cultivos. ¡Qué fácil dejarse ir! Las mujeres, a lo lejos, cruzaban el río. Volvían de trabajar la tierra con los cántaros llenos de agua y sus trajes del color de la tierra. «Moi je suis le responsable», nos insistía el menos tímido. Querían que pasásemos la noche en el hostal para ver amanecer en el valle. Nos mirábamos buscando la complicidad para la locura. Yo fui la responsable, yo fui la que no quiso quedarse en aquella habitación pulcra custodiada por dos jóvenes de los que no recuerdo su rostro. El sol quema a todos por igual. La noche y el sol apareciendo por el valle nos habría salvado. Quedarnos en aquella habitación blanca amándonos, nos habría salvado, pero decidimos volver.  Salieron todos a despedirnos, también los viejos y los niños decían adiós con la mano.

            El hall del hotel estaba lleno. Nadie los vio entrar. Aromas de ámbar, incienso y musk despertaban los sentidos. Esperábamos la llave. Reíamos. No podíamos disimular la alegría de tenernos. La música chaabi nos hacía danzar ondulantes, flexibles. Nuestros hombros se encontraban, se tocaban, y otra vez la risa. La risa convertida en grito. El ruido de las metralletas por encima de los tambores y los violines.  Dejé de ver sus ojos miel posados sobre los míos. Pasó una eternidad sin saber dónde buscar. La gente corría de un lado al otro aturdida por el llanto de los niños.  Los encapuchados ya se habían ido cuando llegó la policía. Debajo de una manta térmica reconocí los pies rojos de Laura.

Regresé sola a la ciudad con la que soñábamos juntas. Sus restos tardarían, un par de días en llegar. Compramos la casa con unos pequeños ahorros y la dejamos amueblada antes de nuestro viaje a Marrakech. Nuestro viaje de boda. Una boda celebrada antes del sí quiero. Nuestra boda convertida en funeral.

            Elegimos la casa derruida del acantilado porque todas las ventanas se abrían al mar, y la puerta quedaba escondida entre las rocas. Solo desde el balcón que atraviesa la casa, se puede ver el puerto con las grúas erguidas sobre el atlántico. Solo desde allí se ven las luces de la ciudad, y a los perros mearse en las esquinas. Son las traseras. De frente, el mar. La casa es grande, de finales del XIX, acogedora. La recorro cada mañana con tiento y, esperando que Laura aparezca, descubro tres continentes diferentes. Desde el balcón, al sur, los cielos despuntan malvas. Continúo con sigilo la ronda por las habitaciones orientadas al oeste. La silueta de la montaña de Guía perfila un cielo morado que se hunde en el mar, y el Atlante erguido sobre la roca, abre los brazos al cielo en señal de triunfo. Al este, desde nuestra habitación, la que elegimos como nuestra, miro las nubes que entran con furia por Las Coloradas. En cualquier momento el cielo se cubrirá de gris como cualquier día de julio.  Me sostengo con la frente pegada al cristal, me da miedo girarme y no encontrarla.  

            El día que llegué, al abrir la puerta, sentí la casa habitada. Por un momento dudé que fuera la nuestra, la mía.  Cuando firmamos la compra, los hijos nos dijeron que su padre, había muerto de un infarto mientras miraba el horario de los oficios. Allí mismo, en la parroquia de San Pedro. Salía de misa, cerraron el portón tras él. Nadie vio cómo se derrumbó. La familia nos enseñó fotos, innumerables fotos que sacaban del primer cajón de la cómoda; de joven, de menos joven, con el flequillo tapándole los ojos, con el pelo hacia atrás dejando que se escapara un bucle. Alto, fuerte. Años después no tal alto. Siempre fotografiado en la puerta de la casa, en el balcón, en la terraza. Nos vendieron la casa y la cómoda. Y el arcón de la entrada, y los dos burós que dejamos en los dormitorios, y un mueble de caoba con infinidad de cajones. Fue su presencia lo que sentí nada más llegar. No me importó. Me seguía por toda la casa, pero me sirvió de ayuda para combatir la soledad. Lo que nunca pensé, es que tendría que compartir la casa con un espíritu extraño.

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