Archipielago

EL HIPPY PIJO

By Javier Caballero Bello

Toni se miró al espejo; eran las nueve de la noche y se acercaba la hora mágica en que la gente empieza a pensar lo que va a hacer ese día.

Nunca tenía un plan fijo ni una gente determinada para salir. Aunque siempre acudía a los mismos sitios e iba con los mismos “colegas”, un grupo de personas variopintas y extravagantes que tenían que diferenciarse del resto de la sociedad a cualquier precio y a los que les unía la misma cultura, el mismo discurso, la misma imagen, el mismo credo y el mismo pensamiento. Podría decirse que eran un ente encerrado en diferentes cuerpos humanos.

Su lema era “vive la vida al máximo”, y no se apartaban ni un milímetro de esa idea.

Bueno, antes no se apartaban; ahora sí. Ya eran mayorcitos y no podían hacerlo todo; pero vivían de cara al pasado. Siempre recordando aquellas juergas, o esos baños de mar por la noche. Aquellos porros y tripis, esas borracheras de sexo, drogas y rock hasta más allá del amanecer, tocando la guitarra y haciendo el amor en la playa.

Si, Toni podía decirse que había vivido la vida. Bueno, había vivido esa vida, sin darse cuenta de lo que había perdido en esas mañanas desperdiciadas por las resacas y dolores de cabeza, los días detenidos en la comisaría por escándalo público, las somantas de hostias que les daban de vez en cuando, tanto los quinquis vecinos como la Guardia Civil cuando les pillaban desnudos, drogados o borrachos en alguna juerga junto al mar. Las noches drogado y riéndose de estupideces; o aquella vez que se enamoró de esa chica nueva que llegó a la comuna y la compartió con el resto del grupo porque era lo que había que hacer.

Si. También se había dejado muchas cosas por el camino aunque le costase reconocerlo.

Ahora se reían de aquella vez que a uno le dio un mal viaje y hubo que llevarle inconsciente al hospital; estuvo en coma tres días y casi no lo cuenta. No volvieron a saber de él; alguien dijo que le había recogido  su familia y se lo habían llevado a casa. Mejor para él.

O aquella juerga que duró una semana y que vinieron gentes de toda Europa. Fue una especie de concentración, con actuaciones y que, a decir de los periodistas y analistas del momento, tuvo mucha repercusión mediática; aunque les fuese del todo imposible rememorar los acontecimientos al no recordar los detalles diluidos en esa bruma alcohólica, pero seguro que se lo pasaron genial.

Vivian mirándose el ombligo, aunque pensaban que la camaradería era su divisa. Nadie se ocupaba de nadie. En aquella época, como siempre, solo importaba la droga y el sexo. Era todo puro egoísmo encubierto detrás de frases grandilocuentes.

Ya no recordaba aquella vez que unos tipos entraron en el campamento donde vivían, como violaron a las chicas las veces que quisieron sin que ellos, sus amigos, sus colegas o camaradas moviesen un dedo por ellas. Todos iban hasta las cejas; estaban tan mal que ni se dieron o no quisieron darse cuenta y al día siguiente sus amigas les echaron en cara que no hubiesen hecho nada; en realidad estaban tan colgados que no hubiesen podido oponerse, o al menos, esa fue la excusa que pusieron.

Al salir de la ducha se tomó su paracetamol y un protector gástrico para enfrentarse a la noche; canturreando una vieja melodía, mientras se arreglaba delante del espejo. Lucía un envidiable moreno que hacía resaltar su barba canosa. Se recogió el poco pelo que le quedaba en una coleta en la nuca y se miró al espejo. ¡Qué pena¡ Estaba totalmente calvo pero mantenía una melenita por detrás de las orejas y el occipucio que con todo esmero se recogía como la coleta de un torero ¡con la pelambrera que había tenido de joven!

Se colgó los abalorios al cuello, unos collares de cuero con unas piedrecitas de colores, amuletos y cadenas con motivos étnicos. Se puso sus anillos plateados de diferentes tamaños y  esas pulseras de cordeles de colores y de tiras de cuero que todo el mundo llevaba.

Eligió una camiseta con un motivo pacifista pintado en el pecho y se colocó su chupa de cuero, ya no llevaba la eterna cazadora vaquera que le distinguía, con flecos en los bolsillos y remiendos y parches cosidos por todas partes, se le había quedado pequeñísima y aunque le tenía un gran cariño, era imposible llevarla. Intentaba disimular los kilos que, año tras año y de forma inexorable, iba acumulando en su abdomen, en sus nalgas y en su papada, y aunque hacía como que no le importaba la verdad es que le tenían amargado. Era como la caricatura de un hipopótamo; el hombre porcino. Casi todos sus amigos era rectilíneos menos él que era totalmente curvilíneo.

Le gustó lo que veía reflejado en el espejo. Le encantaba verse. De joven había sido un chico resultón, un poco bajito, y aunque no era guapo, tenía esa gracia española que le hacía brillar en las reuniones. Pero el paso del tiempo era inexorable. Su obesidad no perdonaba; el sobrepeso y la mala vida le habían hecho mella en el organismo: la artrosis en la rodilla, el lumbago crónico, la hipertensión y la diabetes le hacían tomar un cargamento de píldoras. La pastilla de la tensión por la mañana, los analgésicos en cada comida, la alargada para el azúcar y la pequeña de la noche para el colesterol, y al final del día, la de dormir; ya no eran los tripis de antaño. Ahora si fumaba un porro era para mitigar el dolor de las articulaciones.

Al principio vivían todos en una comuna, un campamento cerca de la playa donde había unas casas de pescadores medio derruidas que con mucho gusto las habían adecentado, arreglado y pintado; también habían añadido unas caravanas que junto a unas grandes carpas como tiendas de campaña, daban cobijo a toda la comunidad.

Más adelante tuvieron que cambiar de ubicación. En un invierno más duro de lo habitual buscaron refugio en una pequeña urbanización a medio construir cuyas obras se habían detenido por quiebra de la promotora. Y así habían ido cambiando de vivienda según los avatares del destino.

Que lejos quedaba aquella época cuando en verano vivía en una pensión de la parte vieja, en un cuartucho pequeño y mal iluminado que olía a comida, y que le salía bien de precio. En invierno alquilaban entre varios una casa o un chalet, según se hubiesen dado las ventas durante la temporada turística y así iban tirando, siempre en precario aunque en aquella época no querían darse cuenta de nada. Solo importaba la juerga.

Ahora vivía en una buena zona, en una urbanización de apartamentos y pisos turísticos, con vistas al mar y a la montaña. Nada que ver con lo de antes. Los tiempos habían cambiado y él había sabido amoldarse.

Una vez acicalado salió para ir al trabajo, bueno, no era un trabajo al uso; se disponía ir a vigilar los puestos que tenía subarrendados en un mercadillo nocturno en los aledaños del  puerto deportivo. Cada año vendía cosas distintas; unas veces eran camisetas pintadas a mano por un artista vanguardista de Nueva York pero que venían de Albacete, otras veces eran unas pulseras y collares indios comprados al por mayor en un polígono industrial de Barcelona, o unas serigrafías numeradas y autentificadas que en realidad eran multicopias de unos bocetos de autor desconocido sacados de no se sabe dónde; y cosas por el estilo.

Se sentía guapo a pesar de los años. Nadie en esos círculos comentaba su edad pero es seguro que el lector avezado enseguida se dará cuenta de los años que Toni tenía en el momento de este relato.

Pero quien era Toni, de donde había salido. Como había llegado a esos parajes de aquella isla del Mediterráneo que en los años 60 nadie conocía y se llamaba Ibiza.

Su verdadero nombre era Ceferino. Se lo pusieron sus padres porque nació un 26 de agosto en un pueblo perdido, como ponía en el Quijote, “en un lugar de la mancha de cuyo nombre no quiero acordarme”, pero se lo cambió inmediatamente al llegar a la isla por el de Toni. Era más fácil y pegadizo; los extranjeros y, sobre todo, las extranjeras lo recordaban y pronunciaban mejor.

Toni llegó a Ibiza huyendo de la Justicia Militar. Era de un pueblo de Ciudad Real, de la Mancha profunda y estaba destinado en la Base Militar de Bétera, en Valencia haciendo la Mili, y un buen día, durante un permiso, no aguantaba más y se escapó. Las novatadas del cuartel, las marchas interminables, las maniobras extenuantes y el plantón de su novia del pueblo además del bagaje que él mismo traía le hicieron desertar. Se ocultó en una comuna de extranjeros que estaban afincados en el sur de la isla. Al ser un prófugo militar le acogieron de buen grado y le escondieron, y allí se quedó. Que más podía pedir un españolito de esa época: chicas, sexo, drogas, alcohol y rock.

Eran casi treinta individuos entre hombres, mujeres y niños. Sí; había algunos niños que en ese ambiente comunal eran cuidados por todo el grupo, aunque siempre les tocaban a los mismos.

Había un norteamericano, desertor de la Guerra de Vietnam, alto y barbudo que hacía de guía espiritual y otro alemán que se encargaba de poner un poco de orden entre esa gente. Otros eran franceses, británicos y algún italiano. Toni era el único español. Todo era muy bonito. Paz y Libertad. Haz el amor y no la Guerra. Y esas consignas de aquellos años sesenta. Pero lo mejor eran las chicas, todas desinhibidas y dispuestas a una noche de placer aderezada con porros y vino.

Toni enseguida encajó. Se encargaba de las relaciones con los paisanos, a los que le compraba algunos alimentos a cambio de las manufacturas que realizaban. Con su gracejo habitual embaucaba a todo el mundo. Las ventas vinieron después.

No necesitaban gran cosa para vivir. Se enrollaban con los locales de los pueblos de alrededor, los “paletos” como les llamaban de forma despectiva, y cada cual vivía en su espacio sin molestarse, manteniendo una relación de buena vecindad.

Con el tiempo y la llegada de los turistas encontraron su filón. Todos querían algún recuerdo; cualquier cosa servía. Un colgante con una concha, una pulsera de semillas o un cuadrito hecho con cuatro trazos.

Luego llegaron las prendas de vestir blancas que alguien llevó a la isla y las puso de moda. Esas prendas hacían resaltar todos los abalorios que, primero las mujeres y luego también los hombres, se afanaban por llevar con esa actitud desenfadada propia de la genta que no le importa pagar lo que sea con tal de lucirlo y de estar a la moda.

Para nuestro Toni hubo un pequeño paréntesis en que tuvo que dejar toda esa vida desenfadada. Si, aquella vez, al poco de llegar cuando le detuvieron por escándalo público y la Guardia Civil descubrió que estaba buscado por la Policía Militar. De nada sirvieron sus excusas y explicaciones. Un lanchón le devolvió a Valencia donde estuvo dos años en un pelotón de castigo, un castillo militar como lo llamaban, haciendo, con creces, la Mili de la que pensaba se había librado.

Regresó a Ibiza cuando terminó ese calvario, pero con ideas nuevas. Ya no era aquel muchacho ingenuo que se maravillaba al ver dos tetas y se conformaba con un bocadillo de sardinas en aceite. Había tenido tiempo para meditar y poner en práctica un montón de ideas.

Más tarde llegó la Transición y eso marcó un hito y una deriva algo peligrosa. Se empezaron a probar nuevas sustancias que la gente se metía directamente en vena o por la nariz. El resultado fue brutal. Los estragos que causó en la juventud de todo el mundo, en concreto, en la española y específicamente, en la ibicenca, se notaron enseguida. La hepatitis y el SIDA diezmaron a esa juventud tan libertina.

Toni se libró por los pelos, quizá por el miedo que tenía a las agujas o por un atisbo de inteligencia que le permitió mantenerse al margen. Bueno, no muy al margen ya que dejó las manufacturas para dedicarse al tráfico y menudeo de esas sustancias; mucho más productivo que la industria del adorno.

No abandonó a sus amigos, pero su nuevo status económico le permitía aquello que más le gustaba y le había motivado en la isla: el sexo fácil. Ya no tenía que hacer cola o el esfuerzo de ser simpático a todas horas  para ganarse una noche de amor con la chica de turno; ahora bastaba con ser un poco generoso con aquel polvo blanco tan codiciado.

Posteriormente dejó ese tipo de asuntos peligrosos que solo le podían traer desventuras y problemas. Empezó a explotar el turismo a su manera. Conocía todos los lugares de la isla. Los antros donde solo iba gente bregada, las discotecas para los jóvenes, los pubs para los maduros, clubes de alterne para hombres solitarios y un sinfín de tiendas de moda, cafés, restaurantes, terrazas y un larguísimo etcétera. Así que empezó a ofrecerse para llevar a los turistas. Conocía al personal de los hoteles y allí se los reunían y los llevaba de aquí para allá en un autobús; primero a determinadas playas donde había unos chiringuitos de unos conocidos, luego a comer a determinados sitios, las compras de rigor en otro establecimiento. Las copas de la noche que según las edades los llevaba a uno u otro local. Se convirtió en el rey de la noche, que por una módica comisión llenaba de turistas cualquier negocio.

El tiempo pasó e Ibiza se convirtió en un destino turístico internacional. Su aeropuerto competía en volumen de tráfico con los más importantes de España e incluso de Europa. El bum urbanístico y el despegue económico hicieron que las comunidades hippies fuesen desapareciendo, o mejor dicho, integrándose en el folclore de la isla. Ya no se podía vender en cualquier esquina. Se necesitaba un permiso especial del Ayuntamiento para integrarte en un mercadillo concreto.

Empezó a existir algo nuevo  que obligó a cambiar los esquemas. La competencia.

Cualquiera podía ponerse a vender cosas, cualquiera con el pelo largo y vestido estrafalario, ya tenía patente de corso para vender lo que fuera. El espíritu del hipismo se había corrompido, prostituido, viciado. Luego llegaron los listos, los políticos y sus subvenciones.

Enseguida hicieron oficial la libertad.

Los mercadillos se institucionalizaron, se anunciaban como algo interesante que ver. Se organizaban excursiones desde los principales hoteles para verlos y para comprar en ellos lo más novedoso, lo máximo y el último grito. Pronto aparecieron comisiones y negocios paralelos. Aunque hubo manteros e inmigrantes que tomaron las principales zonas muy a pesar de determinados sectores que veían peligrar su parcela, eso no supuso un impedimento; es más, no duraron mucho, el precio disparatado de la vivienda y de la vida en general, les obligó a marcharse a otros sitios.

Más adelante Toni se apuntó a ese carro y tuvo visión para organizar un mercadillo que se autodenominaba “auténtico” y su mérito fue rodearse de otros modernos, inadaptados o marginales, que empezaron a dar un sabor especial a todo ese comercio. Era como juntar en un mismo sitio a los pintores de Montmartre o el mercadillo de la pulga de Paris, el mercado navideño de Dresde o Munich junto con los cafés y restaurantes de Village neoyorquino, y todo amenizado con la música del concierto de Woodstock.

Y el resultado fue un éxito. Toda la isla adoptó esa imagen de gente guapa, desenfadada, progre y moderna.

Estaba perfectamente estipulado que todo costaba el cuádruple; en tres meses de verano había que sacar para todo el año. Todo funcionaba de esa manera. Desde un helado a una comida, desde un refresco a un combinado, un paseo en barca, una semana cualquier en apartamento veraniego o un simple menú turístico. La gente lo pagaba como si tal cosa.

Eso era Ibiza, y así funcionaban las cosas; y si no te gusta pues no vayas; nadie te va a echar de menos.

Por otra parte había un cierto relajo en las costumbres, la gente perdía la noción del tiempo y además, se desinhibía. Solo se preocupaba de disfrutar y de vivir y aprovechar hasta el último segundo de su estancia en la isla.

La isla tenía algo especial: unas playas maravillosas, una luz y puestas de sol de ensueño, unas aguas que nada tenían que envidiar al azul turquesa del mar caribe, una alegría que te hacía olvidar el estrés de la vida cotidiana. La isla daba felicidad. Nadie era consciente de esa cuestión y ese era el motivo único por el que era tan querida. Te hacía sentir el rey del mundo.

Toni seguía fiel a su imagen de antaño. Aunque ahora llevaba un teléfono móvil de última generación, sus pies solo aguantaban un calzado suave y que podía competir con los zapatos de un príncipe de la iglesia hechos del cuero de un cabritillo no nato; sus gafas de sol con un filtro ultravioleta total se las traía de Japón un amigo piloto; vestido con unos pantalones de hilo y una camisa clara con los puños remangados, justo por encima de un magnifico reloj y unas pulseras de moda con adornos de oro; y siempre acompañado de una espectacular mujer, con un cuerpo impresionante y un bronceado envidiable, vestida de blanco hasta los pies, y luciendo una cabellera perfectamente despeinada y con toda su anatomía bien puesta por la docta mano de un cirujano.

Ya no vivía en aquellos apartamentos turísticos. Desde que se había hecho promotor urbanístico su situación económica y social había cambiado drásticamente aunque él no lo viese de esa manera. Tenía excusas para todo; necesitaba un sitio más tranquilo para vivir. Un espacio mayor para recibir a los amigos, a los nuevos amigos, con los que hacía negocios. A los otros ya no los veía, bueno, ya no quedaban; unos se habían muerto otros se marcharon y con alguno sí que se encontraba muy de vez en cuando en los sitios más insospechados, y, tras el alegre saludo de rigor, siempre terminaba igual, con ese eterno “a ver si quedamos un día”.

Se había cambiado de residencia, pasando de aquellos apartamentos con esa vista tan bonita a un chalet en una urbanización exclusiva; la típica casa ibicenca de paredes blancas, sencilla y sobria por fuera, en esa ladera de pinos tan pintoresca y perfectamente integrada en el paisaje.

Seguía acudiendo a los mismos sitios, aunque ahora le llevaba el chofer. Tenía mesa reservada en los mejores locales. No esperaba cola para entrar en las discotecas y clubes de moda. Mucha gente le saludaba y no era raro verle en los restaurantes y terrazas, rodeado de aduladores sonrientes, políticos y empresarios de medio pelo que le llamaban don Toni sin saber que su verdadero nombre era Ceferino.

FIN

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