Archipielago

COMO UN ÁNGEL

By Paula Castillo Monreal

Sentada con los pies en la hierba, miro hacia el pequeño lago enfangado, hace años lleno de ranas.  Dejo la mirada perdida en el álbum de la memoria, y siento una emoción distinta a la que sentía aquellos días mientras esperaba la aparición del ángel que se llevó mi infancia y mi juventud. 

Me escondía detrás de la caseta del embarcadero —ahora ya cerrada— hasta que él aparecía. Sentada como lo estoy hoy, podía ver sin que nadie me viera, la llegada del seat 850 de Pancho, y entonces, sin dejar de esconderme entre los juncos, llegaba en una carrera a la puerta de las cuadras. Me quedaba ensimismada al verle entrar; Pancho vestía de blanco. Los pantalones blancos de montar, la camisa ancha de seda que llevaba por fuera y un foulard, también blanco, anudado al cuello de una forma difícil de imitar.  Yo, parada en el umbral de la puerta con las botas que mi padre me había regalado, veía cómo se subía a su caballo, Siroco, ayudado de una escalera de dos peldaños, porque, aunque era muy alto y las piernas le subían más allá de la cintura, era muy torpe.  Me gustaba verlos salir de la cuadra: Pancho, como un ángel. Siroco, con sus crines blancas recién peinadas y la grupa de terciopelo. 

Otra carrera y le esperaba a la entrada de la pista de saltos. Él jamás reparó en mí.  Con media sonrisa le abría y cerraba la barrera cada vez que entraba o salía del cuadrilátero sin que me dijera jamás: buenos días o gracias. Pero me gustaba mirarle. Todavía después de los años no entiendo la atracción que me llevaba a quedarme horas apoyada en la valla con los ojos fijos en él y en su caballo. Me detenía ante cualquier detalle: me atraían sus manos largas y huesudas al sujetar las riendas, las botas de cuero marrón tostado que le subían hasta la rodilla y sus dos fustas de doma que mantenían recta la grupa de Siroco. No me importaba levantarme de noche para ir a las cuadras con mi padre, llegábamos cuando aún no había amanecido. Él era el encargado y me enseñó a repartir el heno y a limpiar la paja vieja llena de orín y excremento. A vaciar la carretilla y a arrancarles el sudor seco. También me enseñó a montar y a mantener el secreto.

Pancho y Siroco flotaban en mi mente como el viento tibio que acaricia la piel y no dejas ir.  Siroco, el caballo traído de un sueño. Dorado cuando le daba el sol y con las crines y la cola muy largas, recién peinadas. La cola le caía hasta el suelo como si fuese un vestido de novia. Si alguna vez trotaba, sus pasos parecían imitar cualquier melodía. Pero Pancho no iba mucho más allá del paso, las riendas sueltas, el tranco muy largo. Y es que Pancho no montaba bien, diría que su figura a caballo era desafortunada —y al recordarlo sonrío sin ganas—; la espalda encorvada y las piernas demasiado adelantadas le daban un aspecto ridículo, y a la vez, era un espectáculo verlos dar una vuelta tras otra al cuadrilátero. Cuando mi padre se acercaba y me decía que había que cerrar la cuadra, solo entonces, Pancho, con sus espuelas doradas y relucientes, avisaba a Siroco para dar media vuelta al galope y terminar así el entrenamiento diario. 

Pero hubo un día que antes de salir de la cuadra, Siroco hizo un gesto raro. Porque los caballos hacen gestos raros; se sacuden, estornudan, dan coces, muerden, y Pancho, que ya estaba de pie en la escalera dispuesto a montarse, perdió el equilibrio y cayó, con tan mala suerte, que la cabeza fue a parar contra la dichosa escalera. 

Supe, de oídas, que ya no volvería a caminar, pero que era capaz de sostenerse erguido en una silla de ruedas. Aquel día, cuando le vi en el suelo, salí huyendo hacia la caseta del embarcadero, me horrorizó la estampa sin brillo, la sangre, el barro. Continué sin embargo esperándole a diario hasta que un buen día le vi salir de un coche que no era el suyo. Vestía un traje azul marino y camisa negra, una bufanda de cuadros anudada al cuello con ese nudo raro con el que sujetaba el foulard. También vi a un enfermero que le ayudó a sentarse en una silla de ruedas. Le sujetó los pies en los estribos y le colocó un sombrero de ala ancha con el que cubrió la calva lisa y brillante que lucía sin rastro de pelo rubio. Un cinturón de cuero a la altura de la cintura le hacía permanecer erguido. No me gustó su aspecto.

Con cautela salí de mi escondite, tenía miedo de encontrarme con un Pancho desconocido, azul. Su cuerpo se desparramaba en la silla, blando, oscuro. Y por primera vez se dirigió a mí:

—¿Niña, puedes acercarte y ayudarme a preparar a Siroco?

Jamás había oído su voz, me pareció demasiado estridente para un ángel. Aterradora como la de un demonio. Y atemorizada, no quise responder. 

—Niña, ¿me has oído?, ¿quieres ayudarme a ensillar a Siroco? —volvió a gritarme. 

Y cuando terminé de ponerle la montura y la brida al caballo, continuó dandome órdenes.

—Súbete con mucho cuidado y vamos para la pista. Ve despacio eso sí, Siroco es mayor y necesita mucho calentamiento. 

El cuerpo me temblaba, no era capaz de sujetar las riendas. Yo, encima de Siroco, apenas podía sostenerme erguida.  Recuerdo que era un día de sol espléndido y el caballo brillaba más que nunca, le acaricié la grupa y los dedos se me hundieron bajo una manta de terciopelo blanco. Sabía que jamás en la vida volvería a montar un caballo como ese. Pensé que haría lo que me pidiese para entrenar con él. 

—Niña, has montado bien— me dijo. Tenía miedo de que Siroco no te aceptase, lleva demasiados años conmigo, pero se ve que tienes buena mano; dulce pero firme. Y buenas piernas; la presión justa.

Y se frotó las manos y se humedeció los labios secos, blancos, con la lengua rosa, blanda. Yo continué callada, controlaba la tensión de mis manos sobre las riendas. Conocía demasiado bien las costumbres de Pancho con Siroco; las riendas largas, el cuerpo quieto, las piernas con la presión justa de la pelvis.  Y así continué dando vueltas hasta que en una de las vueltas levantó el brazo y me mandó parar.

—Es para ti, niña.  Yo no podré montarlo jamás, pero tú podrás hacerlo por mí.

Y se agarró los testículos. Y puso mi mano entre las suyas. Y sellamos un pacto.

Con quince años accedí sin saber a lo que me comprometía. El ángel blanco convertido en azul exigió de mí lo que yo no sabía que podía darle. Mi padre, rendido, no supo cómo evitar sus continuos abusos. Nos miraba escondido detrás de las pacas de paja. Lo encontraron colgado de una de las vigas de la cuadra. Y Pancho, obligado por su conciencia, se casó conmigo. Cinco años tardó en morir Siroco. Nunca volví a montar a caballo. 

Aún vengo de vez en cuando al lago y empujo la silla de Pancho hasta la caseta del embarcadero. Ya está viejo, no se sostiene erguido, la baba le empapa el foulard que le anudo como siempre, prieto, y le obligo a que mantenga los ojos abiertos mientras persigo la sombra de Siroco. Nos hemos acostumbrado el uno al otro.

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