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Campo de Girasoles (I)

Introducción:

Este relato es extenso. Es la entrada con más palabras. Además, es la primera parte, por lo que, en los próximos días, habrá una segunda y crecerá en su extensión. Cuando pensé en subirlo por partes no supe bien cómo afrontarlo. ¿Un capítulo por entrada?, ¿tal vez algo más? Cualquier posibilidad me parecía arriesgada. Más aún pensando en un mundo en el que la cultura y lo audiovisual se devoran a toda velocidad: vídeos de un minuto, microrrelatos de pocas palabras, imágenes que vemos y olvidamos al instante siguiente… La vida nos empuja hacia la brevedad y nosotros, obligados, seguimos sus pasos.

Por eso he decidido arriesgarme e intentar algo diferente a lo que suelo hacer. Algo así como mi pequeña autorebelión. Por ejemplo: si no arriesgas, no contestas una llamada que, con su conversación posterior, te puede cambiar la vida. El mundo creo que se viste tanto de casualidades como de riesgos y si no abrazas ambos te estás perdiendo gran parte del cuadro.

No haré la introducción más extensa porque bastante texto tiene esta primera entrada. Solo diré que, al final, he decidido arriesgarme y dejar los puntos suspensivos en el lugar que he creído más interesante y que, en los próximos días, compartiré el resto del texto. Espero que lo disfrutéis.

Como siempre, estaré encantado de compartir comentarios y opiniones. Gracias por leerme, por arriesgar y por estar ahí relato a relato.

Os dejo con la primera parte de esta historia llamada:

Campo de Girasoles

1

—¿Dónde está mi traje de la suerte, mamá? —gritó Esteban mientras bajaba saltando los escalones de dos en dos —. Hoy no puede faltar. Es el día más importante del año y debo ponérmelo.

—¿Has mirado en su sitio? —Paciente, Lucía contestó con la pregunta más obvia para estos casos.

—No sé cuál es su sitio. Un día lo encuentro en el armario, otro tendido en la cuerda del patio y hasta, en una ocasión, lo vi tirado en la terraza como si estuviera tomando el Sol.

Ella, puso los ojos en blanco, mandando a las pupilas a ese lugar indeterminado entre la esclerótica y la frente al que se marchan cuando la paciencia se agota. Conocía las fantasías de su hijo a la perfección, pero aquella, se llevaba el primer premio en cuanto a excentricidades se refiere.

—El traje no se mueve solo. No se esconde ni juega contigo al escondite. Está dónde debe estar: en el armario de tu habitación —se detuvo, se tocó la frente con el dedo índice para ayudarse a recordar y continuó hablando—. Es más, la semana pasada lo planché milímetro a milímetro, lo colgué en tu cuarto y hasta le hice una foto para que vieras el sitio exacto en el que se encontraba.

Lucía se giró dejando escapar un grito al toparse de frente con el traje colgado del reloj de la cocina.

—¿Lo ves? ¡Ha aparecido por su propia cuenta y riesgo! —dijo su hijo en un melodioso tono—. Cuando esto ocurre es porque ha decidido que sea mi día de suerte.

—Sí, claro. Un trozo de tela dividido en un conjunto de dos piezas va a proporcionar suerte porque a él le apetezca… —dejó de hablar arrepintiéndose en seguida de sus palabras. Esteban, rozando con la cabeza el marco de la puerta, la miraba entre lentos parpadeos con las lágrimas a punto de hacer acto de presencia. Ella se acercó, alzó el brazo y le acarició la mejilla. Hacía tiempo que había dejado atrás a los demás chicos de su edad en altura, pero, en cuanto a pérdida de inocencia, eran el resto quienes le ganaban y, además, con una ventaja considerable.

—Por supuesto, mamá. Traje ha estado presente en los eventos más importantes del último año: el día que recorrí el borde de la acera hasta el colegio sin caerme, cuando gané el concurso de deletrear palabras de atrás hacia adelante e, incluso, cuando Viento apareció tocando en la puerta de casa para quedarse por siempre —terminó su locución señalando a su perro, el cual, al ser nombrado, salió del patio, saltó al interior de la cocina y comenzó a correr a toda velocidad rodeando al resto de inquilinos de la casa. Tenía tantas mezclas de razas que nadie estaba seguro de si siquiera pertenecía a la rama de los cánidos.

—Vamos, Viento —alentó el chico a su peludo amigo —. Corre como tú.

La mujer se tapó la boca dejando escapar un amago de risa al escuchar aquel terrible juego de palabras. Amaba ese sentido del humor que rozaba lo infantil  y, en ese punto, no quería que él creciera. Era espontáneo y natural. No pensaba las bromas sino que le brotaban en el momento más inesperado. Esa facilidad le fascinaba. Esa facilidad le recordaba a Jaime.

—Mamá —gritó Esteban con tal intensidad que Viento detuvo su carrera circular para prestarle atención —. ¿Verdad que me queda bien? Estoy seguro de que Traje se ha hecho para mí. Pasan los años y me lo sigo enfundando como si fuera una segunda piel.

Ella salió de su ensimismamiento y observó a su hijo mientras arqueaba una ceja. No sabía en qué momento se había puesto la “ropa de la suerte” y, lo cierto, es que decir que aquellas telas le hacían parecer como a un gigante poniéndose la chaqueta de un gnomo era quedarse corto.  Esteban acababa de cumplir los catorce años y, en el último año, un tardío estirón lo había llevado a rozar el metro noventa. El borde de las mangas le besaba los codos y la pernera del pantalón había decidido dejar de cubrir su cuerpo a la altura de los gemelos. Para más inri, y así dejar que el sentido de la elegancia saliera a comprar tabaco para nunca volver, Viento, que aprovechaba cualquier resquicio de piel libre para chuparlo como si no fuera a tener la oportunidad de hacerlo de nuevo, le lamía profusamente los tobillos.

—Te queda perfecto —dijo con una sonrisa de las que marcan tanto época como épica —. Vas a ser el chico más distinguido de toda la fiesta de “Bienvenida a los girasoles”.

—La fiesta más importante del mundo —aseveró él mientras la cara se le iluminaba de oreja a oreja.

—La fiesta más importante del mundo —repitió subrayando las palabras de su hijo.

La “Bienvenida a los girasoles” era el mayor evento conocido de la región. Una vez al año, estas plantas florecían dotando de luminosidad a los campos de los alrededores. Además,  se daba una peculiaridad que no ocurría en otro lugar del planeta: los girasoles, emergían de la tierra con sus pétalos amarillos pero, sus semillas, eran de diferentes colores. Nadie sabía la razón de esta anomalía pero tampoco se preocupaban por ello. Pronto se dieron cuenta de que el sabor de las pipas que recolectaban casaba con el color correspondiente: menta o manzana para las verdes, melocotón y mango para las naranjas, sandía para las rojas e, incluso, algunas con cierto tono marrón dejaban un regusto a chocolate. Gracias a la exportación de este producto, la riqueza llegó a unos hogares que creían que una cuenta bancaria era el lugar donde se acumulaban las facturas. «Pipas singulares con sabores naturales» era el lema que habían lanzado alrededor del mundo. Los lugareños le debían mucho a estas plantas y la fiesta de aquel día era su más sentido homenaje. La celebración daría comienzo con la noche contando sus últimas horas en un pabellón junto al campo de girasoles y, como cada año, se desarrollaría de la misma manera: cuando el Sol se despereza y  escala las montañas, un vigía que otea el horizonte, grita un “Sol va” que lleva a todos los asistentes al exterior. Allí las gentes se reúnen para ver como los primeros girasoles de colores de la temporada florecen salpimentados por la luz incipiente del astro rey. Todos cantan, todos bailan con la persona que tienen al lado. Da igual si son conocidos, si son hombres, mujeres o niños. Se cogen de la mano y danzan al ritmo del amanecer llenando los prados.

Igual que para el resto de sus vecinos, para Esteban, el acudir a la “Bienvenida” se había convertido en una cita ineludible. El año anterior, el primero con Viento como compañero de correrías, llegó a la celebración en el momento en el que la gente salía para recibir a los girasoles y hasta su perro, con la lengua flotando de lado a lado como si fuera un limpiaparabrisas, corrió y saltó alrededor de los campos. Él acabó con la barriga saciada de tanto reír y con las manos encallecidas de hacer palmas al ritmo de la música. Este año quería que fuera diferente. Con el estirón, había crecido tanto por fuera que ahora deseaba hacerlo también por dentro. Por ello, insistía en llevar a Traje a la fiesta: porque era su único y verdadero amuleto de la suerte.

2

Las horas anteriores a la «Bienvenida» desfilaron a cámara lenta. Para Lucía, fue un deja-vu en el que el comportamiento de Esteban se redujo a uno de esos modernos «gif» de segundos de duración que terminan y vuelven a repetirse. Bajaba las escaleras con Viento correteando a la altura de sus pies, se adentraba en la cocina y le preguntaba por la hora exacta a la que irían al pabellón. Ella alimentaba sus dudas con una acumulación de “depende de…” que hinchaban de nerviosismo al chico,  este se daba la vuelta y volvía por el camino que acababa de recorrer con los fugaces pasos del perro acompañándole. Todo ello con el traje puesto que, con cada ida y venida del muchacho, parecía agrandarse y adaptarse al tamaño de su dueño.

—¿A qué hora vamos a dormir? ¿Cuándo amanece? ¿Nacerán mañana girasoles con nuevos sabores? Sería estupendo que apareciera uno con sabor a pistachos. O a stracciatella. Mejor aún, a stracciatella con pistachos. —La excitación del chico continuaba en una imparable escalada que se acentuaba más con la caída de las horas.

—Depende de cuando terminemos de cenar y dejemos todo preparado. Depende de si el Sol está de buen humor y decide salir antes. Depende de cómo salga la cosecha este año. Siempre hay sorpresas con los colores, así que, ¿quién sabe? —contestaba la madre dejando espacios en sus respuestas.

Así, tras una colección de preguntas amontonadas, la noche acabó por cubrir el cielo. Esteban, que no  quería quitarse el traje por si acaso este desaparecía en mitad de la noche dejándole compuesto y sin suerte, acabó cediendo y enfundándose su pijama de dinosaurios, aunque, con la condición de que Viento vigilara a su ropa de la suerte mientras él dormía. El perro, siempre ávido de aventuras y con su lengua envolviéndole el hocico como si fuera una rosada cinta de celofán,  se quedó observando a Traje pendiente de cada uno de sus posibles movimientos. La madre, con los tobillos doloridos de tanto contentar a todo el mundo, descubrió la cama, dejó las sábanas tan llanas que parecía haberlas planchado sobre el colchón, acarició la foto que reposaba en la mesilla en la que Jaime le sonreía con un girasol azulado a su espalda y, sin darse cuenta, echó el cierre al día con un sueño que, más que profundo, pareció abisal.

La noche fue tranquila para todos, menos para Viento. El can, que se tomaba muy en serio lo que su amigo humano le sugería, gastó horas en vela con la mirada puesta en Traje. Hubo momentos en los que creyó ver como la chaqueta se movía entre la oscuridad. Eran movimientos suaves, casi sincopados, pero, para el perro, que tenía los sentidos muy desarrollados, se asemejaban a un teatro de sombras chinescas con las mangas y los botones como protagonistas. Distinguió figuras de animales que, aún sin verlos en directo, reconocía de haberlos visto junto a Esteban en la caja cuadrada que emitía luz en el salón. Vio cuentos de amistad entre ellos y la primera llegada de sus ancestros cánidos a los pueblos. Viento, estaba tan maravillado con lo que aquellas sombras le ofrecían, que estaba deseando que su amigo despertara para contarle todo lo que había visto punto por punto. El problema era que, como no hablaba humano, no podría compartir aquellas historias con sus compañeros de casa pero, aun así, y limitado por este inconveniente de choques culturales, sería feliz al poder jugar con él por la mañana.

Los despertadores de Esteban y Lucía se pusieron de acuerdo para sonar al mismo tiempo. Ella, que tenía por costumbre apagarlo con el primer tono, golpeó el reloj con la precisión de un orfebre. Sus ojos, enrojecidos como sandías por culpa del sueño, se abrieron de par en par al continuar escuchando una alarma a lo lejos. Palpó toda la mesita en busca del despertador, empujó la novela que estaba leyendo, le dio un ligero golpe a una lámpara que quedó danzando unos segundos como si fuera la figura de recuerdo de una bailarina hawaiana y, cuando, por fin, alcanzó de nuevo el reloj, se dio cuenta de que era la alarma de su hijo la que sonaba.

—Tienes el sueño más pesado que un diplodocus —le dijo a Esteban entrando a su cuarto mientras este se desperezaba alargando los dibujos jurásicos de su pijama.

Se acercó a la cama, apagó el despertador y le dio un manotazo en el brazo a su hijo.

—¿Es que quieres seguir creciendo o qué? Deja de estirarte y empieza a caminar. En unos minutos comenzará la Bienvenida y seguro no querrás perdértela.

El chico saltó del colchón, puso su metro noventa en vertical y abrazó a su madre. Fue un abrazo sentido, de esos que reconfortan tanto que te sientes como si volvieran a poner tu reloj en hora. De fondo, fundidos madre e hijo, uno en brazos de otro, escucharon un golpeteo rítmico que parecía marcar la duración del abrazo. Se giraron y vieron a Viento que, dándoles la espalda como si, acaso, estuviera proporcionándoles intimidad, golpeaba el suelo con la cola dedicándoles un “buenos días” perruno. Estaba con los ojos clavados en el traje. Lo cierto es que ambos permanecían en la misma postura que Esteban les había dejado la noche anterior, salvo que, Traje, ahora les daba la espalda. Lucía, extrañada de por sí con aquella escena,  se quedó ojiplática cuando, al acercarse para colocarlo en su postura original, vio que las mangas de la chaqueta, tan pulcramente planchadas el día anterior, estaban repletas de arrugas.

—¿Será una señal, mamá? Traje no se mueve solo a no ser que tenga una buena razón. —Esteban apuntaba a la pared mientras que, con la otra mano y, arrepentido de habérselo enfundado, se agarraba la parte superior del pijama.

—Puede que esté cansado. Imagino que para él también será un día especial y por eso ha decidido girarse. Querrá tener su momento de descanso —dijo Lucía procurando elegir las palabras adecuadas para tranquilizarlo —. Además, seguro que si hubiera pasado algo fuera de lo normal, Viento te hubiera avisado. ¿Verdad, señor peludo?

El perro la miró y se relamió al escuchar su nombre. A ella le pareció que le guiñaba un ojo.

Lucía colocó a Traje en la postura normal que debería tener toda ropa en una habitación: dándole la cara al que la viste. Le dio un repaso visual y deslizó la palma de sus manos desde la hombrera hasta la manga. Notó la suavidad de su tela y sintió que aquella ropa le devolvía la caricia. Se le erizó el vello de la piel.

—Lo cierto es que es un traje precioso —comentó, más para sí misma que para alguien que la escuchara.

—Creo que le gusta que le toquen. Bueno, si lo piensas bien, fue la razón por lo que lo hicieron, ¿verdad? Para estar en contacto con la piel. Así que, cuando está solo, sin que nadie lo vista de humano, debe sentirse extraño. Algo así como antinatural. —Esteban seguía de pie junto a su madre y, mientras hablaba, cogió con fuerza una de sus manos.

—¡Tengo una idea! —exclamó el chico entrelazando sus dedos con los de Lucía—. Ponte la chaqueta. Solo un momento, mamá. Seguro que a ti también te dará suerte.

—No, no puedo hacer eso —contestó mientras le soltaba la mano—. Traje es tuyo desde que… Desde mucho antes de lo que imaginas.

Ella se dio la vuelta y se dirigió hacia el pasillo, dejando a Esteban acompañado por aquella frase repleta de puntos suspensivos. Viento, indeciso por naturaleza, miraba a ambos alternamente como si estuvieran jugando una partida de ping-pong. Al final, el can se decidió por regalarle un lametón al chico de tal magnitud, que le vistió de babas desde el tobillo hasta la rodilla, se giró satisfecho por la profesionalidad de sus lengüetazos y se fue dando saltos tras Lucía, pasillo abajo.

—Vístete deprisa que el día te está esperando. —Las palabras de Lucía sonaron dulces. Como un aquí no ha ocurrido nada. Cerró la puerta tras de sí y se dirigió a la cocina.

Pasados unos minutos, Esteban salió de su habitación y fue en busca de su desayuno. La noche oscurecía los rincones de la casa y las escaleras, mal iluminadas, se asemejaban a un empinado tobogán, pero él, no sintió ninguna inquietud. Por poco que pudiera ver, solo tenía que seguir el ruido de cacharros para saber el lugar exacto en el que se encontraba su madre. Normalmente, era silenciosa como una libélula, aunque, cuando cocinaba o le daba por limpiar el polvo, el nivel de decibelios superaba el límite legal con bastante amplitud. Esto, que puede parecer molesto, a Esteban le tranquilizaba. Por muy solo que se sintiera estudiando en su cuarto, siempre se sentía acompañado por el ruido.

La luz de la cocina brillaba como el final de un túnel y el chico apresuró sus pasos para alcanzarla. Dio un salto y se adentró en la habitación en el momento en el que la estridente melodía de sartenes cesó. Su madre le recibió con una amplia sonrisa al verle con Traje, el cual, parecía haber dado un estirón durante la noche para quedarle hecho a medida. Él le devolvió el gesto al ver un tazón de chocolate en la mesa custodiado por una magdalena tan enorme que podría tener sus propias placas tectónicas.

—Eso no es todo. —Lucía se dio la vuelta y la falda de su floreado vestido tardó unos instantes en acompañarla. Cuando terminó su giro, alzó las manos y dio dos palmadas. Al hacerlo, Viento entró saltando en la cocina. A Esteban le pareció que no sabía hacer otra cosa más que saltar, correr y sacar la lengua. A Esteban le pareció que era el perro más simpático del mundo. Llevaba un arnés con un termo de chocolate atado en el lomo, y una pajarita de la que, alrededor del nudo, florecían pétalos de girasoles.

3

—Ya tienes guardaespaldas para el camino. —Fueron las palabras que le dedicó su madre a Esteban antes de salir a la puerta y despedirlo con un “nos vemos en los campos”.

A él no le extrañó en absoluto que no lo acompañara. Sabía que detestaba el volumen de los altavoces de las fiestas y, en general, la música. A ella, lo que le encantaba era bailar a su ritmo. Más de una vez la encontró en el salón danzando como una de esas bailarinas  que disfrutan con lagos y cisnes. Tarareaba y movía sus pies con las notas que se deslizaban entres sus labios. Esquivaba los muebles con giros, alzaba los brazos con elegancia para, al instante siguiente, tomar impulso y saltar por encima de algún objeto que, haciendo turismo, se hubiese perdido por el pasillo. Era en esos momentos cuando veía más feliz a Lucía: bailando consigo misma. En cuanto él ponía otra música, el hechizo llegaba a su fin y la danza cesaba. Era como si tuviera sus propias notas y, el resto, fuera ruido. Por eso solo iba al Amanecer de los Girasoles y nunca a la fiesta previa. Él lo entendía pero, lo que no llegaba a comprender, era por qué no salía a disfrutar del desfile que se generaba en las calles.

Para acudir a la celebración, muchos de los asistentes se vestían con los colores de su girasol favorito. Así, cuando caminaban en dirección al pabellón, pintaban las plazas y las avenidas con sus iridiscentes atuendos. Había vestidos amarillos y rojos, verdes y marrones, naranjas y blancos… Los indecisos, que preferían no elegir un único color, se vestían con todos a la vez, y los más atrevidos, se disfrazaban directamente de girasoles a los que dibujaban rostros sonrientes, enfadados, pensativos… Todo dependía del estado anímico en el que se encontrara cada uno de ellos en ese momento.

—Este año el verde será el que esté de moda —comentó un chico vestido de menta.

—No, qué dices, habrá algo nuevo. Lo presiento y ojalá sea mi sabor favorito: el pocholate. Una mezcla de pollo y cacao que haría salivar hasta a los mismísimos girasoles —contestó otro muchacho al que brotaban de su chaqueta, de forma alterna, plumas y pétalos.

Esteban soltó una risotada que apartó el pensamiento sobre su madre. Sin duda no se podía escuchar una conversación así en ningún lugar del planeta, y él, no quería perderse nada. Se acercó al grupo de muchachos y anduvo unos pasos por detrás. Viento, lo adelantó y, como si fuera el líder de una manada de humanos disfrazados de plantas, se puso en cabeza del grupo. Nadie se preguntó nada acerca de aquel perro que acababa de aparecer y les guiaba. Al contrario, todos callaron y siguieron sus pasos como si fuera una brújula de cuatro patas cortas, cola puntiaguda y, por supuesto, una lengua alargada que creaba un camino de babas.

La música comenzó a distinguirse entre las calles y la iluminación del pabellón surgió sobre los tejados de las casas. Las ventanas de los balcones vibraron, y un “ya empieza” brotó de una garganta indeterminada dando el pistoletazo de salida a una competición de hurras y silbidos entre los presentes. Estaban cerca. Muy cerca. Tanto Esteban como su peludo compañero lo sabían. Este último aceleró el ritmo y su séquito improvisado de humanos lo aceleraron con él. Giró hacia la derecha y tomó más velocidad; el resto también lo hizo. Llegó a un árbol sobre el que, como si fuera una rotonda, giró tres veces; los demás lo siguieron. Hubo un momento en el que Viento, espoleado por la voz de su amigo gritándole “corre como tú”, alcanzó la máxima velocidad a la que un perro con pajarita y un termo de chocolate era capaz de llegar mientras los humanos le seguían lo mejor que podían. La música cesó por un momento, ellos se detuvieron, el perro sacó la lengua aún más y se puso a jadear en busca de aire. Todos los que le seguían, también lo hicieron.

—¿Por qué has ido detrás de ese perro? —le dijo el chico de menta a su amigo mientras intentaba recuperar el aliento.

—No sé. Parecía tan seguro de a donde iba  que he dicho: ¿y por qué no? —contestó con la camisa por fuera y con varias plumas perdidas por el camino. Años después, y tras haberla meditado durante horas, a Esteban le pareció que aquella respuesta le explicaba la mayoría de enigmas de la sociedad, pero, en aquel momento, solo le pareció graciosa.

Miró hacia adelante y se topó con las  intermitentes luces de un avión sobrevolando el lugar. El chico sintió que aquel objeto volante sí identificado, le daba la bienvenida. Acababan de llegar al pabellón. Alzó la mano mandándoles un animoso saludo que, los pasajeros, dudosamente verían y, sin dejar de mover el brazo, se dio la vuelta hacia sus compañeros de carrera convirtiendo aquel “hola avión” en un “hasta luego amigos”.

El portón de entrada, sin hacer distinción entre vecinos, visitantes o, incluso, especies, estaba abierto de par en par para incluir a todos los que quisieran unirse a la fiesta. Dio unos pasos dirigiéndose hacia él y Viento, que ya había andado bastante en línea recta para lo que era su costumbre, avanzó dibujando circunferencias alrededor de su amigo. No tardaron mucho en volver a detenerse y, esta vez, no fue por iniciativa propia.

Los altavoces se tomaron una pausa entre canción y canción. Esteban, que estaba a escasos metros de acceder al recinto, se dio cuenta de que no podía moverse. Intentó todo: subir una pierna, doblar un codo e incluso animar a su peludo amigo para que le empujara, pero no se movía ni un centímetro.

—¿Tan nervioso estoy que casi no soy capaz ni de pestañear? —comentó en voz alta procurando relajarse.

Cerró los ojos y notó como le tiraban con suavidad de los zapatos y, con esfuerzo, consiguió mirar hacia abajo. Tenía los cordones desatados y Viento mordisqueaba uno de ellos tratando de atárselos él mismo. Quiso agacharse, pero no pudo. Estaba rígido como si le hubieran pegado una tabla de planchar a la espalda.

—¡Eso es! —Exclamó mientras flexionaba los dedos de la mano—. Como si llevara puesta una tabla de planchar. No soy yo el que no quiere moverse. ¡Es Traje!

El descubrimiento le llenó de inquietud. Si su ropa de la suerte estaba evitando ir la fiesta, esta debía tener una buena razón. Pero, ¿por qué aparecer aquel día entonces?, ¿por qué dejarle salir de casa, vestirse, hacer todo el recorrido hasta allí y detenerse cuando estaba a punto de entrar? No entendía nada.

En el interior, la fiesta, ajena a lo que pasaba por la cabeza de Esteban, continuaba. La música volvió de su descanso y un coro animoso de voces le dio la bienvenida. Estaba claro que la gente tenía ganas de divertirse, pero, la canción que danzaba por el pabellón no sonaba divertida. Era melancólica. De las que, dependiendo del momento en el que te encuentres, te hace reír o te hace llorar.

—Esta canción parece que te abraza o te empuja —comentó en voz alta esperando que alguien le empujara para poder entrar en la fiesta.

En ese momento escuchó algo quebrarse. La rigidez de sus extremidades desapareció y notó como Traje se apretó a su cuerpo para, al instante siguiente, apartarse. De nuevo era libre y sonrió. La música subió de intensidad. Sacó un peine del bolsillo de la chaqueta y, cuando iba a arreglarse el flequillo, algo tiró con fuerza de él. Sus piernas comenzaron a moverse, una delante de otra, a toda velocidad. Estaba corriendo y nunca le había gustado correr. Sintió una ligera presión en los tobillos y giró el cuello para poder observarlos. Tenía los pantalones pegados a las piernas  y eran ellos los que se movían. Desde el interior, una melodía de violines surgió entre los compases de la música. Esteban, al escucharla, se tapó la boca con la mano. La había reconocido.

—Es la canción que tararea mamá cuando baila sola en casa —consiguió decir mientras Traje le guiaba al pabellón…

Continuará…

¿Te ha gustado? ¿Quieres saber más sobre las aventuras de Esteban, Lucía y Viento?

Con o sin traje de la suerte, puedes llegar al desenlace del relato en el siguiente enlace:

Fer Alvarado

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