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PUESTO 28B (Invocatio) by Ana García

Imagen tomada de Google

«¡Lola! ¡Marilyn! Delgada o Gordita. Hay para todas. Venga niñas, aprovechad. Bueno, bonito y barato. Dos sujetadores por diez euros. Últimos modelos, antes de que se acaben.

Guapas, también hay calcetines, bragas, medias…Me los quitan de las manos.»

Hace más de una hora que ha llegado y da vueltas, una tras otra, entre los puestos. No compra nada, simplemente pasa de los kilos de fruta a los pañuelos de moda, de las sábanas de franela 3×2 a las zapatillas Niko.

Ronda como un alma en pena. Tiene incluso la expresión de la cara a juego, con ojeras, aturdida. El cuerpo le pesa y desliza los pies hasta que se para delante del toldo de plástico azul marcado con un 28B. Y vuelve a empezar con otra vuelta.

Es el tercer martes en que repite la misma excursión. No puede evitarlo, es como una fuerza interior. Un malestar arrastrado que le obliga a soñar con ese lugar, durante el resto de la semana, e ir hasta allí cuando es día de mercadillo. Y como lleva imaginando, y lo sabe, cuando está allí no hace más que dar vueltas. Todo el rato dando giros, y más giros, alrededor del puesto 28B hasta que empiezan a recoger la mercancía y se van. Entonces hará como las otras veces, se marchará con las manos vacías, y lo que es peor, con la absurda e imperiosa necesidad de volver al siguiente martes, aunque no quiera. El mismo mercadillo, el mismo puesto. Mirar las mismas bragas y leotardos. Sin hacer nada más que rondar por allí como una tonta.

«¡Lola! ¡Marilyn! Venga reinas. Delgadas o gorditas. De todas las rallas, colores, con y sin tirantes. Oferta de dos sujetadores por diez euros. Niñas, estos precios acaban está semana. Tres pares de leotardos por seis. Si, por seis euros, ¡habéis oído bien! Forrados por dentro. No dejéis escapar la oferta».

Otra vuelta más. ¿Cuántas lleva ya? Se aleja calle abajo, entre anoraks de colores chillones, y bisutería que se agita en bandejas, como las pepitas de los antiguos buscadores de oro, para acabar volviendo al puesto 28B.

Entonces una de las gitanas, con el pelo canoso recogido en una gruesa trenza, la agarra del puño de la chaqueta unos segundos. 

«¿Has visto los modelos, guapa? ¿No te atreves a elegir? Son modernos y quedan muy bonitos. El precio es una locura, y son buenos, buenos. Aguantan bien los lavados».

A la altura del hombro la gitana aparta la camisa que lleva puesta y le enseña un tirante de color negro.

«Buenos, buenos…»

No se atreve a responder. El contacto es breve pero aún permanece. Ha sido real tanto que aún siente que la está sujetando. Aquellas manos sucias la han reconocido y se han dado cuenta de que ella está ahí. Es como una compradora más, entre todos los que están. Pero no quiere estar allí, la hacen estar allí. ¿Tiene sentido? Está a punto de decírselo a la gitana, pero esa mujer no tiene la voz que le taladra la cabeza. Se aleja de ella y se mezcla con la gente que baja con los carritos de la compra llenos de verduras y frutas. 

«¡Lola! ¡Marilyn! Da igual la edad y talla. Hay para todas. Calcetines para la familia. Tobilleros con y sin dibujos. Packs de cinco pares a diez. Medias de fantasía. ¡Vamos niñas, aprovechad el fin de temporada!».

Otra vez. ¡Esa es la voz! Acaba de gritar y ha dicho su nombre. Ahora no hay dudas tiene que reaccionar y pedir ayuda si es necesario.

Está detrás del puesto 28B. Grita con voz cansada y persistente. También tiene el pelo recogido, como la otra, unos pendientes largos y una estrella tatuada en el dorso de una de sus manos. Está apoyada sobre el guardabarros de la furgoneta. Tiene el maletero abierto, hinchado de cajas de cartón de las que asoma ropa interior como lenguas pidiendo un respiro.

No hay lugar a dudas. ¡Es ella! Esa voz es la que está dentro de su cabeza y se cuela por la puerta de atrás de sus sueños. Se va directa a ella.

– Eres tú quien me está llamando, ¿verdad?

La gitana se levanta y la mira extrañada.

-Deja de llamarme ¡Déjalo ya! …Ya estoy aquí ¿Qué es lo que quieres de mí?

-Perdona señora…Quiere ¿Bragas? ¿Medias? ¿Calcetines? Hay unas ofertas…

-Lo que quiero es que me deje en paz. No me llame más ¿Lo entiende? No me nombre.

Los ojos oscuros de la gitana se abren y se entrecierran como si varios fogonazos, de seguido, se dispararán dentro de ellos. Se saca una medallita dorada de entre el escote y lo besa con lentitud antes de murmurar algo para sí.

– ¿Qué quieres de mí? No nos conocemos de nada y me llamas y me llamas sin parar.

-Lola. Marilyn. -Dice la gitana en bajito casi separando las silabas. Ahora hay regocijo e incredulidad en su voz.

Lola siente un escalofrío desde los huesos y la piel.

– ¡No me llames más! ¿Lo has entendido? Cambia de nombres y.…Te compro…Todos los sujetadores de la oferta.

Lola sale corriendo del mercadillo, con un ramillete de tomillo en el bolsillo y cuatro bolsas a rebosar. Ni se atreve a mirar hacia atrás, simplemente se tropieza con las bolsas mientras se va alejando. Por fin se siente liberada. Sus ojos quieren cerrarse. ¡Dormir! Sólo puede pensar en llegar a casa, tumbarse y escuchar el dichoso silencio rodeada de un mar de sujetadores.

Mientras desde lejos se escucha…

«¡María! ¡Katy! Vamos bonitas los últimos modelos en ropa interior. Calcetines tobilleros. Pantis de colores. Bragas de encaje, tres por ocho euros. ¡Aprovechar…!»

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