Lunas de Lantano —44 by Félix Molina

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A partir de este, y sobre todo en las tres entregas definitivas, los capítulos se hacen más extensos, conforme el profesor-inspector Carreter va presentando sus conclusiones… Quedan tres capítulos —Nota del editor

44. Una partición del sol en pequeños soles negros


Llegó quien y cuando menos lo esperábamos. Husmeó primero la urna, como solo el espíritu del perro de un literato puede hacerlo. Con la sombra de lo que fue su pata, volcó el receptáculo justo lo necesario para que nuestras esencias espirituales (era digna de ver la cantidad de siglos y de palabras que había acaparado tan mínimo sarcófago) recuperaran de nuevo su sintonía cósmica y yo abandonase la omnisciencia y aquel escobero devenido en templo de veneración folclórica. Dejé a don Benito gratificando a su animal. Y se me entró por el cuerpo –o por el alma– la refrescante sensación de que ya no iba a tener que agarrarme más de las solapas de su abrigo.

De regreso a Lunas de Lantano, detecté un tono de celebración, más bien de solemnidad. Antonio y Antonia llevaban delantales limpios y parecían un par de personajes lorquianos, ordenándolo todo mientras se desenvolvían con gran destreza en la lengua popular.

—Los han visto de vuelta a los tres, Ifi y la intrigante parejita, Néstor y Eliseo.

—Esos ya han tenido lo suyo. Vuelven con la cara blanca como la bata de un médico.

—Ya es mucho que vuelvan. El Abuelo y su medicina no hacen prisioneros.

Por un momento, a lo Santa Teresa, casi olvidándome de mí (¡qué destreza, a estas alturas!), me materialicé.

—Hombre, inspector, de vuelta usted también. ¿Todavía hay hilos de los que tirar? —casi recitaba Antonia, mientras tiraba de los de un mantel cercano.

—Algunos. Comprobaciones rutinarias.

—Ya, ya. Eso dicen ustedes en los telefilmes cuando están a punto de descubrir al asesino —sotorrió Antonio.

—¿Qué se prepara por aquí?

—Ya sabe… Entrega de premios. El Lunas. El cierre final de toda esta cosa que nos ocupa casi un año —apostilló Antonio, desdeñoso—. Lo de siempre…

—Lo de siempre, pero sin los de siempre —completó Antonia con energía sacudecolchonera—. No se les ha visto el pelo y ya va siendo hora.

—Tienen sus medios —terció, casi gubernamental, Antonio—. Al final estarán aquí.

Me sirvieron, sin pedirlo, un vermú. Y agradecí a la fílmica costumbre de los policías de no consumir estando de servicio que me tapase el feo de mi desdén, propio de mi estado. Me despedí secamente y vagué por los módulos, donde dominaba el silencio nervioso de la inminencia, mezclado, como un mal tabaco, con el repasar de las páginas de Caballo viejo, Césped o Palabra de cal. Mi módulo (con mucha cursiva del posesivo) estaba ocupado por una pareja oficialista, parece que apurada con computadoras portátiles y teléfonos móviles.

—No llegarán, Arce, te lo digo. Están muy callados —susurró el cincuenta por ciento de la pareja, con movimientos de ratón—. Hay que ir buscándose a alguien, por si nos llaman a última hora.

—Para las últimas horas estamos nosotros aquí —dejó caer el otro cincuenta, con sombras de gato—. Lo pasarán como la ceremonia de un año deslucido y ya está. Con la muerta ya han llenado demasiados noticieros este curso.

Uno de ellos se asomó a la ventana modular para encenderse un purito, y me centré en no materializarme. Ya sin solapas ni nada, un prodigio. Me distrajo del par funcionario la figura de Rosa, la argentina menuda, tocando en la puerta de Néstor. La hizo pasar casi sin cerciorarse de quién era. La intuía.

—Tuvo que ser inmensa la macana de la CABA. Ni siquiera nos contaron nada a los que nos quedamos aquí —claveteó una Rosa demandante, con el cigarro ya en la boca antes de encenderlo—. Vos me dirás.

—Hay poco que decir. Nos interrogaron. Haciendo uso, o abuso más bien, del whisky de canela. Fue todo grotesco y violento.

Néstor caminaba entre papeles, como un zombi (tras visionar una película de George A. Romero he podido saber que son mi antítesis: mucho cuerpo y poca alma). Le aproximó algo que podía ser un encendedor a su compañera de beca, que continuaba indagante.

—¿Y a cuenta de qué? ¿Todavía enmerdando lo de Inés? ¿Qué saben esos fachos?

—Poco nos pudieron sacar. Acabamos abofeteados por la curda, mediomuertos.

—¿Seguro que no saben lo de la fiestita que le preparamos a la Menta?

—Seguro.

Juárez, como si hubiese intuido también mi presencia (pero no), cerró el visillo al tiempo que se volvía contra la desbordante luz que se proyectaba en los pequeños cerros coronados por los módulos (en la mínima cordillera figuraban como las escalonadas blancas de un pentagrama). Después ensayó algo que me sonaba a rutina, mientras Rosa se aligeraba la ropa. Puso a media voz un cedé –Ella Fitzgerald, posiblemente– y se aproximó más de lo debido a la autora de Palabra de cal.

Pero yo no estoy aquí para verlo todo.


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