viernes, septiembre 4 2026

AKEMI by Natalia Carnales

Akemi caminaba por las viejas calles de Golden Gai, uno de los barrios más antiguos de Japón. Entre las avenidas estrechas, los minúsculos bares con ambiente nostálgico y los edificios de dos plantas, los hombres ocultaban sus vicios y anhelos. Los antros desaliñados dejaban beber y fumar al cliente, ofreciendo una evasión a esas almas torturadas por la vida cotidiana.

Varios callejones ofrecían la oscuridad perfecta para ocultar los pecados, los vicios y alguna que otra perversión con alguna joven prostituta. Akemi giró en la esquina con la cabeza cabizbaja, ya era entrada la noche y la fiesta llegaba a su fin. Entre dos edificios con la pintura descascarada y varios panfletos pegados, un pequeño templo se dibujaba en la oscuridad. Abandonado, sucio y casi sin vida.

—Oye, tú. ¾Una voz suave salió de entre las verjas oxidadas¾. Akemi, ¿puedes oírme?

—¿Quién eres? —El joven giró su cabeza hacia ambos lados de la calle¾. ¿Dónde estás?

—Soy yo, Hana ¿Te acuerdas de mí? ¾El tono sonaba dudoso, suave y muy aterciopelado¾. Eras demasiado menor para acordarte de mí.

—No sé quién eres. ¿Vivías en el barrio? ¾Intentó recordar los rostros de los niños que jugaban al pie de la acera, de la vieja lavandería de su familia¾. ¿Hana?

—Sí soy yo, pero estoy tan débil que no creo que puedas reconocerme. —Tosió un par de veces antes de continuar¾: El viejo sacerdote me encerró aquí, estoy atada a una cadena y no sé cómo puedo escapar. Por favor, ¿puedes entrar?

—No creo que sea buena idea. —Se miró los zapatos sin saber qué hacer, inseguro¾. ¿Y si estoy haciendo lo incorrecto?

—Por favor, ¿un hombre como tú tiene miedo de una mujer débil como yo?

—¡Yo no tengo miedo!

El joven entró en el viejo templo haciendo rechinar el hierro oxidado y el olor a incienso llenó sus pulmones de inmediato. Buscó por todos lados, separando los amuletos que colgaban del techo en forma de telas escritas. Estaba claro, que el lugar estaba vacío. Decepcionado y con el orgullo herido, caminó hasta la salida para encontrarse las viejas rejas cerradas, mientras una joven harapienta, trancaba un viejo candado en ellas.

—Necesitaba que entraras. ¾Hana lo miró con el rostro lleno de pena¾. Lo siento, pero el único trato que aceptaba el alma del viejo sacerdote que habita en este lugar, era una vida por otra.

—¡¿Qué estás haciendo?! Niña estúpida, ábreme.

—Lo siento, gracias por mi libertad. —Hana se giró y sin mirar atrás respondió: Por cierto, un placer volver a verte Akemi.

 

 

 

 


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