Mire, señorita O., yo no quiero apurarla con esta carta, porque al final yo no soy más que otro inquilino de su pequeño apartamento de París. Tuve el tiempo justo para retirar lo que había escrito el anterior, para hurtarlo a la mirada de los adustos enfermeros y doblarlo en 4, 8, 16 pedacitos, justo para que ocupara la dimensión de mi bolsillo. También para retirar los restos, en forma de excremento o mordedura, que dejaron los conejitos. Sí, seguro que no sabe de los conejitos, y eso es lo que justifica lo pesado de mi trabajo: su felicidad, señorita. El imaginarme que usted penetre algún día en la sofisticación de su morada y halle todos sus libros, sus discos, los objetos que resumen su pasión artística, en el perfecto orden –su orden– que el anterior inquilino perseguía. Sin jamás conseguirlo.
. . .
Señorita, por increíble que le pueda parecer, ese anterior inquilino no intentó más que embaucarla con palabras de cuentista. Pensó que con figurarle una comedia (o tragedia, según se mire) de conejitos que se regüeldan, que se echan por la boca, que se arrojan, cual fruto de la dipsomanía o el hartazgo, podía sonsacarle a usted su lástima, a lo mejor su perdón o quizá –quién sabe– una admiración que después se tornara en cariño, una afinidad que después devendrá, acaso, en amor. Y supo rodearlo todo con el encaje de sus ídolos y sus iconos: Rará, Mozart, Benny Carter, Giraudoux… Le digo yo, envuelto en este silencio que me recrea, acá mismo, su pureza de mujer inasible, le afirmo yo, señorita, que esto que leo, en la cuartilla ya anulada por el tiempo y los pliegues de mi doblez, esto es una fabulación que esconde una admiración jamás confesada, una devoción silente y ramificada, propia de neurótico, hacia usted: la perfección.
. . .
Querida amiga: pasan los días, me vuelco cada noche en la quietud de su pieza, y sólo alcanzo a confesarle que le he mentido. Mire, no es cuestión de andar con medias verdades: solo soy un triste bloguero, con una misión que me superaba. Reseñar toda, o siquiera parte de la ilusión, el renacimiento, la dulzura de ser y de serle –a usted y a quien se ponga por delante– que en su día me causó este cuentito de Julio Cortázar. Verdad que pude tomar la forma de una puerta que se cierra, para dejar atrás la ignominia o el error, como en la “Casa tomada”. O el atuendo de una envenenadora febril, como la de “Circe”. O acaso cantarle a usted sus excelencias –a usted que tiene tantas– con los altoparlantes salitrosos, grasientos, rezumantes del pollo que se suele asar en las verbenas, de “Las puertas del cielo”…
Pero no, mire que he decidido recibirla aquí, en la pequeña portezuela donde recibo cada noche (bien: puede ser cada día, pero yo prefiero que sea cada noche) a los lectores, suspirando mientras reduzco como puedo mi sudoración, atinando en lo que puedo mi vestir y sobre todo… atenazando bien tras la espalda mis dos desatinadas manos, temblorosas, ocultas a su mirada garza, trenzadas para acoger al único conejito que el anterior, malhadado inquilino, no pudo evitarle, y que campaba por el incierto equilibrio que es toda belleza (y a usted se lo digo, que no es sino la Belleza), y que lleva usurpando la admiración, la risa o vaya usted a saber qué –pero que es mágico y con alas– a cientos, miles, puede que millones de lectores de esta notita, amada por sus propios pliegues, que es el cuento, el apólogo, el relato, la narración, en fin la maravilla “Carta a una señorita en París”. De Julio Cortázar.
Y suyo, por siempre
f.
Julio Cortázar (1914-1984), argentino planetario, nacido en Bruselas (en una calle que es mi única atracción en la ciudad cuando la visito), es el prodigioso fabulador que nos extrañó al mundo, a base de una agitadísima prosa y el cemento de la maravilla cotidiana. La fingida carta de arriba troquela, además de “Carta a una señorita en París”, muchas de sus creaciones, donde un incidente absurdo o inesperado suele revelar una verdad o una mentira universales: la paradoja, el tiempo, la vida. De sus decenas de cuentos (todos imprescindibles) me quedo con la “Casa tomada”, de una perfección casi musical, soñada. O, cada vez más, con esas casi prosas sin cuento de los cronopios y famas. O con sus traducciones de Chesterton y Poe. O con su extrañísima y voluminosa biografía de Keats. O quizá con esos escritos que le escuché en una grabación, esos donde arrastraba las erres y tenía la delicadeza de acordarse de la tos de una señora en la antigua grabación de un concierto.
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