Extiendo el brazo. Me desperezo. No hay despertador estridente. Tampoco mesa de luz ni pila de libros.
Todo es blandura a mi alrededor. Nado. —No, no nado—. Me mezo en un líquido tibio cuyo vaivén me empuja. ¡Me empuja! Contraigo estómago, pulmones, todas mis vísceras. «¿Y si el mundo estuviera realmente a punto de acabarse?» —pienso como aquel personaje de 1Q84.
Me adentro por un túnel sin escapatoria. ¡No controlo mis movimientos! Una luz me enceguece.
—La veo. Viene, alerta a todos la enfermera.
Nazco.
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