martes, julio 28 2026

La cantante celestial by Oscar Ramírez

Hubo un día, y me enamoré de una mujer que era un monstruo. No lo supe por mucho tiempo, porque sólo vi aquellos ojos irrepetibles, esos que miraban como queriendo hacer arder al mundo. Unos ojos salvajes, furiosos. Como los míos, buscaban en cada rincón la redención a pesar de haber perdido toda fe en el paraíso. Ojos condenados, atados al infierno con mi alma, ojos incandescentes, en fuego, en herejías y sacrilegios. En rezo profano, en meditación de ira, en la perdición más viva y entera. Una conversación ruidosa cegando aquel sermón en la iglesia. Potencialidad de furia pagana, mitos de dioses griegos perdidos en el tiempo, de leyendas tan viejas como el primer encuentro con el fruto espinoso. No una manzana, ni un higo: uno de púas, hiriente, profundamente dulce.

Una mujer espectro, fantasma. Desaparecía con cada caricia tentativa, con cada susurro intuyendo algo más. Era el Ziz, tapando al Sol con sus alas. Behemot, haciendo temblar la tierra. Leviatán, las mareas levantándose, llenando mis pulmones del agua más turbia. Así terminé náufrago, en esa mota de tierra, rezando al dios en que nunca confié. Pidiendo a la arena dar frutos, dulces fresas que atraen abejas. Al mar la vida, más tiempo entre el claro fin de nuestro fin. Al aire llevar el mensaje, a los pájaros, las golondrinas, los gorriones, esas palabras hasta la tierra de los muertos. Las letras de un pensamiento, uno desesperado, sin principio ni final, uno eterno: Estoy aquí, si no importa estoy muerto, si no importa estoy vivo. No importa.

Lo sentí ante la mujer que era un monstruo. Y lo supe muy tarde. Lo supe al ver los despojos, escuchar los rumores, oler la carne putrefacta de todo eso que dejó en su camino. Fue la conclusión a la que llegué al ver mi cadáver, tendido entre todos los demás, un sacrificio ante el dios de la nada, ante el Cronos ebrio que mueve nuestro tiempo. A medio comer, aún moribundo pero muerto. Sin nada más que decir. Todo ahí, evidente, sin tapaduras.

Y supe entonces que no era amor, era idolatría. Entendí porque me condenaba. Entendí mi arder en la pira. Una traición a ella y a mí mismo, una vociferación más que pagana, el acto final de egocentrismo. Entendí su ser, aunque fuera tarde. Saboreé el final en aquella cerveza sin gas. Olí mi pecado entre mil cabelleras sustitutas. Mirando al horizonte terminé con mi vida, no en sangre: en millones de pensamientos asesinos.

El cuchillo cortó los cuellos. Yo muriendo, una y otra vez, caminos de cuerpos con pájaros negros arrancando pedazos de carne. Alzándose entre cientos de vientos orientales, llegó la calma en la encrucijada. Era mi decisión, y daba miedo.

Daba tanto miedo.


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