Algunas frases se convierten en dogmas vitales, bien porque son revelaciones o porque dan forma con palabras a convicciones profundas. Yo tengo tres o cuatro. Una de ellas me la dijo el escritor leonés Ramón Carnicer en la primera entrevista que le hice: “El arte tiene que ser ético, estético y ecológico”. No he encontrado jamás una definición mejor.
Las tres cosas se dieron en un escritor que ha fallecido recientemente y que, en mi opinión, no ha recibido una despedida –al menos, en España- a la altura de su vida y obra, Dominique Lapièrre. Y digo en España porque en Bhopal (India), los chabolistas encendieron velas en su honor y entendieron su partida -el mismo día en el que se cumplía el aniversario del terrible desastre- como una coincidencia divina. Quizá hay que recordar que el 2 de diciembre de 1984, una fuga de isocianato de metilo en una fábrica de plaguicidas propiedad de la compañía estadounidense Union Carbide, provocó la muerte de más de veinticinco mil personas y lesiones a más de medio millón. Es difícil saber cuántas personas sufren aún los efectos de ese gas tóxico que es la máxima expresión de la política criminal –también denominada racismo ambiental- de algunas multinacionales, pero el desastre hubiera escandalizado al mundo unos meses, quizá sólo unas semanas, si no hubiera sido por el trabajo de Dominique Lapierre, quien vivió in situ la tragedia y la plasmó en una obra de literatura, coescrita con su sobrino -el también gran escritor Javier Moro-, “Era medianoche en Bhopal”. Pero hizo más, mucho más: entregó la mayor parte de los derechos de autor del libro para la construcción de una clínica donde curar a las víctimas más graves. “Ese día –ha escrito Javier Moro- descubrí que sólo con un bolígrafo y un cuaderno de notas se podía cambiar el mundo o, por lo menos, incidir en su mejora”.
Imagen aportada por la autora
Dominique Lapierre ha sido siempre un referente para mí. En primer lugar, como periodista, pues pertenece a la tríada que yo considero los más admirables, junto con Paul Theroux y Günter Walrraff. He aprendido del mundo que me ha tocado vivir más a través de las novelas de Lapierre, los libros de viajes de Theroux y los reportajes de Walrraff que de ninguna otra fuente. Y los tres tienen varias cosas en común, sobre todo su compromiso con el mundo que les rodea; un compromiso radical, generoso y valiente. Paul Theroux fue voluntario de los Cuerpos de Paz y su implicación política le obligó a tener que irse de Malaxi a Uganda, de Uganda a Singapur y de Singapur a Londres. Wallraff… bueno, es bien conocido el riesgo que ha corrido en cada uno de sus trabajos, adoptando distintas personalidades para introducirse de lleno en el ámbito que investigaba, donde fue desde conejillo de Indias en un laboratorio a empleado de un call-center o mendigo. Su 50 cumpleaños lo celebró con inmigrantes vietnamitas que habían sufrido un progromo en la ciudad alemana de Rostock; los 60, en Afganistán fundando una escuela para niñas; a los 75 se fue a Turquía para entregar el dinero de un premio que lleva su nombre a la mujer de Ahmet Sik, un periodista encarcelado.
Respecto a Dominique Lapierre, su compromiso social y ético es tan conocido como interminable: además de la labor de divulgación de realidades sangrantes a través de sus obras –inolvidable “La ciudad de la alegría”-, financió todo tipo de acciones humanitarias en los barrios de Calcuta, en las zonas más pobres de Bengala, en África y Sudamérica. Cumplidos los 50, además, creó una fundación con su mujer que financia numerosos programas de educación y salud, construye centenares de pozos de agua potable, permite la independencia económica de miles de mujeres gracias a microcréditos, mantiene cuatro barcos-dispensario que navegan en ayuda de los aislados habitantes de las cincuenta islas del delta del Ganges… En fin, se calcula en 65 millones de dólares el dinero que ha dedicado a batallas sociales, dando conferencias por todo el mundo para recaudar fondos.

Los tres han sido grandes viajeros. Hay que recordar que Lapierre comenzó su aventura reportero-literaria con un viaje a México, Estados Unidos y Canadá, en el que recorrió 32.000 kilómetros con apenas treinta y dos dólares en el bolsillo y que dio lugar a su primer libro, “Un dólar cada mil kilómetros”, y también a La India llegó con su inseparable compañero Larry Collins para recorrer en un viejo Rolls Royce más de 250.000 kilómetros de su amado país-continente, durante cuatro años, en un viaje que culminó con la publicación de “Esta noche, la libertad”, libro de referencia sobre el nacimiento de India y Pakistán. La edad no ha sido para ninguno de ellos, por otra parte, óbice para ese afán de ir donde sea necesario para tomar nota, para escuchar y contar, para echar una mano.

Hablar de la obra de estos tres gigantes o, mejor dicho, de estos tres quijotes que han combatido a tantos gigantes, puede resultar interminable. Mi admiración es tanta que se me agolpan ideas y palabras. Sólo de Dominique Lapierre, que es o pretende ser el protagonista de este artículo, podría llenar, no páginas, sino libros enteros, pero esa sería tarea más bien de Javier Moro. Sólo diré que, al menos sí comparto algo con él: su amor por La India, mi país de adopción, puesto que en él nacieron mis hijas. Y viene aquí al caso otra de esas frases que son un lema de vida para mí –y creo que también para él-, el proverbio hindú que da título a este modesto homenaje: “Todo lo que no se da, se pierde”.
Esther Bajo
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