Nota inicial: Aunque utilizo el masculino genérico en este texto, no hago distinción de género. La hipocondría, como buen drama universal, no discrimina: afecta por igual a hombres, mujeres y cualquiera que se haya sentido morir tras un simple estornudo.
Hay excepciones, pero en general, toparse con un hipocondríaco es como entrar en un capítulo interminable de Anatomía de Grey: todo parece un caso médico crítico. No importa si te duele la cabeza por haber dormido mal o si sientes una molestia después de comer un plato de alubias; ellos ya tienen el diagnóstico: meningitis, un tumor cerebral, o algo rarísimo que le pasó a un primo del vecino de su amigo en 1997.
La hipocondría es, en esencia, un arte. No cualquiera puede convertir un simple estornudo en el primer acto de una tragedia griega. Es necesario un talento especial para leer en Google «síntomas de gripe» y acabar convencido de que padeces una enfermedad tropical, aunque no hayas salido del barrio en años. Si fuera un deporte olímpico, España estaría sacando oros con gente que no solo consulta a tres médicos, sino que se lleva sus propios análisis a casa «por si acaso».
El hipocondríaco clásico suele tener el don de la interpretación: «Mira cómo me late el ojo izquierdo; esto no es normal», o la épica frase: «A mí nunca me duele nada, así que esto es grave». Y lo mejor de todo es que no discriminan; da igual que seas su pareja, un amigo o alguien que se encontró en la cola del supermercado. Están dispuestos a compartir contigo toda la lista de síntomas, diagnósticos y posibles tratamientos. Sin filtro. Sin piedad.
Y ojo, están también los hipocondríacos que son reyes de la prevención. Se saben el prospecto de cada medicamento mejor que el propio farmacéutico y te recomiendan vitaminas para problemas que no sabías que tenías. «¿No te notas raro últimamente? Seguro que te falta magnesio». Con ellos, cualquier comida puede ser una intervención médica: «No tomes eso, que tiene gluten y ni sabes si
eres intolerante. Podrías serlo. Podríamos serlo todos».
Lo curioso es que, en un mundo que idolatra el control y la información, la hipocondría ha encontrado su caldo de cultivo perfecto. Ya no hace falta esperar a que un médico te mire con cara de paciencia infinita; ahora puedes buscar «cosquilleo en el brazo derecho» y, en dos clics, descubrir que estás a punto de quedarte sin extremidades. Porque si algo le gusta a un hipocondríaco, es la
autosuficiencia: ¿para qué esperar a que te hagan pruebas, cuando tú puedes sufrir por adelantado?
Y no podemos negarles una cosa: son auténticos narradores. Nadie cuenta una contractura como si fuera una batalla épica mejor que ellos. Una historia que empieza con «me dolía un poco el cuello» y termina con «he hecho testamento, por si acaso». Es como si tuvieran un don para transformar la vida cotidiana en una novela de suspense.
La moraleja es sencilla: si te cruzas con un hipocondríaco, no pierdas tiempo intentando razonar. Asiente, escucha con cara de alarma y, si puedes, añade algo tipo «Pues mi prima tenía lo mismo y terminó ingresada». No es crueldad, es colaboración: a ellos les encanta el drama, y tú, por una vez, puedes ser coprotagonista de su serie médica particular.
@Emecé Condado
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