Acabo de terminar un breve curso para veinte estudiantes universitarios de primer año. En mis clases he invitado a mis alumnos a pensar reflexionando sobre su propia vida —muy corta pues no llegan a los 20 años– y asomándose también al pensamiento y la biografía de algunos de los grandes autores de los dos últimos siglos reunidos en mi libro «Pensadores de frontera» (Rialp, 2020).
Quizá merece la pena recordar por orden alfabético la lista de esos autores que —al menos a mí— me han dado mucho que pensar: Elizabeth Anscombe, Hannah Arendt, Albert Camus, Dorothy Day, Fiódor Dostoievski, Vincent van Gogh, Etty Hillesum, Franz Kafka, Imre Kertész, Gertrud von Le Fort, C. S. Lewis, Antonio Machado, Alasdair MacIntyre, Charles S. Peirce, Hilary Putnam, Rainer Maria Rilke, Henry D. Thoreau, Simone Weil, Ludwig Wittgenstein y María Zambrano. Pedí a mis alumnos que eligieran uno de esos autores y se adentraran en su biografía y sus obras para después exponérnoslo en clase y hacer un ensayo a partir de su experiencia lectora. Me ha encantado comprobar cómo algunos de los estudiantes se emocionaban al hablar a sus compañeros sobre la autora o el autor que habían elegido. La literatura ensancha siempre nuestra vida porque alimenta nuestra imaginación.
Viene ahora a mi memoria lo que recomienda Rilke al joven poeta en su primera carta de 17 de febrero de 1903: «Si su vida cotidiana le resulta pobre no la acuse a ella; cúlpese a sí mismo, dígase que no es lo suficientemente poeta como para extraerle sus riquezas. Para el verdadero creador no hay pobreza ni lugares comunes. Y aunque se encontrase encerrado en una prisión cuyos muros impidieran que el fragor del mundo alcanzase su entendimiento, ¿no podría recurrir siempre a su infancia, ese reino delicioso, esa cámara del tesoro que alberga tantos recuerdos? Vuelva su atención hacia allí. Trate de desenterrar las sensaciones sepultadas en ese lejano pasado».
La literatura ensancha nuestra experiencia, la escritura potencia nuestra reflexión, el diálogo alimenta nuestra comunicación, nuestra vida en comunidad. Desde hace muchos años estoy persuadido de que la filosofía debe partir de las conversaciones reales de la gente, de sus diferentes opiniones acerca de los problemas humanos, y no de ideas ajenas a la vida. Como escribió C. S. Peirce, “no debemos empezar hablando de ideas puras —errantes pensamientos que vagan por las aceras públicas sin asiento humano— sino que debemos empezar por los hombres [y las mujeres] y sus conversaciones” (CP 8.112, c. 1900).
Pensar, leer, escribir, hablar son las sendas mediante las que la razón ensancha nuestra vida abriéndola al espíritu.
Barcelona, 28 de diciembre de 2023
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* Jaime Nubiola es profesor emérito de Filosofía, Universidad de Navarra (jnubiola@unav.es).
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