Casida para Andrea, la loca de la calle Aribau
Más o menos a las nueve y media,
o más temprano,
aprovechando la cojera de un turno
de las asistentes que la pasean en la residencia,
Andrea ha podido llegar a la calle Aribau,
haciéndose la distraída por la Diagonal,
como si fuera una vieja loca.
La ha devorado, como a sus recuerdos,
la antigua puerta, sin pintar, del piso.
Todo allí permanece
con los colores originales,
con la música lenta
de la nada y la muerte
que tanto le gustaban a Juan y a Román,
hermanados por la alberca de un país
que aprendía a morir.
Se posa en el balcón, como una extraña
paloma abandonada a su vuelo.
Y allí se enreda en las horas robadas a su fin
en que se calza los zapatos
de las parejas y los solitarios,
siempre con una prisa multicolor,
que navegan hacia cualquier curro
o hacia una oficina de empleo,
o hacia la luz del amor (quiere soñar),
o hacia la penumbra legal
de cualquier cosa.
Van siempre pendientes
de la vida que se agita,
con una rutina vana y luminosa,
entre sus manos.
Pero ellos no escuchan
–se dice en el arrobo del balcón
con sol de la mañana–,
jamás escucharán
los gritos, los disparos,
la miseria familiar de golpear al otro,
de ser toda una vida
en ese golpe
que escucha a sus espaldas,
mientras los patrulleros
de emergencias la buscan
en el rellano –sin mil novecientos–
del número treinta y seis.
© félix molina, La prosa en verso, 2024

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