domingo, septiembre 6 2026

LA DILIGENCIA by Catalina Bello

El cambio de camino entra, como un murmullo de avispas, en el cauce de sus oídos. Despierta. Cinchas de caballos fuerzan la marcha por el nuevo empedrado. Se tambalea. Desprotegida, va ajustando las sedas de su vestido. Se yergue. Sujeta con la mano su busto suelto. Percibe el maquillaje escurridizo. Ensarta los cabellos. Comienza a avanzar a través del pasillo estrecho. Un entramado de luces zigzaguea a través de los cristales de la ventanilla. Cierra los ojos. Nota el último golpe de ruedas. Acaricia el cuero viejo de su maletín. Oye las puertas abrirse rotundas. Un golpe seco del horizonte inabarcable entra por su nariz. Se agarra al manillar. Baja uno a uno los peldaños. Nota el pedregoso suelo bajo sus pies. Abre los ojos, despacio… De nuevo, mira el horizonte de páramos yermos, casas adustas y reses podridas… No, no hay nadie… De golpe, el viento. La rodapaja que tropieza con su maletín, intenta apartarla. Un olor acre la envuelve, la desdibuja. Agita sus ropajes, tratando de alejarlo. ¿Lo ha conseguido? Busca con los ojos su propio cuerpo, el de otros. No, no hay nadie fuera de la diligencia. En realidad, ni siquiera ella.

Era el verano de 1849. Aquella pequeña población del Arkansas rural, enriquecida durante varios decenios por la explotación de fosfatos, dormía plácidamente.

Sobre las vías muertas del tren ramoneaba un caballo y una segunda calle se perdía en el horizonte. Casi invisible, en el final de esta, el rancho Acebedo parecía ser el que pastaba frente a una acequia de riego que, sin duda, alimentaba a reses y habitantes de esta y otras casas.

Catalina Bello


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