Quienes tengan presente mi último texto recordarán que prometí escribir sobre la educación. Advertiré que el pase de lista a los problemas crónicos en las ciencias educativas queda fuera por dos razones.
La primera se apoya en lo expresado por la filósofa catalana Victoria Camps, quien lamenta el hecho de que “los dos agentes educativos fundamentales –familia y escuela– tienden a competir entre sí más que a colaborar. O a culparse mutuamente de la mala Educación de los menores”. La segunda se debe, sencillamente, a que no me da la gana predicar en el desierto. Hay instituciones en crisis insalvables y la degradación de los cimientos éticos y morales en la pedagogía actual son el canto del cisne en nuestras formas cotidianas de convivencia.
Bien, establecido el acuerdo, compartiré mis meditaciones en torno a la enseñanza y el aprendizaje. Espero no defraudarlos y ser un buen anfitrión en sus minutos de lectura.
El verdadero conocimiento, no el de utilería, proviene del desengaño. A estas conclusiones he llegado después de releer el recorrido profesional de Claude Lévi-Strauss. Líneas antes de finalizar su célebre ensayo Tristes trópicos (1955) el antropólogo francés expresa su desencanto por el futuro del mundo industrializado. En dos minúsculos párrafos augura la subordinación intelectual de la antropología al servicio de la entropología.
Entendida de manera breve, la entropología reemplazaría los estudios clásicos de la antropología (religión, familia y matrimonio) por el análisis cultural de los procesos destructivos en las sociedades contemporáneas. (Incluso, hay quienes a esta singular forma de pensamiento han dado el nombre de antropología negativa, en referencia al interés por documentar el caos y la precariedad del bienestar común). El viraje intelectual entre disciplinas es complementario; una describe aquello que nos une como especie, la antropología, otra aquello que nos separa como individuos, la entropología.
Hoy por hoy, la pertinencia del enfoque entropológico se agiganta al percatar la sustitución de políticos al supuesto servicio de las necesidades civiles por magnates despolitizados. El ascenso de las vanidades ideológicas y la propagación digital de la ignorancia práctica suman puntos al fracaso. Si a esto añadimos el agobio de Saramago, “la agonía sin nombre, es decir, la muerte de cualquier esperanza de comunicación”, se refrenda el desacuerdo entre extraños.
Son los dioses del caos y del mal gusto quienes gobiernan el mundo, balbucea el protagonista Ignatius J. Reilly en la novela de John Kennedy Toole La conjura de los necios (1980). Si bien Reilly pronostica la clausura del discernimiento y el arraigo del sedentarismo reflexivo en la América del Norte de los años sesenta esto no detiene sus ánimos de aprendizaje.
Él, enterado del acceso masivo de la clase media a las universidades, decide caminar por otra vereda: ser autodidacta. Decencia, buen gusto, geometría y teología son los cuatro pilares de su metódico plan en pos del reordenamiento moral de la sociedad a la que el mismo pertenece. Ignatius J. Reilly, ¿un idealista más? Es probable, sólo que Reilly es un idealista informado. Un ciudadano a disgusto con la humillación sistemática de poderes y autoridades en contra del refinamiento emocional de sus votantes. Un lector, motivado a no repetir errores anquilosados. Es decir, un enemigo del pueblo.
El interés por el conocimiento tiene perfiles tan impares como asombrosos. Están los que militan el idealismo, Ignatius J. Reilly, y los que hallan en la trashumancia intelectual una razón para vivir, Claude Lévi-Strauss. También hay temperamentos que hacen vida social más por curiosidad hacia el otro que por deseos de avecindarse en vidas ajenas.
Mi temperamento se inclina por la curiosidad hacia el otro, por el re-conocimiento en otros. Lo del deseo de avecindarse en corazones ajenos (con sus debidas excepciones, pareja, familia y amigos) me resulta una carga existencial. Hay mucho por comprender y poco tiempo en la paciencia.
¿Qué decir al ingenuo universitario que alguna vez fui? ¿Qué conocimientos dejar en prenda ante su presencia? La gratitud es un acto de rebeldía pedagógica y hacer de ella un hábito expande la imaginación. Las opiniones son accidentes, pirotecnia verbal, y estar claro de ello retrasa el enfado y la decepción hacia los demás. No es prudente confundir la ética con los méritos académicos. Toda comparación es una injusticia y un camino directo a la infelicidad.
El cansancio es el mejor momento en la toma de decisiones trascendentales, del descanso sólo se obtienen ideas amputadas. En las escuelas se conocen amores pasajeros, amistades indispensables y adversarios de poca monta. Fuera de estos recintos acecha la vida ordinaria, saturada de prejuicios y protocolos. Los pensamientos que nacen en la boca dañan a nuestros seres queridos y reducen nuestra capacidad de interacción con personas desconocidas.
Emitir o recibir promesas es resentimiento en reposo. Callar, desaparecer a tiempo, formular preguntas meditadas, no ocupar más espacio del que proyecte nuestra sombra y huir de interrogaciones impúdicas nos aleja un centímetro de la locura colectiva. Esto le diría al que alguna vez fui. Luego, mientras bebo una cerveza con mi yo del pasado, me despediría de mí anhelando un no reencuentro.
Enviaseló a tus amigos:
- Compartir en Threads (Se abre en una ventana nueva) Threads
- Compartir en Mastodon (Se abre en una ventana nueva) Mastodon
- Compartir en Bluesky (Se abre en una ventana nueva) Bluesky
- Más
- Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn
- Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X
- Haz clic en Pinterest (Se abre en una ventana nueva) Pinterest
- Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram
- Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp
- Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook
- Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico
Descubre más desde Masticadores
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.