miércoles, mayo 6 2026

LA DIENTUDA— By Victoria Santa Cruz Casartelli.

Esta historia es real…

Pasó hace unos años, en la época de las fiestas, víspera de Navidad. Mi abuelo Francisco volvía de un viaje, por la Ruta Nacional 8. Él era un tipo rudo, poco afecto a las bromas y las payasadas. Era alto, rubio, con unos ojos azules tan turquesas como el océano en un cálido día de enero, que no he vuelto a ver jamás, no sin Photoshop al menos. Delgado, tanto que su delgadez no deja siquiera imaginar la fuerza descomunal que ocultaba. Su carácter rudo, forjado por la dura vida del campo, le proporcionaba inmunidad al miedo. Era honesto, cabrón, pero a pesar de eso no era rencoroso. No era un tipo demostrativo, pero sí sincero tanto en su proceder como en sus palabras.
Y esta historia me la contó él, por eso creo que es verdad.

Esa noche de la que voy a hablarles, era tranquila, calurosa de verano. Hacía tres días que estaba fuera de su casa, ya que era camionero. La profesión de camionero tiene sus pros y contra. Por un lado, conocen muchos lugares, suelen recorrer no solo el país sino también países limítrofes. Pero por otro, sufren el desarraigo de su hogar, la soledad del camino, el sueño y el cansancio.
Y en estas condiciones de sueño y de cansancio, él venía conduciendo por la ruta 8. Sus compañeros y amigos le habían advertido que tuviera cuidado en esa ruta, ya se hablaba de una aparición.
En esta ruta existe una curva famosa por los accidentes y consecuentes muertes que provocaba. Se trata de una curva de casi 90 grados, que en esos tiempos no tenía señalizaciones de advertencia. Por lo tanto, para aquellas personas que no conocían la zona o viajaban de noche, era muy difícil darse cuenta de lo cerrada de dicha curva. Era llamada por todos como la “curva de Cargill” debido que ahí se encontraba el matadero de pollos Cargill.
Cuando mi abuelo iba pasándola, vio a una mujer caminando a la orilla de la ruta, por la banquina. Tenía puesto un vestido blanco, o tan vez un camisón, llevaba el cabello largo hasta la cintura, suelto y canoso. No podía verle el rostro. Intrigado, aceleró un poco para alcanzarla. Pero para su sorpresa, la mujer se mantuvo a un metro o dos delante de su camión. Si aceleraba, la mujer se apuraba. Si desaceleraba, ella también caminaba lentamente, como queriendo mantener la distancia entre ellos.
No sé cuánto se mantuvo así, pero fue por un largo rato, o eso le pareció a mi abuelo.
Cuando por fin pudo alcanzarla, observó que la mujer tenía la cara mirando hacia abajo. Parecía una anciana. Por un momento sintió compasión por ella. Pero cuando ella volteó su rostro para mirarlo también, el horror se apoderó de él.
Aquella anciana tenía el rostro parecido al de un demonio, delgada, con ojos rojos y brillantes, y con una mueca feroz dejó ver unos dientes muy grandes salidos de su boca, parecidos a los colmillos de un animal.
Con un grito ahogado, pisó el acelerador con fuerza, pero aquella mujer no aflojaba el paso. Ya se asomaba por la ventanilla del acompañante cuando las primeras luces de la ciudad comenzaron a aparecer.
Mi abuelo nunca supo qué fue, pero siguió acelerando, apurando el motor de su viejo camión Ford, con el corazón palpitando de miedo y ansiedad. Su vista iba del camino a la mujer que le gruñía, ya pronta a entrar en la cabina. Seguramente fue la cercanía de la ciudad, quizás la presencia de alguna iglesia, quizás solo se cansó de asustarlo, pero de pronto y para alivio de mi abuelo, la mujer demonio desapareció.
Asustado todavía por lo que había ocurrido, llegó a su casa. Allí lo esperaban familiares y amigos, que al verlo llegar en ese estado le preguntaron de inmediato qué le pasaba. Él les contó, todos lo escucharon con atención. Y cuando terminó de hablar, las burlas y carcajadas no se hicieron esperar. No era la reacción que mi abuelo esperaba, por supuesto, así que sintiéndose avergonzado, trato de olvidarse de ese feo suceso.
Luego de pasar lo que quedaba de la noche con sus amigos y familiares, brindando y comiendo un buen asado, se acostó y se quedó profundamente dormido. Al cabo de unas horas, se despertó, y vio en la penumbra de la noche a aquella mujer inclinada sobre él a punto de clavar sus afilados colmillos en su brazo derecho. Sus gritos de horror despertaron a toda la casa. Cuando los demás entraron en la habitación todavía gritaba y tiraba patadas y manotazos al aire.
Y, otra vez fue blanco de burlas y risas.
Muchos años después, él mismo me contó esta historia. Yo soy una de los pocos privilegiados que la oyeron de su propia boca, quizás porque tenía confianza en mí y sabía que no me burlaría. Pero cuando me lo contó, no pude dejar de advertir como se le erizaba la piel y cómo sus ojos se volvía un poco gris como el océano en un día de tormenta.
Nunca sabremos si fue la única vez que la vio. O si la dientuda fue una pesadilla recurrente, de la que no hablaba.
Yo, por las dudas, cuando paso por la curva de Cargill, me persigno y rezo un Padrenuestro.

Nota de la madre de Victoria, la pequeña que escribió está historia:

Mi hija escribió esta historia con apenas 13 añitos para una actividad escolar. Mi padre solía contarme lo que le había pasado esa noche de diciembre, cuando yo todavía no había nacido y mis dos hermanos eran chiquitos. Mi papá ansiaba tener nietos, pero se fue antes de que yo pudiera dárselas. Así que mi hija nunca conoció a su abuelo, pero a través de mí, aprendió de su vida y de su historia, y aprendió también a amarlo y admirarlo. Y pensó en él, cuando tuvo que escribir una historia de terror como tarea escolar.
Dedicado a la memoria de don Francisco, un padre fabuloso, que hubiera sido un abuelo extraordinario.
Viste papá, te llené la casa de risas de niños. Te amo.

Ilustraciones hechas por la mamá de la niña, mi amiga Mónica Alejandra Casartelli


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