Ojos de Mar por Manuel Sanchez

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Ojos de mar es un viaje a Rusia en diferentes épocas, una novela de búsqueda, donde la trama y la reflexión literaria avanzan en una misma corriente. He intentado situarla entre la intriga emocional y la reflexión sobre la memoria. La historia sigue a Iván, un cirujano español que viaja a Moscú con una obsesión muy concreta: entender qué ocurrió con su madre, Katya, que desapareció cuando él era niño. A partir de ahí, lo que podría parecer una investigación familiar se convierte en algo mucho más complejo, casi incómodo, donde cada respuesta abre nuevas dudas y el pasado empieza a tambalearse.

La novela no avanza de forma lineal, y eso no es casual. Está construida a base de recuerdos, saltos en el tiempo y conversaciones que poco a poco van encajando —o descolocando— las piezas. Moscú, la antigua Unión Soviética (he utilizado la denominación original en ruso CCCP) y la costa mediterránea (Altea) no son solo escenarios, sino estados emocionales: el frío, la dureza, la luz… todo acompaña lo que están viviendo los personajes. Iván no solo busca a su madre, en realidad está intentando entender quién es él mismo y qué parte de su historia es real.

Uno de los puntos que he querido destacar en el libro es el vínculo entre la identidad y la memoria. La figura de Katya es clave, pero nunca es del todo clara: aparece a través de otros, de recuerdos, de versiones. Y ahí está el juego: lo que creemos saber no siempre es lo que ocurrió. La relación con Anastasia, su hermana gemela, añade todavía más tensión, hasta llegar a un desenlace que no busca sorprender por el giro, sino por lo que implica emocionalmente.

En el estilo literario sigo las pautas de mis otras novelas, con una mezcla entre lo sensorial y lo introspectivo. Hay momentos visuales —el frío de Moscú, el hielo, el vodka, la luz del Mediterráneo— que contrastan con otros más reflexivos, casi de monólogo interior. No es una novela de acción, sino de atmósfera y de personaje, donde importa más lo que se siente que lo que ocurre.

En el trasfondo, Ojos de mar habla de cosas bastante universales: la familia, el amor mal entendido, las decisiones tomadas por miedo o necesidad, la forma en que el pasado nos persigue, aunque intentemos dejarlo atrás. También toca temas más complejos, como la violencia o la dependencia emocional, pero sin caer en lo explícito, sino integrándolo en la historia de los personajes.

El título encaja bien con todo esto. Los “ojos de mar” no son solo un rasgo físico de la protagonista, sino una imagen que se repite: algo profundo, cambiante, difícil de descifrar. Como la propia novela, que no da respuestas fáciles, pero plantea una sensación al terminarla: hay historias que no se entienden del todo, pero aun así necesitamos escucharlas.

Capítulo I

Moscú, Rusia
Enero 2025 d. C.

A través del ventanal de la cafetería, observo con resignación cómo los copos de nieve se amontonan sobre la alfombra helada que cubre de blanco las calles moscovitas. Aquí, dentro del local, al calor de una estufa de gas, mojo los labios y bebo un sorbo de vodka con desasosiego; quema la garganta mientras siento cómo desciende, lacera el pecho y alcanza lentamente el fondo del estómago. No ceso de preguntarme qué me trajo a esta ciudad, tan lejana de mi hogar, donde el sol acaricia las aguas del Mediterráneo y no la nieve en el asfalto.

Es una tarde invernal grisácea, inhóspita por el frío y el ulular del viento. Apenas hay tráfico en las calles; sombras esquimales deambulan por las aceras, como si la gente se desvaneciera en la ventisca. Chasqueo los dientes y ladeo la cabeza, negando lo que la conciencia aviva con un aguijón, espoleándome desde hace meses. Es como si un oso cavernario hubiera despertado de su letargo: una llamada latente, olvidada durante veinticinco años, que enciende en mí una hoguera imposible de contener. Necesito respuestas. Probablemente este viaje no tenga sentido; ha pasado una eternidad desde que ella nos abandonó.

«Ella, Katya, mi madre».

No recuerdo con nitidez su rostro; solo quedan retazos en mi memoria. Yo era un niño. Dicen que ocurrió cuando tenía diez años. Si cierro los ojos, puedo evocar sensaciones: el calor de sus abrazos, el susurro melódico de su voz mientras, cada noche, narraba cuentos infantiles rusos junto a mi cama.
Nunca comprendí qué sucedió. No se despidió. Mi padre, parco en palabras, un día me informó de que ella se había marchado. Ella, su esposa. Mi madre. La mujer rubia de rostro redondo como una hogaza de pan. Aquellos ojos verde mar que con manos tibias me arropaban al caer el sol. Recuerdo las palabras de mi padre, entrecortadas, casi ininteligibles. Ella había zarpado en un viaje sin retorno, engañada por un amante que, tiempo después, acabaría con su vida. Qué ironía. Un amor tan frágil como la hojarasca reseca, cuarteada sobre la dureza de la tierra.

Mi progenitor afirmaba que la de mi madre fue una vida estrangulada por el deseo. Y, sin embargo, no me resigno. Necesito respuestas. He esperado demasiado tiempo en la oscuridad. Tengo miedo de conocer la verdad, de confirmar lo que el pensamiento martillea en mi cabeza una y otra vez. Pero, aun así, quiero que esa sentencia provenga de la única persona que realmente la conoció. El único ser humano que estuvo lo bastante ligado a ella como para revelarme ese interior oculto que no soy capaz de vislumbrar. Por eso estoy aquí, en esta ciudad de nieve. Persiguiendo una quimera.

—¿Le sirvo otro vodka, amigo? La tormenta no amainará en un buen rato.

El camarero rellena mi vaso sin esperar respuesta. Estamos solos en este garito. Es un hombre enjuto, de elevada estatura, con barba grisácea y sucia, y cabellos ralos pegados a las sienes. Sus ojos hundidos se clavan en los míos con desdén. Sin embargo, cuando levanta la vista, su atención se centra en un ejemplar de El País, el mismo que me entregaron en el avión y que ahora reposa sobre la mesa, aún marcado en la esquina por una tarjeta de embarque. Me incomoda recordar que ahí, en letras mayúsculas, aparece mi nombre: Iván Morales.

El barman se muerde el labio. En su semblante asoman, una tras otra, la sorpresa, la duda y, finalmente, la ansiedad de la curiosidad. Un impulso lo arrastra a un acto inconcebible en un ruso: hablar con un extraño.

—¿Es usted español?

El estupor se dibuja en su rostro. Sonrío para mis adentros. Mis rasgos asiáticos, herencia de un padre de ascendencia filipina, confundirían a cualquiera. No se parecen en nada a los de un nativo de la península ibérica. Ni siquiera mis ojos verde mar, legado materno, delatarían el menor parentesco con los hijos de la piel de toro.

—Sí, lo soy.

El camarero traga saliva. Sus iris vuelan intrigados entre mi rostro y la portada del periódico.

—Yo trabajé varios años en España. Un país maravilloso. Estuve primero en Barcelona y luego en Madrid. En un restaurante ruso junto a la Plaza de la Paja, en el barrio de los Austrias. ¿Lo conoce?
Asiento con satisfacción.

—Sí, es un buen sitio. Un clásico de la zona. Se come bien.

Su expresión se ilumina con deleite. Por un instante, esos ojos hundidos parecen despertar ante un vínculo inesperado.

—Me alegro. Fueron buenos años. Añoro aquellos días. La gente es tan diferente a la de aquí, en Rusia…

Percibo un matiz amargo en su voz. Su mirada vuelve a los titulares del periódico.

—¿Me permite el diario? Hace tanto tiempo que no leo en español.

—Por supuesto, quédese con él. Ya lo he terminado y será un placer.

El camarero toma el ejemplar con fingida seriedad, aunque el nerviosismo y la fascinación en sus ojos lo traicionan. En realidad, está tan embelesado como si hubiera encontrado un tesoro enterrado en una isla caribeña.

—¿Puedo preguntarle por qué regresó?

Su respuesta se limita a un encogimiento de hombros, incómodo ante la pregunta. Los lugareños, a diferencia de los españoles, no son dados a las confesiones ante extraños. Ante la evasiva, me sondea de nuevo.

—¿Se quedará mucho tiempo en Moscú?

Titubeo antes de responder. Su curiosidad me recuerda a la clásica indagación de los agentes camuflados de la KGB en las películas. Desvío la mirada hacia la calle. La tormenta ha cesado; la vida retorna poco a poco a las aceras.

—Unos días. Soy médico cirujano. He venido a un congreso internacional.

Él asiente con un gesto amable y hojea las páginas del periódico hasta detenerse, entusiasmado, en la sección de deportes. El resultado del clásico entre el Real Madrid y el Barcelona captura su atención, y por unos segundos el silencio reina en el local. Luego carraspea y sonríe, dejando ver unos dientes estropeados por la nicotina y el café.

—Aunque su acento es intenso, habla usted ruso con bastante corrección para ser extranjero.

—Mi madre era rusa. Lo aprendí de niño, aunque hacía tiempo que no lo practicaba.

Una risa estruendosa inunda la sala. Mi anfitrión eleva la botella de vodka en el aire, como si blandiera un trofeo.

—No hay mujeres en el mundo como las hijas de la madre Rusia. ¿Verdad?

Levanto mi vaso y asiento con un ademán afirmativo.

—Sí, es cierto. Al menos, eso dicen en todas partes.

Sus ojos centellean de nuevo, como si con mi respuesta hubiera descubierto el Santo Grial. Con el periódico bajo el brazo, el camarero se aleja ufano tras la barra.

Las calles parecen transitables. Me calzo de nuevo la ropa de abrigo, que más bien emula un traje polar, y me despido de él. Ha llegado la hora de enfrentarme a la verdadera razón por la que estoy aquí.

@Manuel Sánchez

Novela: Ojos de Mar
Autor: Manuel Sánchez
http://www.manuelsanchezescritor.com


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