lunes, septiembre 14 2026

GUANTES Y BOFETONES by Anabel García

Hay herencias curiosas, no sólo ligadas a un apellido, a una casa, a un título o un color de ojos transmitidos de generación en generación. A veces son objetos, pequeños, insignificantes y rutinarios que estuvieron a punto de perderse varias veces a lo largo del tiempo, tras una mudanza, una muerte, un nacimiento, tras un robo, un regalo, desde un nombre a otro. Son supervivientes de los viajes que transcurrieron de mano en mano y que empezaron, en este caso, después de unos bofetones intercambiados un amanecer de diciembre bajo una nevada abundante. Esta reliquia se resume en un par guantes de cuero negro, ahora manoseados, brillantes, con los bordes desgastados que llevo puestos y que fueron estrenados por lo que podría llamar mi antepasado. Se llamaba Laurent, un joven dragón del ejército francés, bajo la mirada ausente de Napoleón y con exceso de clarete en sus venas aquel día. Noto a la perfección como el cuero se adaptó a sus nudillos mientras sujetaba las riendas de su yegua, percibo el tacto rasposo de la cara de su oponente cuando le abofeteó con el guante izquierdo. Huelo el inicio del día, húmedo y pálido, cuando ambos se amenazaron con sus espadas y el estúpido duelo se empapó con el sabor salado de su sangre. Su amante se quedó con sus guantes en triste recuerdo, pero el tiempo y el hambre son enemigos, así que sin cumplir el año acabaron en una casa de empeños entre un jarrón, con un dibujo de un pavo real, y un juego de cubertería de plata ennegrecida. No pasaron mucho tiempo detrás del escaparate translúcido, de churretones de lluvia, una joven se encaprichó de ellos y los compró a un precio irrisorio. Durante una época le gustó vestirse de hombre y mezclarse con las altas horas de la madrugada. Entonces los usaba, aunque le quedaran un poco anchos. Se llenaron de humo, de huellas pegajosas y de tinta negra de pasar hojas de periódicos atrasados. Después de unos años los envolvió dentro de un pañuelo de seda y se los regaló a los dedos largos y anchos de su padre. La forma de los guantes, y la artritis, recolocaban sus falanges como una carraca de cinco extremidades. Un chiquillo se los robó una tarde de primavera cuando paseaba por los jardines de Luxemburgo, en realidad, su intención había sido otra, pero al no encontrar monedas sus manitas se escondieron a gusto entre aquellos guantes. Curiosamente les cogió cariño y los guardó hasta que por fin sus manos crecieron lo suficiente para llenarlos, pero en una de esas ocasiones los sacó de paseo, asomando de los bolsillos traseros de sus pantalones, y por culpa de una carrera inesperada los perdió en medio del ajetreo de la calle. Un perro callejero entonces los mordisqueó, pequeños pellizcos en la piel, pero no muchos, lo justo para llenarlo de babas antes de que un comerciante de telas se diera cuenta y se los quitará. Los tuvo dentro de un cajón durante mucho tiempo hasta que aquel sobrino suyo que cotilleaba por todos lados, y le abría armarios y cajas para no aburrirse, los descubrió emparedados entre servilletas. – ¿Me los das? Son muy bonitos. Cuando empezó a trabajar en la botica se los ponía, aún me llega el olor a hierbas aromática y limpieza al entrar, el reflejo de la luz del sol sobre la mesa en la que atendían a los clientes. Se le ajustaban a la perfección y le hacían sentirse serio y elegante. Por aquel entonces estaba enamorado de una chica que vivía en su calle, a pesar de los saludos y las conversaciones breves no se había atrevido a decirle nada más, sólo agitaba los guantes entre sus manos como un abanico decaído y paseaba una carta, sin sobre, donde le había escrito unos versos. El día que vio a Rebeca rodeada de maletas, junto a su familia, despidiéndose de los conocidos antes de coger un tren a un lugar incierto se acercó corriendo a ella con la excusa de que se le habían caído sus guantes, y le dio los suyos a cambio con su poema de papel enrollado dentro de uno de ellos. Huelo el té, siento el calor de aquellas tardes en que la hermana de Rebeca los usaba para coger el mango caliente de la tetera. Siento el crujido de las cartas cuando Rebeca los usaba, e iba rápida a correos con la esperanza de mantener correspondencia con aquel aprendiz de boticario poeta. Saboreó el regaliz, el sabor picante del caramelo que estaba chupando el hombre cuando Rebeca apareció de improvisto en la botica, con un dolor inventado, antes de levantar la mirada y proponerle quedarse los dos allí para siempre. Los años volvieron a transcurrir y un domingo el ya boticario con un bigote espeso, olvidó los guantes encima de la mesa del bistró donde estaba tomado un café. No sé si volvió para recuperarlos, puede que ni se acordará si había sido en la floristería o en la panadería, pero en su lugar apareció un soldado desgarbado muy alto y delgado con el uniforme muy justo en sus muñecas. Hacía pocas horas que se había alistado y aún temblaba de miedo y excitación. Encontrar los guantes de aspecto tan señorial le dio un buen palpito y recogió el testigo antes de volver a casa y anunciar a su familia que se iba a la guerra. Por extraño que parezca no se los llevó, se los dio a su hermano pequeño Édouard, como una especie de promesa que cumplió a medias. En ese tiempo en cambio el chiquillo prefirió transformarlos en parte esencial de su atuendo, o el de Marguerite, su ayudante-vecina en sus actuaciones de magia. Los abracadabras sonaban con más fuerza, los giros de muñeca ganaban soltura elegante, las cabriolas por el patio arrancaban aplausos entre el público infantil que pedía un truco tras otro, aunque tuvieran que repetir los pases. Cuando el trabajo escaseó se mudaron a una casa más apretada y Édouard guardó sus juegos, varita y atuendo de mago hasta que el tiempo los llenó de olvido dentro de una caja. Pero los guantes fueron pacientes. Édouard se transformó en mi abuelo y cuando me pidió que era hora de tirar cosas viejas, y muebles envueltos en polvo, los encontré dormidos dentro de una bufanda a cuadros. Parecían estar a punto de salir corriendo después de desentumecerse. Espías recién descubiertos que estaban considerando si seguir manteniendo la postura del muerto o saltar por la ventana. En seguida los probé, un torbellino de sensaciones y palabras encadenadas se zambulleron en mis sentidos. Mis guantes nuevos, porque ya son míos, a pesar de las arrugas suaves y finas de su piel, empezaron a aprenderse mi nombre y a recitarme los anteriores. Y ahora los luzco como una gata con uñas nuevas, exagerando los gestos al señalar uno u otro boceto antes de inaugurar la exposición. Soy una diva en ciernes, engatusando a todo el que me estrecha la mano. Porque son todo opciones, historias que se rozan, que se añaden y se van acumulando en la substancia de los guantes. Es un juego mágico que nos atrapa, que se heredan y escriben dentro de un libro lleno de capítulos sin fin.


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