La primera vez que escuché acerca de la existencia de Sergio del Molino fue en un pasaje de la canción Libreros del grupo de rap Los Chikos del Maíz. En la misma rimaban «Un pequeño burgués de prosa barata» con «Sergio del Molino es un puto cuñado y una rata». En una entrevista posterior el dúo de perdonavidas calificaba su prosa de cipotuda y equidistante, sin mencionar que, en un acto de solidaridad loable, uno de los dos raperos comparte editorial con autores linchados en la letra anteriormente citada. Poco después supe de la experiencia de un alumno de del Molino en sus talleres de escritura en Fuentetaja. No recuerdo cuál era su parecer, seguramente más cariñoso. Últimamente una retahíla de compañeros ha alabado con fervor su vertiente como novelista calificándola de brillante y gruesa, mientras que otra facción despotricaba contra su faceta de articulista de cabecera y provocador en El País. Tenía preparado un sesudo y prejuicioso «Molino no muevas agua pasada» antes de leer una columna estival acerca de la contaminación en las ciudades, del cual me tuve que retractar al descubrir que comulgaba con varios de sus planteamiento. Lo que quedaba patente es que del Molino es un tipo que no da lugar indiferente. Así decidí despejar la incógnita y aceptar un riesgo que no se corre cuando uno lee a Cervantes, Orwell o Hemingway.
Me he estrenado con Un tal González, una biografía novelada sobre la figura de Felipe González. Es imposible vivir en España y no haber tejido un vínculo emocional con el presidente que más tiempo ha encabezado el gobierno. En mi caso viene legado en una suerte de admiración. Mi familia no necesitaba carnés para practicar un fervor que traspasaba la divinidad. De esas raíces surgió un adolescente que tenía colgado un puño y una rosa de papel sobre la pared de su cuarto y que le pedía a su madre ir a los mítines socialistas cuando mis compañeros negociaban con las suyas regresar a casa después de medianoche. Por suerte maduré y me aficioné a otros circos más divertidos y honestos.
Dice un amigo superfluo que conocer el argumento de una obra no resta ni un ápice de valor a su lectura. Eso mismo sucede con Un tal González, que, a pesar de introducirse en recovecos menos notorios de la biografía del clandestino Isidoro, traza un relato lineal más o menos conocido. Relajado por la compresión de la trama principal, uno puede centrarse en contemplar el estilo. En un primer instante me deslumbró la prosa de del Molino, cimentada con frases demoledoras que resultan una sucesión de hachazos certeros y enriquecida con enjundia lírica y referencias literarias. En especial a las obras de Galdós y Shakespeare. También llama la atención la reconstrucción de los diálogos de los protagonistas, que sin ser fidedignos por cuestiones de logística y celo, pasan por verosímiles.
La estructura de Un tal González alterna capítulos puramente biográficos y otros pasajes llamados aproximaciones, donde del Molino introduce vivencias en primera persona que involucran a González. No seré yo tan hipócrita como para despotricar contra la inclusión del narrador en el argumento —para muestra este texto y que probablemente lo único que haya escrito en tercera persona haya sido «Mi mama me mima»—, pero algunos de estos pasajes denotan una innecesaria ansia de protagonismo y se antojan un tanto forzados.
Pasada la primera parte de Un tal González, probablemente la que hace referencia a finales de los ochenta, cambió mi parecer. Aunque se mantiene la agilidad y la fluidez de la prosa, la obra va menguando su carga lírica y se torna en un mamotreto más cercano a lo esperable de un artículo de la Wikipedia. Cosa que en mi caso agradecí. Puede ser que se hubiera desvanecido el factor sorpresa, puede que del Molino se hubiera desfondado en tan ambiciosa empresa o, en un astuto movimiento, que escogiera un tono más luminoso en los años felices del felipismo y adoptara uno más tosco para su ocaso.
Respecto a la figura de Felipe González se citan varios aspectos que me han hecho cavilar. El primero es el enorme paralelismo que existe entre el movimiento que encabezaron González y Guerra para desbancar a los socialistas en el exilio, Suresnes mediante, y el que ha llevado a cabo Pedro Sánchez para refundar el partido. Es imposible no imaginarse a Felipe González mirándose al espejo y encontrándose allí al viejo Rodolfo Llopis reprochándole «te dije que lo que me hiciste también te iba a pasar». También los intentos que encabezaron primero Fraga y después Suárez para formar un sistema bipartidista, rechazados por González, como así sucedería durante un gran periodo desde la transición. Aquellos tejemanejes, junto a otros miles conocidos o sospechados, hacen muy difícil que cualquiera con dos dedos de frente pueda creer en esta democracia o, como es mi caso, pensar que la democracia liberal es una suerte de programa televisivo donde pase lo que pase siempre has de apoyar a tu equipo y machacar al rival. Me parece bastante destacable que Del Molino, siendo articulista de El País, no tenga ningún tapujo a la hora de atestiguar el compadreo entre el grupo Prisa y el PSOE. Pero probablemente la trama que más interés me ha despertado ha sido la dedicada a los GAL. Un tal González recuerda que al primer gobierno socialista le fue exigido por la sociedad, dirigida por la pluma de Umbral y Pedro J. Ramírez, utilizar toda la fuerza del Estado para derribar a ETA. La misma sociedad, dirigida por las plumas de los mismos sicarios, diez años después, se avergonzaba y criticaba que el Gobierno hubiera organizado a un grupo terrorista de chichinabo para acabar con ETA. No se trata de justificar lo injustificable, sino de entender lo que sucedió y ahí del Molino no pierde ocasión para remarcarlo más adelante y señalar la hipocresía reinante y la moral de rebaño con los pastores armados de plumas en vez de cayados.
No obstante, he de confesar que el final de Un tal González me ha decepcionado. No por lo sabido —Felipe y su gabinete estaba más quemado que la pipa de un indio por la corrupción, el antiterrorismo y el agotamiento—, sino por el intento de justificar la escritura de la obra. Allí del Molino, cargado de razón, reivindica la figura de aquellos que hicieron posible la transformación de un país tercermundista que vivía en dictadura y aislado del mundo hasta introducirlo en Europa y dotar a sus ciudadanos de una cota de derechos y libertades que jamás habían soñado. En solo una década, a base de determinación y una intuición prodigiosa. Además de la triquiñuela de la motivación por escribir, innecesaria y reiterativa, he leído mucha complacencia respecto a la visión del modelo económico y social del país que legó Felipe. Y del sistema que implantaron y disfrutamos. Intuyo que se debe a la buena posición del autor, la cual celebro, pero cuya visión discrepo profundamente.
Era cierto. En la obra de Sergio del Molino no cabe la indiferencia, porque el riesgo y la autenticidad no fue concebida para el pusilánime. Amenazo con repetir.
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