Detrás del discurso utópico de progreso y abundancia con el que Silicon Valley promociona la inteligencia artificial, se oculta una ideología radical y profundamente antidemocrática. Lejos de ser meros emprendedores visionarios, los magnates que manejan los hilos de la IA —figuras como Peter Thiel, Elon Musk, Sam Altman y Marc Andreessen— están erigiendo una arquitectura autoritaria orientada a privatizar lo público, concentrar el poder absoluto y desmantelar las instituciones democráticas. Como advirtió el propio Joe Biden al denunciar la amenaza existencial de un emergente «complejo tecnológico-industrial», una oligarquía de riqueza e influencia extremas busca someter el futuro político a los dictados del capital corporativo.
El cimiento ideológico de este movimiento no es un secreto: lleva décadas gestándose en las sombras. Su piedra angular es el manifiesto futurista El individuo soberano (1997), obra que moldeó decisivamente el pensamiento de Peter Thiel. Fue el propio Thiel quien, en 2009, proclamó abiertamente: «Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles». A partir de esta premisa, el cofundador de PayPal y Palantir ha financiado y nutrido una red de ideólogos neorreaccionarios. Entre ellos destaca Curtis Yarvin (Mencius Moldbug), un pensador que aboga abiertamente por sustituir los gobiernos democráticos por dictaduras corporativas dirigidas por un «director ejecutivo-dictador», mediante una purga masiva de empleados públicos a través del programa RAGE.
Con el auge de los modelos de lenguaje y la carrera encarnizada por la inteligencia artificial general (IAG), este extremismo se ha perfeccionado bajo la envoltura de las ideologías TESCREAL —que abarcan el transhumanismo, el extropianismo, el aceleracionismo eficaz (e/acc) y el largoplacismo—. Formuladas por multimillonarios de Silicon Valley, estas doctrinas funcionan como una fe sectaria que venera a una «superinteligencia» divina y justifica el sacrificio de las poblaciones presentes en aras de hipotéticas civilizaciones futuras. Marc Andreessen, en su Manifiesto del tecnooptimista, llegó a canonizar al filósofo neofascista Nick Land y a citar al futurista fascista Filippo Tommaso Marinetti para ensalzar la violencia tecnológica y el apetito insaciable de la «máquina tecnocapitalista».
La toma de control del aparato estatal ya no es una hipótesis de ciencia ficción, sino una realidad operativa. Bajo el denominado Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), Elon Musk empleó su chatbot de IA, Grok, para examinar datos gubernamentales confidenciales y eliminar cientos de miles de puestos de trabajo federales con regocijo sociópata. Paralelamente, Palantir —la empresa de vigilancia de datos de Thiel— ha obtenido contratos multimillonarios para dotar a agencias de inmigración, como el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), de software de rastreo e integrar plataformas de inteligencia artificial en el ejército de Estados Unidos.
Por su parte, Sam Altman transformó OpenAI de una entidad sin ánimo de lucro en una maquinaria comercial opaca de 500.000 millones de dólares, sellando alianzas masivas como el proyecto Stargate para expandir infraestructuras de IA, al tiempo que sus propios directivos admiten fríamente que la automatización destruirá millones de empleos de oficina.
El horizonte hacia el que conduce esta carrera no es la prosperidad compartida, sino un «tecnofeudalismo» fragmentado. Balaji Srinivasan, antiguo socio de a16z y aliado de Thiel, expone abiertamente el plan del «Estado en red»: abandonar los Estados nación y sustituir la ciudadanía democrática por micronaciones privatizadas, regidas por corporaciones y protegidas mediante criptomonedas y drones de vigilancia. En este diseño distópico, la llamada «élite cognitiva» habitará enclaves protegidos e inmunes a las leyes y los impuestos, mientras las masas menos cualificadas quedarán subordinadas como meros suministradores de datos o mano de obra prescindible.
El «Reich de los nerds» representa la metamorfosis definitiva del capital riesgo en una máquina de captura política. Financiando candidatos dóciles como JD Vance —creación política e inversora directa de Thiel— e inyectando cientos de millones de dólares en comités de acción política (PAC) favorables a la IA y a las criptomonedas, los magnates tecnológicos han colonizado el Estado en lugar de limitarse a competir con él.
Si la ciudadanía no reacciona ante esta concentración desmedida de poder privatizado, la democracia liberal será completamente sustituida por una autocracia algorítmica en la que el silicio y la codicia dicten el destino de la humanidad.
Basado en la lectura de EL REICH DE LOS NERDS: El fascismo de Silicon Valley y la guerra contra la democracia de GULLE DEON
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