Salí de la ducha
con el pelo empapado
y la certeza de que hoy
iba a cambiar algo.
Busqué a Felicidad
entre las toallas,
en el espejo empañado,
en el fondo del té que dejé enfriar.
Pero no estaba.
En su lugar,
me encontré con ellas:
Pereza, apoyada en mi hombro,
y Procrastinación,
jugando con el reloj.
No dijeron nada.
No hace falta.
Se quedaron ahí,
silenciosas,
haciendo que el día se deslizara
por la rendija del tiempo.
La lista de tareas esperó,
los sueños también.
Todo quedó para luego,
para mañana,
para nunca.
Pero sé cómo ganarlas.
Porque Felicidad
no toca la puerta,
pero se asoma
cuando decides abrirla.
Así que hoy,
sin avisar,
me levanto.
Y las dos
se quedan sin palabras.
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