Aunque las familias perfectas no existen, por una cuestión meramente conceptual, la nimiedad de nuestra perspectiva nos carga de razones para pensar que la familia que nos ha caído en suerte sea probablemente la mejor de todas. En esa tesitura y en forma de relatos, Mayte Blasco articula un universo propio con la parentela como contexto. Repitiendo fórmula con la editorial Niña Loba, La mejor familia del mundo reivindica la imperfección de la realidad cotidiana para forjar un género propio, que aun las restricciones de los conceptos, roza la excelencia.
Nada más abrir La mejor familia del mundo se me antojó que su lectura me retrotraía a Jaulas de hormigón, el primer muestrario de Mayte y finalista del Premio Setenil 2022, como si estuviera retomando una conversación pasada con un viejo colega en la barra de un bar. Intuyo que esta sensación viene motivada por el sólido estilo de la autora, de escritura fluida que se suele detener no solo en los sentimientos y pensamientos de sus personajes cercanos, sino también, y lo que particularmente más me cautiva, en sus sensaciones físicas, tales como cosquilleos, punzadas o el manar de las fuentes corporales.
Abre el muestrario Matar al padre, un texto que plantea el desdoblamiento del progenitor protagonista, el cual se destaca por el potente uso de la segunda persona. Otra historia que, dada mi situación de padre primerizo, me ha embelesado es Puñados de tierra. En la misma Mayte juega de forma perspicaz con el lector, dejando a este que vaya maquinando una hipótesis ficticia, para descolgarse con un final que discurre por los cauces de la realidad. Esos recursos de autor de talla son recurrentes en La mejor familia del mundo.
La encrucijada que supone la reproducción, la monotonía que sume a las relaciones convencionales y las batallas de baja intensidad entre padres e hijos son algunos de los temas que comprenden el relatario. A destacar el acierto de Mayte en generar puentes y túneles entre los textos, incluso continuaciones como supone Las primas — sutil crítica al mercado literario incluida— respecto al relato inicial o, uno de mis preferidos, El globo, con un sorprendente poder simbólico del aerostato en forma de Elsa de Frozen, que de nuevo interpela a quien escribe. Eso de interpelar, otro de los fuertes de La mejor familia del mundo, es tan constante como el uso de los puntos o las comas.
Sin duda el texto que más he disfrutado es el último, Sin previo aviso, pues verbaliza la aplicación de las artes pesqueras en las relaciones sentimentales. Puede resultar una afirmación críptica, como para hacerme el interesante, pero se trata de una sincera invitación a leer La mejor familia del mundo, deseando, en mi caso, que no se demore una tercera quedada con Mayte Blasco y su forma tan distinguida de ficcionar la imperfección.
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