lunes, junio 8 2026

TRAUMNOVELLE: EYES WIDE SHUT by Jesús Marchante Collado

La fotografía superior retrata a un Arthur Schnitzler todavía joven, hacia el año 1910-1912. Su mirada trasluce seguridad y una cierta tranquilidad.

La imagen inferior, pertenece a la famosa escena del ritual sexual de la película de Stanley Kubrick Eyes Wide Shut, cuya potencia visual y plástica son muy fuertes.

Sucede porque sí; aunque, si soy sincero, tengo que decir que es mi hija la que me hace caer en la cuenta. Me hace gracia saber que, desde hace algún tiempo, comienzo a leer textos que mi hija se está leyendo. Sucede con un libro que hace muchos años que anda perdido por mi biblioteca. Cuando ella me dice que ha comenzado a leerlo, entonces decido buscarlo y acometer yo mismo su lectura. No son pocos los libros que llenan mis dos grandes librerías que conforman de manera precisa el espacio de mi dormitorio. Llegaron hasta mí hace ya unos cuantos años; y llegaron desde un sitio algo singular, en las afueras de Londres: concretamente desde una población mundialmente conocida por celebrarse allí un más que centenario torneo de tenis sobre hierba. Las lectoras y los lectores habrán adivinado ya a qué lugar me estoy refiriendo. Sí, efectivamente me estoy refiriendo a Wimbledon. Allí encontré – lógicamente a través de Internet – esas dos magníficas librerías que me acompañan desde hace algunos años. Duermo la mar de bien, entre esas montañas de libros que están sobre los anaqueles de mi biblioteca; no obstante, hay muchos más en otras zonas de mi apartamento. Sim embargo, estas dos librerías de nogal, de los años cincuenta del siglo veinte, tienen algo de especial.

Pero volvamos al principio, a esa causalidad que provoca que busque con ansiedad ese libro que anda perdido en alguno de los anaqueles de esas dos librerías. Se trata de una novela corta del médico, escritor y dramaturgo vienés, Arthur Schnitzler. El título original en alemán es Traumnovelle, traducida al castellano como Relato soñado. Cuando la encuentro, me aguarda una agradable sorpresa. Miro enseguida el año de la publicación, que es el de 1999. La sorpresa consiste en que entre las páginas de la novela encuentro el folleto de la película de Stanley Kubrick Eyes Wide Shut, que casi nunca se ha llegado a traducir al castellano, debido a que ésta entraría de lleno en un oxímoron brutal. Sería algo así como Ojos abiertos completamente cerrados, que no tiene ningún sentido; o quizás, sí, si pensamos muy detenidamente en la novela de Schnitzler. En cualquier caso, al contrario de lo que suele acontecer en todos los demás folletos cinematográficos, el título de la película de Kubrick nunca será traducido.

Ahora, cuando extraigo ese folleto del libro de Schnitzler, veo que fue estrenada el 17-9-1999, algunos meses después del repentino fallecimiento del director de origen norteamericano, cuyo testamento cinematográfico sería esa película. Compruebo que fue estrenada, simultáneamente, en dos cines de Madrid, que yo conocía bien. Hace muchos años que ambos desaparecieron de la retícula de la ciudad: como la gran mayoría de los cines. Esas dos salas cinematográficas se llamaban: “Cines Luna” y “Cine California”, respectivamente; este último fue sede de la Filmoteca Nacional durante un cierto período. En mi cabeza no tenía muy claro del todo en que cine en concreto había acudido yo a visionar la película. Ahora que estoy viendo ese viejo folleto, que se ha conservado impoluto dentro de las páginas de Traumnovelle, puedo afirmar con cierta rotundidad que fui a verla a los “Cines Luna”. Y sé que fui a verla a esos cines, porque eran mucho más modernos que el viejo “California”, que era una especie de bodega de barco, que se había quedado algo obsoleto. En mi recuerdo, aparece claramente cómo bajo las escaleras que daban acceso a una de las salas de los “Cines Luna”, donde ponían la citada película.

He visto Eyes Wide Shut, desde entonces, infinidad de veces; tal vez, podría afirmar, sin temor a equivocarme, que más de veinte. Primero, en aquellos cines, al menos en tres o cuatro ocasiones. Después, cuando apareció la tecnología de los dvd, ya que en los pocos cines que fueron quedando, jamás se volvería a reponer esa película, ni muchas otras, el resto de las veces que hacen que la cifra llegue a esas más de veinte visualizaciones, tiene que ver con haberla visto en la pantalla de mi televisor. De hecho, hace algunas semanas, volví a verla.

Sin embargo, aunque compré el libro de la edición de “El Acantilado”, que es la que poseo, con una magnífica traducción de un nonagenario Miguel Sáenz, que tan magníficamente ha traducido a Kafka, por aquellas fechas, ya que el libro se acabó de imprimir en junio de aquel mismo año en el que estrenaron la película de Kubrick, nunca llegué a hincarle el diente. Ni siquiera, cuando la película me dejó completamente impactado después de haberla visto en diversas ocasiones. Recuerdo que, incluso, algún amigo de aquellos años ya perdidos, criticaba la película, poniéndola en contraposición con la novela de Schitzler. Después, volveremos sobre este y otros asuntos. Ahora, me interesa reseñar que la ansiedad da paso a una más que blanda tranquilidad cuando extraigo el ejemplar de uno de los anaqueles de esas dos librerías que vigilan cada noche para que mi sueño no sea perturbado.

Decía que es mi hija quien hace que, por fin, decida leer la obra del viejo médico, dramaturgo y escritor llamado Arthur Schnitzler. Comenzaré diciendo, que es un tipo por el que siempre he sentido mucha simpatía. A pesar de que, hasta el día en el que decido leer Traumnovelle, solamente había leído su famosa autobiografía Juventud en Viena. No obstante, he leído textos en los que se cita a este escritor; también he leído bastante sobre la Viena de Freud y del propio Schnitzler; o sobre la Viena de Gustav Mahler, Gustav Klimt, Egon Schiele, Adolf Loos o Otto Wagner; y por supuesto, sobre el movimiento que se llamó Secesión vienesa, por lo que entiendo muy bien el mundo que trata de describir Schnitzler en su Traumnovelle, o Relato soñado. Además, mi simpatía creció aún más cuando supe que llegó, al final de su vida, a cartearse con Sigmund Freud, y que éste nunca se atrevió a encontrarse con él porque, en cierto modo, le intimidaba. Admiraba sus obras y consideraba que se le había anticipado en sus estudios sobre el inconsciente. No se puede olvidar que los dos eran médicos y habían pasado por el Hospital General de Viena; además, Schnitzler, en ese hospital, fue asistente del psiquiatra Meynert, que fue uno de los maestros de Freud.

Pero mi admiración se hizo definitiva cuando leí algo que él escribió en su edad ya madura, después de haber sido un “devorador de mujeres”, en aquella Viena de Fin de siècle, donde la burguesía y los artistas que la representaban, se consideraban casi inmortales. Schnitzler llega a escribir lo siguiente: “El sexo sin amor, no es sexo”; frase que saco de vez en cuando, sobre todo contra los que son contrarios al amor. Por supuesto, sin ocultar nunca la referencia de esa genial frase, casi lapidaria. Lo que siempre me ha sorprendido, es que un “libertino” y “mujeriego”, como él, llegara a afirmar con tanta rotundidad lo que acabo de decir.

Pero volvamos al hecho en sí; esto es, a lo que me produce la lectura de esta novela corta que, casualmente, este año cumple los cien años de su aparición, por vez primera, en la prestigiosa editorial berlinesa S. Fischer Verlag.

El relato comienza de un modo que aparentemente parece algo insulso, y que me hace pensar que no me va a producir una gran impresión. Sin embargo, a medida que voy pasando las páginas, esa primera impresión se desvanece por completo. La capacidad inventiva del autor austriaco se va desplegando como una tela de araña, sin que uno pueda percibir de manera clara lo que trata de contarnos Schnitzler; a pesar de que el tema de los sueños, como en la conocida obra teatral de Calderón de la Barca La vida es sueño, aparezca claramente como el eje central de esa historia. Sí, pero el tema de los sueños es algo más peliagudo y escurridizo de lo que podamos llegar a pensar.

Al mismo tiempo que avanzo en la lectura, la adaptación que hizo Kubrick de la novela se va también imponiendo en mi cabeza; es una sensación super agradable. Traumnovelle, como es fácil imaginar, está ambientada en Viena, en los años veinte del pasado siglo. En cambio, Eyes Wide Shut, está ambientada en el New York de los años finales de ese siglo pasado. Cuando acabo la novela de Schnitzler, es cuando puedo apreciar, de manera definitiva, la genialidad de Stanley Kubrick. El portentoso director, al margen de situar la acción en el presente, sigue de manera bastante literal el argumento de la obra del autor austriaco. No obstante, el arranque de la película, y los prolegómenos de la historia, no se parecen en nada a la novela; tampoco el final. Y ahí es donde rindo pleitesía absoluta a un director que amo de manera muy particular. Kubrick se saca de la manga escenas muy sugerentes – como la que nos permite ver a Alice (Albertine, en la novela) sentada en el retrete, con el vestido subido y las bragas bajadas hasta la mitad de los muslos, orinando y limpiándose con el papel higiénico, para después tirar de la cadena, con una naturalidad, para la época que corría, que seguramente rompía uno de los tabúes más fuertes en el ámbito de las fantasías masculinas. Si mi memoria no me falla, es la primera vez en la historia de la humanidad que se podía ver, en imágenes en movimiento, a una mujer en esa disposición, como si se tratara de lo más natural del mundo. Después de la película, esa intimidad femenina dejó de serlo, porque la publicidad utilizó esa misma pose para vender ciertas mercancías.

En Traumnovelle, no se aclaran ciertas circunstancias que en Eyes Wide Shut, aparecen más desarrolladas. A pesar de que, como decía al principio, alguno de mis amigos criticara de manera despiada ese tipo de aclaraciones. Y desde luego, la famosa escena de la orgía de las máscaras, apenas está indicada en la novela; sin embargo, la inteligencia y la sensibilidad plástica de Kubrick, consigue sacarle todo el partido a lo que describe Schnitzler en su relato. También los colores de la paleta kubrickiana; sobre todo, ese color azul luminoso que envuelve toda la película.

Me parece, incluso, más inquietante, pero de un modo bastante natural, la Alice de Eyes Wide Shut, a la que no desprecia, ni intenta dejar el doctor Willian Harford, que la Albertine de Traumnovelle, a la que incluso llega a odiar de manera clara, el doctor Fridolin. En cualquier caso, tanto en la novela, como en la película, que, como ya he dicho, es muy fiel con el texto de Schnitzler, el asunto de las fantasías sexuales, femeninas y masculinas, tienen mayor relevancia, tanto en la Viena de los años veinte, como en el New York de finales de siglo, de lo que podríamos llegar a pensar. Por supuesto, queda claro que la ensoñación y, evidentemente, los sueños, no son ajenos al estado de vigilia de cualquiera de nosotros. En una sociedad, y en un mundo, enajenados de manera brutal por las consecuencias que comporta para la vida humana el modo capitalista de producción, y la dificultad para soñar, no sólo durante la fase del sueño, sino, y quizás, sobre todo, en la fase en la que estamos despiertos, nos sitúa en una pesadilla de la que no parece que estemos empezando a despertar.

 


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