Correr. El mundo está loco, mi cabeza se desborda, tengo que salir a correr. Correr, correr, correr, correr hasta mi casa, hasta mi casa que he perdido, hasta mi hogar que he perdido. Hasta allá arriba, en la montaña, en el bosque, hasta allí donde mi corazón, mis pulmones, mis pies, mis piernas, mi cuerpo entero, se dicen: por fin en casa. Fuera de nuestro mundo y en casa, en la felicidad.
Sí, soy muchas en mí. Tomo mis pies con las dos manos, los calzo. Reviso mi armadura, mi armamento. Camiseta, pantalón corto, botella de agua. Me lanzo al asalto. Soy otra, así armada. Mi cabeza, mi cuerpo, voy a vaciarlos de la suciedad del mundo.
Golpeo el asfalto, golpeo el pavimento, recorro la ciudad para escribir en ella con mis pies: estoy aquí. Corro, veo desfilar la ciudad, me escabullo de ella, la tejo, yo. Aquí estamos, compañeras, no la padezco, la miro a los ojos y veo: sus ojos me responden. ¡Levántate! No soy quien ellos quieren que sea. Soy quien soy y veo los signos del pueblo semejante a mí.
El pueblo ha desfilado, ha recorrido la ciudad como yo. A los más combativos la policía los ha perseguido a la carrera. Son jóvenes, tienen buen pie y buen ojo, ellos también. Los hombres robotizados, los instrumentos de quienes quieren que seamos como quieren que seamos, esos, esos robots con casco, pesadamente acorazados y armados, han cargado contra ellos, los han maltratado, gaseado, o incluso mutilado, o incluso detenido, o incluso encarcelado, o incluso matado. Pero ellos, los armados como yo tan solo con sus zapatillas deportivas, los armados de ligereza, aun asfixiados, aun heridos, aun mutilados, aun encerrados, aun muertos, han seguido siendo libres. Y nuestra libertad nos sobrevivirá. Lo que la Historia recordará es nuestra libertad, nuestro honor. Y la iniquidad, el deshonor de quienes hayan usado su miserable poder, su poder usurpado, para destruir nuestra morada, nuestro país, nuestra manera de habitar nuestro país, y para enviar a sus robots a sofocar nuestra voz.
Mi voz está trabada, nuestros pies permanecen. Recorro la ciudad y oigo gritar al vidrio vomitado por los contenedores que la cólera del pueblo ha volcado. Corro, mi carrera es un fuego que eleva y purifica mi cólera. No nos tendrán, no me tendrán, dice mi trayecto. Doy las gracias al pueblo que se levanta como a cada zancada mi viejo cuerpo se levanta y recobra juventud.
Entre los escombros corro. El viejo mundo cae bajo mis suelas de viento. Nuestros gobernantes tienen la jeta torcida, ellos que no saben gobernarse a sí mismos. Las drogas circulan en los círculos donde se encierran, ellos que no tienen en la cabeza más que la sempiterna repetición de lo mismo. Es el tiempo de los tiranos, de los tiranos que hay que destituir. El demonio Dinero reina sobre los humanos, animales extraviados a los que la sabiduría de la Tierra ha abandonado. Se ha apoderado de cohortes de almas, las ha doblegado tan bien a su servicio que ya ni siquiera distinguen el día de la noche. Ilegítimas a los ojos de la Vida, han engendrado los espíritus caídos de la tiranía, peones convertidos en parásitos de todo el planeta.
¡Sigue corriendo, planeta! Corro contigo y te amo. Mira, los cursos de agua me atraviesan, corrientes de aire me acarician, ¡he nacido para correr, no para morir! De mis músculos surgen verdores, bestias, estrellas. Pues corro, camino con todos los vivientes que caminan sobre la tierra, marcho contra los muros de los círculos entre los que los dirigentes y sus lacayos se alienan. Los fabricantes de libros artificiales se alarman contra la inteligencia artificial que los ridiculiza y yo río, sí, ¡viva la tecnología! Soy del mundo que avanza. Que reduzca a la nada a los falsificadores y a los chupasangres, a los caníbales de cuello blanco, a los presumidos que abren su camisa sobre su torso indigente, a los no vivos sedientos de vanagloria y de dinero.
Nuestra casa es nuestro país, nuestro país es el mundo, y esos nos echan de él. Como París fue abastillada durante los Juegos, barreras por todas partes, policía por todas partes, ejército por todas partes, espacios comunes confiscados, circulaciones trabadas, correr o caminar equivalía a desplazarse por un laberinto como en esas revistas para niños donde hay que buscar y trazar a lápiz un trayecto hasta la salida, eso es lo que, más sombríamente, se han vuelto las ciudades cuando el pueblo se manifiesta en ellas y hay que escapar a los cercos, escapar a las violencias de la policía, escapar a las prohibiciones de reunirse o de desplazarse por aquí o por allá, y después prohibición de manifestarse en los centros de las ciudades, el poder conduciéndose como si el país fuera suyo, nuestro país, nuestra casa, pues todo país es de las que y de los que lo habitan, prohibición de habitarlo, el poder comportándose como colonizador de su propia población porque a sus ojos somos los que no son nada mientras que él es de los que han triunfado, triunfado en vender el país, triunfado en destruir el país, triunfado en apoderarse del país para entregarlo a todos los explotadores de minas, de nuestro país, esa mina de oro que el poder les ha dado a devastar, escúchenme corro, jadeo, mi viejo cuerpo se levanta como se levanta el pueblo y recobramos juventud, recobro la juventud de mi país, libre e inventiva, que inventa sus vidas a pesar del desprecio que le oponen tantos viejos de su país, el porvenir de este país a pesar de la altanería, a pesar de la sordera, a pesar de la ceguera de tantos apoltronados de este país, tantos rancios, de los que yo podría ser si no corriera, si no desafiara con mis pies, con mi cuerpo, los laberintos del poder.
Reinas y reyes son los insurgentes, erguidos sobre sus pies. ¿Método? Un paso tras otro. Se marcha, se levantan barricadas, se atrinchera uno y se encuentra por dónde pasar por otro lado. Así la fuente: torrencial primero y luego ensanchando sus vías hasta su estuario. Corro, camino, veo al pueblo que se levanta, que avanza, tengo ganas de llorar. Porque es en mí donde la multitud en torrente se levanta, en mi carne donde surge el torrente y quiere desbordarse, por mi garganta, por mis ojos de pobre criatura arrastrada por la alegre pena de la unión.
Quien recorre la ciudad manifiesta en ella la vida que surge de los accidentes cósmicos. ¡Arriba, osamenta, es hora de arrancarte de las trampas que te ciñen los tobillos, ahora es con el cuerpo con lo que hay que soñar! Pero ve con sabiduría, no dejes que te sacrifiquen ni que te destrocen en su altar apestoso, ve con determinación, sabiduría y determinación vencerán y veo que las tienes, admiro que las tengas. Es con el cuerpo con lo que hay que ir a habitar la casa de la que nos privan, nuestra ciudad, nuestro país, nuestro planeta. La calle es nuestra y el campo también. Al diablo los ministerios, somos de la tierra, por raíces nuestros muertos donde beber nuestra fuerza, por frutos nuestras generaciones que han tomado nombres de letras y deben volver a la primera. Corro, mi corazón golpea el pavimento, mis mejillas están rojas y tengo el aliento épico de las revoluciones. Afluyen los vivientes a mis músculos, afluyen los pueblos a mi voz, no soy yo quien corre, no soy yo quien habla, no soy más que transporte, transporte del arte a la animalidad, ¡surgimiento de las formas y de los colores en los pelajes, en los plumajes! Subamos a la felicidad.
Bio Alina Reyes
Alina Reyes es una escritora francesa, autora de novelas, relatos, ensayos y poemas traducidos a numerosos idiomas. Su obra explora las relaciones entre el cuerpo y el espíritu, el deseo y la libertad, lo íntimo y lo político. Su escritura atraviesa distintos géneros literarios y busca compartir una experiencia viva del mundo.
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