Hace dos mil quinientos años -quinientos antes de que naciera Jesús, nuestro principal referente en Occidente de la filosofía pacifista- el filósofo chino Mo Ti (o Mozi) hablaba y escribía sobre “el amor universal, como el único camino hacia el cielo”; que las acciones deben contribuir al “mayor bien social, para lo que hemos acordado en un contrato social”, que todos deben amar a los demás “como ellos mismos se aman” o que el mundo debe ser “una comunidad compartida por todos”. Dedicó su vida a proclamar la necesidad de un orden más justo y pacífico, para lo que justicia y amor debieran practicarse tanto en las acciones más cotidianas como las más excepcionales. Era, en suma, un sabio que iluminaba caminos hacia la paz.
También la “Ilíada” y la “Odisea” pueden leerse como un alegato de Homero, ya en el siglo octavo antes de nuestra Era, a favor de la paz y en contra de la cultura de la guerra, y, mientras Mozi escribía sus alegatos en China, Aristófanes, en Grecia, escribía “La paz”, obra en la que el granjero Trigeo se monta en un escarabajo pelotero gigante para volar al Olimpio, mientras Atenas y Esparta luchan la una contra la otra, y pedir a Zeus que acabe con esa guerra fratricida, pero encuentra el Olimpo en manos de la Guerra y su sirviente Estrago, que han encerrado la Paz en un profundo hoyo; con gran esfuerzo y afrontando el sabotaje de quienes sacan provecho de la guerra, Trigeo, con la ayuda del coro –compuesto por campesinos de distintas ciudades- consigue liberarla, junto a sus compañeras Cosecha y Festival, y la obra termina con la huida de los traficantes de armas y la boda de Trigeo y Cosecha.
Eran algunas de las voces que clamaban en un mundo que, desde luego, no era pacífico, como no lo fue la Edad Media, durante la cual, además, los belicistas consiguieron, también entre los escritores, difundir sus ideas, por ejemplo creando ese prototipo de caballero medieval, afanoso por justificar la violencia. Pero el éxito tampoco fue completo y, por ejemplo, poco después de popularizarse “La chanson de Roland” y el “Mio Cid”, Marsilio de Padua escribía “El defensor de la paz”. No obstante, eran tiempos en los que la guerra estaba, en general, moralmente legitimada y aún más en los siglos posteriores, siempre de forma paralela al nacimiento de las naciones y el crecimiento de los sentimientos nacionalistas. Las modernas monarquías nacionales gastaron la mayor parte de sus recursos en aumentar su poderío militar y eso requería extender la idea de la guerra justa o, cuando menos, de la guerra necesaria. Y no faltaron pensadores y escritores que se prestaran a ello, como Maquiavelo o Luis de Camoes, cuyo texto “Os Lusíadas”, fundador de la literatura lusa, es todo un paradigma bélico.
Siguiendo el hilo del trabajo del profesor Carlos Ortiz de Landázuri, podemos ver que a más nacionalismo, más guerras; a más guerras, más propagandistas de la justificación bélica, pero también y en todo momento, voces valientes a favor de la paz, voces tan autorizadas –en España- como las de Torres Navarro, Pérez de Hita, Cervantes, Quevedo o Lope de Vega. Incluso sobre asuntos tan sensibles como la gestación del Imperio Español, frente a todos los que pretenden imponer la idea de “guerra justa”, surge un Bartolomé de las Casas denunciando las atrocidades derivadas de la conquista y dando voz a los vencidos.
Pero, en este sentido, hay que detenerse especialmente en Erasmo de Rotterdam y su “Lamento por la paz”, que escribió en Lovaina en 1516 bajo la influencia de la obra de Séneca y en la que exhorta a emperadores, reyes, príncipes, obispos y sacerdotes a trabajar en pro de una paz duradera y de la unión de los pueblos europeos y denuncia sin ambages los móviles ocultos de la guerra y el ejercicio del poder como instrumento para satisfacer las ambiciones personales de los poderosos. Leer hoy esta obra de Erasmo no sólo nos retrotrae a siglos y siglos de guerras fratricidas en Europa sino a las amenazas en los años venideros y, créanme, a menudo se tiene la impresión de que es una obra de reciente publicación. Sostiene que la paz más injusta es siempre preferible a la más justa de las guerras, que los poderosos patrocinan las guerras manipulando a los pueblos ignaros y llama “antorchas de guerra” a los sacerdotes de cualquier religión.

Unos años después –en 1624-, el poeta metafísico John Donne escribió, en una de sus Meditaciones, una frase que no quiero dejar pasar: “La muerte de cualquier hombre me disminuye: soy una parte de la humanidad”.
Es verdad que nada cambió de forma sustancial; que durante el siglo de la razón y de la Ilustración, el belicismo se hace incluso más fuerte y más global, los ejércitos aumentan de forma espectacular y la guerra no sólo se concibe como justa, sino como santa. Y en el siglo XIX las tensiones se acentúan aún más con la aparición de los nacionalismos neoimperalistas y el Romanticismo se convierte en un poderoso aliado fomentando el nacionalismo, la estética de los uniformes, el heroísmo guerrero, los soldados aventureros… Pero mientras tanto y contra corriente, nunca faltan voces críticas: Kant, por ejemplo, que afirma que la guerra es el origen de todos los males y de toda corrupción moral, si es que no es ella el mal y la corrupción en si.
Lo que pretendo exponer es que, si las guerras han sido una constante en nuestra Historia y el belicismo una corriente general de opinión, siempre y en todo el mundo ha habido personajes –Lao Tsé, Buda, Cristo…- y doctrinas en favor de la no violencia que han influido poderosamente en la Historia de la Humanidad. La prueba es que en el siglo XIX aparecen los primeros movimientos políticos antimilitaristas y sólo a partir de entonces, ya en el siglo XX, la literatura y el pensamiento niegan mayoritariamente a la guerra cualquier tipo de legitimidad moral y otorgan a la cultura de la paz la primacía que le corresponde. Es el tiempo de la cultura de la no violencia, que tenemos que agradecer a pensadores y líderes como Gandhi, Luther King, San Suu Kyi o Petra Kelly y ahora, en el siglo XXI, esperemos que no haya una marcha atrás, que quienes justifican las atrocidades actuales no entierren la esperanza de haber empezado un siglo en el que podamos decir –parafraseando el comienzo de “Las intermitencias de la muerte” de José Saramago-: al día siguiente nadie mató a nadie.

Esther Bajo
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