Me llamó la atención leer en el interesante libro de José Carlos Bermejo, titulado «Humanizar el sufrimiento y el morir» (PPC, Madrid, 2010), que «la palabra ‘consolatio’ es propuesta como clave de ‘ser con’ el otro en la soledad». Acudí luego al famoso diccionario etimológico de Joan Corominas y allí comprobé que «consolar» viene del latín «consolari», derivado a su vez de «solacium», que es traducido como «alivio» o «consuelo». En cualquier caso, desde que éramos niños todos tenemos comprobado cuánta serenidad y paz nos regala la compañía de alguien querido, cuando lo pasamos mal y estamos solos.
Viene a mi memoria la experiencia que contaba en uno de sus libros mi tío Ramon, jesuita en la India durante toda su vida. Estaba en un dispensario y se sentó a los pies de la cama de una enferma para leer su breviario. Al levantarse al término de su lectura —que pudo llevarle como media hora— sus miradas se cruzaron y mi tío vio en los ojos de aquella moribunda —cuya lengua desconocía— un infinito agradecimiento por aquel rato de compañía.
Acompañar a quien está solo o se siente solo siempre consuela. Muchas veces ni siquiera hacen falta palabras; incluso más bien estorban.
Barcelona, 10 de junio 2024
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* Jaime Nubiola es profesor emérito de Filosofía en la Universidad de Navarra, España.
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