ETÉREA by Mayela Paramio

Estimated read time 2 min read

Cuando uno tiene un arma en la boca, sólo se pronuncian las vocales.

Fight Club

Cuando se obstruyen las vías respiratorias, uno puede vivir quizá unos tres minutos. Yo había gastado uno entre las risas que me acompañaban; otro, tratando de toser y arrastrar la mezcolanza pastosa y adherente de la miel con limón apenas ingerida, acompañándome de inútiles saltos que sirvieron, al menos, para comunicar que algo iba mal.

Minuto dos y medio: los rostros relajados se erizan como las púas se yerguen al presentir peligro. Unos quedan paralizados, otros actúan. Mi abuelo, como un resorte, se impulsa y me sostiene ejerciendo su fuerza en mi diafragma con la maniobra Heimlich. Su impacto no consigue el efecto deseado y mi mente empieza a ralentizar todos los movimientos de mi entorno como si comenzara a grabar los últimos instantes de mi vida. Hacía escasos minutos, era una nieta, hija, hermana y sobrina ajena al infortunio que, en su pausa de estudios filológicos, compartía anécdotas divertidas en familia y solamente tres habían bastado para constatar la omnipresencia de la mortalidad. Con nitidez extrema, realidad y ficción se dan la mano y se borran fronteras antes diáfanas. Mientras calculo el tiempo de una potencial asistencia sanitaria, tantos minutos para la llamada, tantos otros hasta que la ambulancia se presente, comienzo a detectar que mis saltos adquieren levedad e ingravidez. Tardo cada vez más en tomar tierra y unas algodonosas e inmensas alas blancas se agitan en mi espalda y explican mi sensación aérea. Ya no hay nada que hacer, siento morirme absurdamente joven.

Mi tío se ha incorporado y releva la frustrante impotencia de la edad de mi abuelo. La garganta me arde y detecto una costilla rota, nuevamente me elevo y justo ahora me atraviesa una afilada bocanada de aire. Respiro. Las alas me despojan de su esencia divina y aterrizo.

Regreso. Las plumas de mis alas recuperan la forma de mis brazos cual versión marcha atrás de una metamorfosis. El cuerpo recoloca su hábito terrenal. Me siento apaleada. El embate termina con rescoldos de quemazón en laringe y en tráquea. Alzo una mano para romper el tiempo detenido, el segundero del reloj de pared vuelve a marcar la vida y sonrío.


Descubre más desde Masticadores

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

You May Also Like

+ There are no comments

Add yours