Después de cuatro decepciones nacidas niñas, tres fallecidas antes de alcanzar el biberón, la ley divina arrancó de cuajo de los brazos de Padre, el cuerpo de mi madre castigado por un llamado “mal feo”.
Nunca he entendido semejante definición de cualquier enfermedad que te convierte en un cadáver.
En su caso todo empezó cinco días antes con un fuerte dolor en el pecho acompañado de tos convertida en sangre, además de fiebre, pérdida de peso y escalofríos continuos. Nada se pudo hacer por ella. Veintisiete años envueltos en rezos al Espíritu Santo, curanderas con remedios de sanación y un diagnóstico de infección pulmonar que confirmaba el médico don Ricardo Trueba veinticuatro horas antes de fallecer.
En la habitación contigua a la alcoba de mamá, la figura de Padre, sentado detrás de la mesa del oscuro escritorio de nogal, y con las manos sobre el rostro, esperaba devolverle la vida.
En una doble moral más allá de la esposa, fiel siempre al silencio, en el matrimonio era conocido el perdón. El impulso sexual de los hombres necesitaba ser consumado con cualquier mujer mal vista y al servicio de las apetencias carnales llegadas por asalto y sin sentimientos.
Todos conocían bien la última casa de la calle de la Macarena, pero nadie hablaba por vergüenza. Mozas de caras empolvadas con talco, labios pintados de rojo y vestidos transparentes, esperaban pacientes a los señoritos, incluso a mitad de precio del día anterior. El valor del hambre se pagaba con la desnudez enclenque y lasciva de movimientos eróticos en desafío por seducir el miembro viril en erección, bien escondido entre las piernas masculinas, y un posterior olvido total. Decían que el diablo, en forma de una figura furtiva, con un sombrero negro de ala ancha y larga capa de terciopelo rojo visitaba por las noches semejantes lugares de placeres carnales para engendrar la maldad en el cuerpo de niños elegidos.
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