sábado, septiembre 5 2026

Pierre by Mar Bayona

La habitación estaba demasiado cerrada. Las cortinas corridas y los jarrones repletos de lavanda no hacían otra cosa que cargar el ambiente, justo el propósito contrario que debían lograr al estar allí.

—¡Nicole! —grité mientras me acercaba a los ventanales, descorría cortinas y visillos y abría los ventanales para permitir la entrada de la brisa suave y la luz tenue que anunciaba que el final del día se acercaba.

—Sí, milord —escuché a mi espalda tras unos pasos apresurados.

Me giré malhumorado para reprender al ama de llaves.

—Lady Winslow no puede estar en estas condiciones. No puede haber tanto sofoco en esta habitación, es lo contrario de lo que necesita para sanar de su calentura —expliqué, por enésima vez, indignado.

—Disculpe, milord. El doctor dijo que evitáramos las corrientes de aire —hablaba con la mirada clavada en el suelo. Aquella mujer adoraba a madre, pero desde que había enfermado, parecía que andaba tan perdida como ella.

—No me lo tenga en cuenta, Nicole —suavicé el tono de voz y agarré sus manos para que me mirara. Sus ojos eran suplicantes—. Estamos todos muy nerviosos.

Ella asintió con la cabeza y pidió permiso para salir de la habitación con la excusa de ir a buscar agua para refrescar a madre.

Me acerqué a su cama. Tenía el dosel recogido en las columnas de madera, así que me senté junto a ella y deposité mi mano sobre la suya con suavidad, sin pretender despertarla. Estaba helada, al contrario que la temperatura de su rostro, que sabía elevada por las gotas de sudor que perlaban su frente, más pálida de lo habitual. Permanecía recostada sobre varios almohadones. Me pareció más pequeña que la última vez que la vi y eso que solo habían pasado pocas semanas, pero las calenturas habían hecho mella en su salud, ya de por sí débil. Abrió despacio los párpados y vagó la mirada por la habitación hasta que me enfocó.

—Pierre, querido. Por fin has venido. Te he esperado tanto tiempo. —Tosió. Su pecho sonaba hueco, como si hubiera un vacío inmenso y oscuro en su interior.

—Madre, soy Edward, su hijo —respondí posando la mano sobre su mejilla. Ardía.

—Pierre… Te he esperado siempre. Tus ojos —dijo al acariciar mi rostro—, cuánto los he echado de menos. —Miró alrededor antes de susurrar—: La arena guarda nuestro secreto, nadie lo conoce. —Sonrió y se llevó un dedo a los labios para mostrar el silencio que había guardado.

—Madre, ¿quién es Pierre? —pregunté intrigado. En la familia no había nadie con aquel nombre.

A modo de respuesta, madre me sonrió y observé una luz en su mirada que no veía desde pequeño. Era ilusión, alegría y cierta determinación.

—La arena guarda nuestro secreto… —seguía con palabras que para mí no tenían ningún sentido. Me convencí de que eran fruto de las calenturas. —Pero quiero marcharme con la llave, Pierre. Solo así nuestro secreto seguirá a salvo. Pierre, por favor, tráeme la llave.

¿De qué secreto hablaba?

—Madre, dígame de qué habla, por favor.

—Pierre, la arena. En la arena la encontrarás. —Volvió a toser y cerró de nuevo los ojos. Estaba exhausta.

Pensé que deliraba, pero me habían intrigado sus palabras. ¿Arena? ¿Quizás una playa? Pero en la campiña inglesa no tenía sentido y no recordaba que madre hubiera viajado jamás. Me levanté para acercarme a la ventana e intentar poner en orden la inquietud que me había provocado cuando me fijé en el reloj de arena que había permanecido siempre sobre su secreter. Estaba allí desde antes de que naciera y nunca había marcado el tiempo, siempre había estado detenido, pero jamás le había dado importancia… hasta aquel momento. Lo agarré con determinación para asegurarme de que aquella arena no guardaba ningún secreto. Caminé hasta la balconada para observarlo a la luz y lo giré por curiosidad. Un objeto comenzó a aparecer a medida que la arena caía al otro lado, era el puño de una llave antigua que se reveló completa con los últimos granos de arena. No podía creer lo que veía. Lo rompí convencido de que la llave me revelaría el secreto del que hablaba madre. Era dorada y con una empuñadura acabada en forma de trébol. Sin dudarlo, me dirigí al armario del fondo y lo abrí para buscar algún pequeño baúl de madera, solo ahí podía encajar la llave. Lo encontré en una balda alta después de apartar la caja en la que guardaba algunos juguetes de mi infancia. Encajé la llave y lo abrí con cierto remordimiento. Me giré para observar a madre, seguía con los ojos cerrados y la respiración agitada. El baúl estaba repleto de cartas de un tal Mesieu Pierre Rosenbud. Mientras miraba los pliegos de cartas atadas con cinta de seda azul cielo, escuché la voz débil y suplicante de madre:

—Pierre, por favor, vuelve. Debo marchar. Necesito la llave.

Sin dudarlo, regresé a su lado y deposité la llave en la palma de su mano. La cerró y se la llevó al corazón. Su pulso era casi inexistente, se acercaba su final.

—Prométeme que el secreto desaparecerá conmigo, amado hijo. —Abrí los ojos por la sorpresa. En sus últimas palabras me había reconocido.

—Por supuesto, madre. Su secreto estará siempre a salvo.

Cubrí su mano cerrada con la mía y la besé en la mejilla antes de su último aliento. Sus labios habían dibujado una leve sonrisa antes de partir mientras sentía que mis ojos se anegaban. Regresé junto al baúl y lo devolví al lugar del que lo había rescatado, ya tendría tiempo de averiguar el secreto que guardaba. Antes de avisar a Nicole, me tomé un momento para acercarme al ventanal y permitirme llorar en soledad. Me pareció ver que una mariposa monarca salía de la habitación y desaparecía en el horizonte en el que, finalmente, se ponía el sol.


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