martes, septiembre 22 2026

Veredicto abierto a las ideologías (II) by Avelino Muleiro

Francis Bacon explicó en el Novum organum que “la manera de abordar el verdadero saber depende de la experiencia con interpretación racional”. Para lograr un auténtico cambio de mentalidad propuso una nueva lógica experimental que debe tender a dominar la naturaleza mediante la actuación. “El fin de nuestra ciencia- decía Bacon- es encontrar no argumentos, sino arte… no razones probables, sino proyectos de obras”. Ahora bien, si queremos aplicar estos principios baconianos a nuestra realidad social, económica y política, nos encontraremos con una serie de obstáculos que nos impedirán el avance y el progreso de la ciencia. A tales estorbos, producto de esos retrasos, Bacon los llamó “ídolos”, precisamente porque impiden el avance del progreso entre los pueblos. La metodología que propone para plantar la semilla del saber consiste en destruir ante todo esos ídolos, esas ficciones, para posteriormente comenzar a sembrar el conocimiento. Bacon designaba como ídolos del teatro a lo que en la actualidad representan las ideologías: Ideologizar significa interpretar la realidad desde la óptica de una sola idea vigente. Las ideologías de moda suelen ser un serio obstáculo para la adquisición de la ciencia, porque sus interpretaciones son dogmáticas y nada flexibles. Esa es la razón por la que la ciencia relega y rechaza las ideologías.

 

Función y tipos de ideología

Ciertos intelectuales ven la ideología como un conjunto de creencias y valores referidos al orden público, cuya finalidad trata de orientar el comportamiento político colectivo. Otros la consideran como una falsa conciencia que pretende enmascarar la realidad al establecer como verdadera una visión del mundo parcial de la clase dominante en relación con las clases dominadas. Como señalé en el artículo anterior, Marx entiende la ideología como una idea envolvente de una propaganda engañosa o de una distorsión de la realidad. Karl Mannheim (1893-1947) entiende la ideología, explicada en su libro Origen y evolución del concepto de ideología, como formando parte de la Sociología política.

En conclusión, una ideología política tiene por misión el adoctrinamiento, la fijación de valores y unos principios verdaderos con tendencia al dogmatismo. Las ideologías políticas deben ser entendidas también como ideas convertidas en ideales que se destinan a la acción política. El catálogo de ideologías políticas es considerable, en el que podemos remarcar el liberalismo, el socialismo, el nacionalismo, el anarquismo…

            El pensamiento político liberal tiene como principal representante al pensador inglés John Locke (1632-1704), considerado el padre del liberalismo económico, que inició la perspectiva histórica del debate sobre el poder absoluto del gobernante. El liberalismo descansa sobre los principios de la oferta y la demanda. Para los liberales, la existencia del Estado es necesaria porque se le hace responsable de administrar los conflictos y las tensiones sociales. Su rol consiste en establecer peso y contrapeso en las decisiones políticas, de forma que se establezca una situación de equilibrio en medio de los conflictos inherentes a la vida colectiva. Desde una perspectiva sociológica, el pensamiento liberal defiende la prioridad del individuo frente a la existencia de la sociedad, atribuyéndole al Estado la protección de la propiedad privada y los intereses de los individuos. En esa misma línea se mueve el escocés Adam Smith (1723-1790), que propuso la teoría de la “mano invisible del mercado”, lo que implica la no intervención del Estado en la economía. Muchos lo consideran el más importante teórico del liberalismo económico y el padre de la economía moderna.

El pensamiento liberal representó una estructura política que sirvió de soporte a fuerzas sociales de grupos económicos, defendiendo la idea de propiedad y proponiendo la noción de pacto, dos conceptos que servirían para justificar la participación política de aquellas personas que posean la mayor cantidad de bienes (los ricos). Este pensamiento aportaba argumentos para legitimar el capital y la concepción de estatus asociado al talento individual.

            El socialismo es otra ideología política que surgió durante la Revolución industrial y la concentración urbana después de comprobar unas precarias condiciones de vida en las principales ciudades europeas. Esta ideología va en contra de los principios del liberalismo económico y político, así como de la propiedad privada.

El sistema de valores utilizado por el socialismo va dirigido no solo a la colectividad, sino también a la preocupación por el establecimiento de una igualdad material en las condiciones de vida. En el interior de esa ideología aparecieron dos vertientes básicas: el socialismo utópico y el socialismo científico. Hubo países que se adhirieron al llamado “socialismo real”, caso de la ex-URSS, China, Corea del Norte. Ese socialismo real se mostró incapaz de suprimir las necesidades de la sociedad en cuanto sistema económico y político hasta el punto de que en la actualidad aparecen sistemas híbridos, como es el caso de China (capitalismo y socialismo).

La idea del socialismo utópico consistía en convencer de la necesidad de reducir las diferencias sociales por medio de actuaciones puntuales que, con el paso del tiempo, se multiplicarían observando el buen ejemplo dado y percibido por la sociedad. Los principales representantes del socialismo utópico fueron Robert Owen, Saint-Simon y Charles Fourier. Este socialismo tenía como objetivo la creación de una sociedad ideal que sería implantada de forma pacífica al tener en cuenta la buena voluntad de la burguesía. El nombre de socialismo utópico surgió del libro “Utopía” de Tomás Moro, considerando la utopía como un referente a algo no existente o que no puede ser logrado. De conformidad con los socialistas utópicos, el sistema socialista debería instalarse de forma lenta y gradual.

            El socialismo científico fue un proyecto social que buscaba estrategias para superar las dificultades sociales que se agravaban en Europa derivadas de la Revolución Industrial. Este socialismo fue iniciado por Karl Marx (1818-1883) y por Friedrich Engels (1820-1895). Se denominó así por la base científica con la que formularon su doctrina, partiendo de los análisis sobre la evolución del ser humano, la evolución de la historia y los mecanismos de explotación capitalista.

El socialismo tuvo también una deriva en la práctica real que consiste en la creación de un nuevo sistema económico y social, donde los medios de producción pertenecerían a los trabajadores. El Che Guevara y Fidel Castro representan esta deriva socialista en Cuba, así como Vladimir Lenin y Joseph Stalin son los principales representantes del socialismo en la URSS y las figuras más importantes de la revolución bolchevique, denominada Revolución rusa de 1917. Ese socialismo consideraba que el sistema capitalista dividía la sociedad en dos clases sociales: la de los dominadores (los dueños de los medios de producción) y los dominados (los que no tienen medios y se someten a los explotadores).

En este socialismo se reclamaría la existencia de un partido obrero (revolucionario) en la vanguardia de la revolución proletaria, comenzando con un gobierno centrado en la dictadura de los trabajadores. Estos, por tener conciencia de su explotación, lucharían contra ella, acabando con la propiedad privada de los medios de producción. El socialismo sería entonces una transición hacia el comunismo, donde la existencia del Estado ya no sería necesaria.

            El anarquismo es una ideología contraria al pensamiento liberal y a favor del colectivismo igualitario. Se fundamenta en el concepto del ejercicio de la gobernanza y de la forma de llegar al llamado “comunismo libertario”. A diferencia del socialismo científico, el anarquismo sostiene la idea de una dictadura del proletariado en vez de un liderazgo de partido. De ese modo, en lugar de un partido que controle el aparato del Estado y que tenga la tentación de quedar seducido por el poder hasta el punto de impedir el camino para una sociedad igualitaria, la dictadura del proletariado cumpliría su meta.

Para los anarquistas, el Estado es el fundamento concreto de la explotación y de la diferencia social. Los anarquistas propugnan el final del Estado y el establecimiento de una organización comunitaria donde la propia sociedad civil se haría cargo de la gestión de los bienes colectivizados. Mikhail Bakunin (1814-1876), revolucionario ruso, una de las figuras claves del anarquismo, fue el gran crítico del capitalismo, defendiendo la destrucción del Estado y combatiendo la religión. La religión para él sirve para encarcelar el ser humano en el plano mental, en tanto que el Estado lo esclaviza en aspectos materiales. Los anarquistas se oponen a la idea de que el poder y la dominación sean necesarios para la sociedad y, por eso, defienden formas más cooperativas y anti-jerárquicas de organización económica, política y social.

            El nacionalismo es una ideología desarrollada en el siglo XIX como otra forma de oposición al pensamiento liberal. Se basaba en la defensa de la preservación de las diferencias pasadas de la sociedad y en nombre de la especificidad de cada comunidad humana en términos culturales. Esta ideología niega el individualismo y las formas representativas de gobierno. Critica el colectivismo igualitario socialista y anarquista. Considera que las revoluciones burguesas, reivindicando el individuo, corrompen los lazos sociales antiguos y disuelve la cultura en un sistema mercantil de cambios. Ese pasado debía ser recuperado para un mejor reconocimiento de pertenencia a la colectividad. Muchos adeptos nacionalistas hablaban del folkgeis (espíritu del pueblo, en alemán), presente en el folclore, en las tradiciones originales de cada pueblo. Sobresalen como nacionalistas: Adolf Hitler y Benito Mussolini.

En la ideología nacionalista el poder correspondería a un líder carismático capaz de unir a toda la sociedad. Ese conductor (líder) podría llevar a cabo una política más adecuada a los principios y propósitos de afirmación nacional porque entiende las necesidades colectivas. Toda la comunidad debería encontrarse bajo un mismo Estado y este expresaría, en términos políticos, la unidad del pueblo.

            Mussolini es el gran protagonista de ese nacionalismo. El pensamiento fascista, elaborado por Mussolini, afirmaba que el individuo no existe si no está dentro del Estado, por lo tanto, la persona está condicionada a la existencia de éste. Así, cuanto más compleja se vuelva la sociedad, más se restringe la libertad del individuo. “Nada puede haber por encima del Estado, nada fuera del Estado, nada contra lo Estado” (Mussolini). El fascismo nacionalista combate de la misma forma la idea liberal como el marxismo. Propugna el corporativismo, pues los intereses individuales y de clases deben subordinarse al Estado.

El Nacismo, encarnado en Adolf Hitler, es una ideología que pretende establecer un credo de la identidad nacional en oposición a las diferencias de clases y al individualismo. Se fundamenta en teorías racista y culturalistas del siglo XIX. Forjó la noción aria como fundamento de la idea de pertenencia colectiva de los alemanes y de una “raza superior”. Los homosexuales, los judíos, los negros… eran una raza inferior. En la búsqueda de una perfección humana superior, la educación se convirtió básicamente en una broma, despreciando la formación intelectual y reforzando las cualidades físicas, como la virilidad, el combate y la disciplina.

Otras ideologías más recientes

Si el siglo XIX fue el siglo de los debates intelectuales sobre las ideologías, en el siglo XX las ideologías se convirtieron en el vehículo de grandes movimientos sociales, en el soporte de grandes masas que son adoctrinadas por los nuevos medios de comunicación –“el medio es el mensaje”, dijo Marshall McLuhan-, por la propaganda, por la violencia y la represión. En el periodo de entreguerras, las ideologías políticas enfrentadas fueron el fascismo y el comunismo fundamentalmente, aunque también continuaron sobreviviendo el liberalismo en su versión democrática, el conservadurismo, el socialismo democrático, el anarquismo y los nacionalismos. Feminismo, pacifismo, ecologismo, movimientos por la igualdad racial, reconocimiento de la identidad sexual son también ideologías con vocación transformadora de la sociedad.

Ideología y fanatismo

Cuando las ideas se asumen sin ninguna crítica ni cierta reflexión, lo más probable es aceptarlas como verdades absolutas e indiscutibles. Esa actitud transforma con mucha frecuencia las personas en fanáticas y fundamentalistas. En cambio, cuando una ideología se asume después de analizar sus razones, ya no se puede hablar de manipulación, sino de adhesión y aceptación.

No se puede negar el papel tan importante que juegan las ideologías en la sociedad, hasta el punto en que representan señales identitarias, de forma similar a la religión, a la nación, a la clase social, al partido político, etc. Son los propios miembros del grupo ideológico los que determinan que un determinado individuo pertenezca o no al grupo según comparta o no ciertos presupuestos ideológicos básicos. Por lo tanto, la ideología está al servicio de los intereses de los grupos o clases sociales, interpreta y justifica los actos personales o colectivos y explica la realidad de una forma tranquilizadora para que se pueda mantener la justificación previa tal como estaba en el imaginario individual y colectivo, independientemente de las circunstancias reales.

Ideología y cosmovisión

Una cosmovisión consiste en una serie de principios comunes, inspiradores de teorías o modelos en todos los niveles culturales. Las cosmovisiones ofrecen una idea de la estructura del mundo, que se encarga de crear el marco o el paradigma para las restantes ideas que luego se proyectan sobre una civilización, sobre una cultura e incluso sobre un individuo. Las ideologías afectan a grupos de personas, nunca a una sola persona; las cosmovisiones sí pueden afectar a una sola persona.

El término «cosmovisión» es una adaptación del alemán Weltanschauung (Welt, «mundo», y anschauen, «observar»), una expresión introducida por el filósofo Wilhelm Dilthey en su obra Introducción a las ciencias del espíritu, 1883. El vocablo fue rápidamente adoptado en las ciencias sociales y en la filosofía. Dilthey sostenía que la experiencia vital de cada persona está fundada en el conjunto de principios de la sociedad y de la cultura en la que se formó. Las cosmovisiones determinan la forma correcta de ver las cosas enfocadas dentro del mundo. Son ejemplo de cosmovisiones el judaísmo, el cristianismo, el islamismo, el cientificismo, el humanismo… Las cosmovisiones son complejas y resistentes al cambio; pueden, por lo tanto, integrar elementos divergentes e incluso contradictorios…

Debilitación ideológica

Los seres humanos buscamos soportes a nuestras creencias y a nuestras acciones, siendo reiteradamente dirigidos por la propia sociedad hacia las ideologías y a las cosmovisiones. Pero a medida que nuestro moralismo ancestral conecte con las necesidades objetivas del presente, a medida que la sociedad se vaya ilustrando con elecciones más racionales y se asuma como necesario un intercambio intelectual abierto, no estaremos tan necesitados de esos soportes ideológicos. En definitiva, seremos más libres. Parece incuestionable que las ideologías benefician más a los que quieren mandar que a los que son mandados. El control es mayor por parte de los mandatarios cuando saben que los mandados están sometidos a prejuicios ideológicos, razón por la que los políticos tratan de atraer a sus filas a personas de su propia ideología para hacerse con el poder. Una analogía similar sucede con los mercados que, vendiendo su ideología, logran imponer sus leyes sobre el consumo, el ahorro y la inversión.

            La inocencia y la castidad de las ideologías no existen porque se travestizan sin complejo en sus antagónicas, camufladas en los desfiles publicitarios que exhiben en las pasarelas organizadas por la acción política de los gobiernos o mismamente ostentadas por las iniciativas particulares de cada individuo. Y así, los revolucionarios ideológicos actúan como conservadores cuando se trata de reivindicar su patrimonio personal o partidista; los conservadores ejercen de revolucionarios cuando critican de inmovilistas las propuestas de los revolucionarios; los reaccionarios (girondinos) se transforman en revolucionarios criticando cómo contrarrevolucionarios a los revolucionarios (jacobinos); los comunistas (China) se disfrazan de liberales practicando el libre mercado… “La izquierda socialdemócrata se aburguesó al tiempo que el pensamiento liberal-conservador se socializó” (Fukuyama).

En definitiva, asistimos al gran carrusel ideológico al que nos suben los ilusionistas políticos, esos grandes puppetteers escondidos bajo el telón frontal y el telón de fondo de la sociología política, tratando de manipularnos como marionetas a través de su cordaje publicitario en el escenario social.

Con todo, la debilidad de las ideologías comenzó a partir de la década de los años sesenta del siglo XX. Así consta en algunas publicaciones de la época: El fin de la ideología (1960), de Daniel Bell, sociólogo de la Universidad de Harvard; El crepúsculo de las ideologías. (1965), del ministro franquista Gonzalo Fernández de la Mora; El final de la utopía (1967), de Herbert Marcuse, de la Escuela de Franfurt; El final de la Historia y el último hombre (The End of History and the Last Man) (1992), de Francis Fukuyama, Universidad Johns Hopkins.

¿Apearse de las ideologías implica, ciertamente, el triunfo definitivo de la racionalidad sobre las alienaciones sociales y las quimeras soñadoras del poder? ¿Quedamos realmente indemnes ante las consecuencias del batacazo ideológico que metamorfosea en pensamiento único y nos unifica bajo el mismo credo? Esa es ya otra historia.


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