Lo hospitalizaron y, a la madrugada, la sirvienta de la casa, que me conocía desde niña, llegó a mi
cuarto y me avisó que Jorge había muerto de un infarto.
Lo velaron esa noche. Durante el entierro, hubo crudas escenas de dolor y me sentí aliviada cuando
todo terminó.
Pasaron dos semanas y día tras día esperaba en el jardín que Jorge llegara y se tomara de mis piernas. Comía muy poco, adelgazaba y desmejoraba. Los sirvientes avisaron a mi padrino, quien viajó desde la ciudad y me conminó a alimentarme y dormir. Amenazó con informar de mi situación a mis padres, los que al saberlo me internarían en un colegio de señoritas.
Una de aquellas tardes, descubrí el trozo de papel donde mi amigo había escrito la fórmula que
supuestamente contenía la totalidad del jardín. Lo guardé en la pequeña caja que contenía el
escapulario que llevaba al cuello.
Al mes de la muerte de Jorge, desperté al amanecer sintiendo la necesidad de ver el jardín; me levanté, subí a la torre y me asomé al telescopio. Entre los vahos de humedad que se elevaban de la tierra, una figura con traje marrón caminó tambaleándose. Se volvió como si supiera que lo estaba mirando. Rostro pálido, ojos desconcertados.
—Jorge —murmuré.
Bajé rápidamente, entré al jardín y llegué hasta el laberinto. En dirección a la casa, bajo las primeras
luces de la mañana, vi la línea plateada de una corriente de agua. Recordé el día en que tuve que
atravesar aquel río fantasma con Jorge aferrado a mis piernas. Crucé el laberinto y caminé hacia unas sombras que se levantaban al fondo del jardín. Al llegar, me rodeó una noche súbita y marché entre acantilados que caían a pico sobre un mar lejano. El terror chorreaba por mi espalda como una catarata helada. No me sorprendió encontrar al adolescente que viera en mis sueños. Estaba desnudo, con sus ojos carmín muy abiertos y el par de alas doradas en su espalda. Era quien me había vigilado todos esos meses. A pesar del miedo, traté de mantener mi apostura.
—¿Quién eres? —pregunté con tono de autoridad.
—Soy el Rey de los Muertos que están enterrados en el jardín.
—¿Dónde está Jorge? Acabo de verlo; se dirigía hacia aquí.
—Te lo diré si me sigues —contestó el adolescente.
Después de vacilar un momento, marché tras él. Bajo la suave luz de la luna que iluminaba el sendero, sus alas se abrían y cerraban y no podía dejar de mirarlas. Cruzamos el sitio donde estaba el pájaro inclinado sobre la serpiente. Ya no era una figura sobre la grava; su cuello se movía hacia abajo mientras el ofidio parecía alejarse, en una tensión que no cesaba. Cuando levanté la cabeza, advertí que el muchacho con alas había desaparecido y lo reemplazaba una silueta familiar.
—¿Jorge?
Estaba de pie, con los ojos cerrados, el rostro muy blanco y las mejillas hundidas.
—Jorge, soy Abdolia.
No contestó. Vestía el traje marrón y la corbata verde con que fuera enterrado. Al acercarme, el
adolescente surgió de alguna parte y se interpuso entre mi amigo y yo. Me observó fijamente con sus
ojos rojos y penetrantes. Sostuve su mirada.
—Debes devolverme a Jorge.
—Entre los espectros que habitan el jardín, el único que me interesa es tu amigo; él descubrió mi
esencia y la ha traducido a una ecuación. Dime, Abdolia, ¿para qué lo quieres? Lo único que hacía era
mirarte enternecido y la única vez que se acercó a ti intentó violarte.
Me sorprendió y a la vez me halagó escuchar el tono celoso de un amante. Había deseo en su mirada.
—Quizá quiero que me siga observando con ternura, que me recite sus poemas —contesté desafiante
—. Tú no sabes lo que es eso. No conoces el amor humano.
El adolescente no contestó. Durante unos minutos miró al vacío, como pensando.
—Puedes llevártelo —dijo con tono sentencioso.
No contesté. Las sombras crecieron sobre el jardín. Sentí el inexplicable deseo de acariciar el cuerpo
desnudo del Rey de los Muertos.
—Hay una condición, Abdolia. Amarraré su cuello al tuyo y caminarás mirando siempre hacia delante. Si te vuelves un solo momento, él regresará a la muerte.
Para unir nuestros cuellos utilizó una leve cadena dorada. Lo miré como esperando algo.
—Recuerda que si lo observas, el cariño que dices sentir por él, será impuro.
Asentí con la cabeza y por un momento tuve deseos de decirle que no amaba a Jorge; que deseaba
quedarme a su lado en aquel lugar, pero de hacerlo expondría mis sentimientos y me mostraría
vulnerable. Le di la espalda y empecé a caminar.
El jardín había crecido y se alternaban amaneceres con momentos de sombra. Atravesaba bosques que parecían amenazantes, mientras que en otros escuchaba cantar a los pájaros. La calma y la tormenta se sucedían en una extraña sucesión.
Hombres, mujeres, algunos niños vestidos con túnicas blancas cruzaban nuestro camino. Eran
espectros, concentrados en sus pequeños universos.
Finalmente vi la casa con las ventanas iluminadas, pero no pude acercarme. La liviana cuerda parecía arrastrar la nada y yo volvía una y otra vez al mismo lugar, como si caminara en círculos.
Después de muchos esfuerzos, me encontré frente al río. La casa estaba en la otra orilla. Me bastaba
atravesar la corriente sin mirar hacia atrás, para que todo volviera a ser como antes. Imaginé la sorpresa de los familiares de mi amigo; quizá aquella noche hubiera una fiesta. Luego debería enfrentarme a las miradas silenciosas de Jorge, oír sus poemas y sus especulaciones sobre el jardín.
Entonces decidí girar, no por el deseo de saber si marchaba detrás de mí, sino por el tedio y el hastío
que me producía su presencia. Devolver a Jorge a su muerte, sería iniciar una vida alejada de su mirada de carnero, de su voz aguda entonando versos a mi belleza.
Frente a mi, su rostro tembló suavemente y se deshizo en un sucio resplandor. Quité la cadena vacía de mi cuello y me dirigí hacia el río, dispuesta a cruzarlo. En ese momento surgió frente a mí la espalda de Jorge, su traje marrón, sus piernas hundidas en la corriente, sólo que no era un fantasma; su cuerpo se movía con decisión mientras mi propia piel y mi carne perdían consistencia. Sin volverse, agitó en su mano el papel con la fórmula del jardín, que no recordaba haberle entregado. Atravesó la corriente, llegó a la otra orilla y se tendió exhausto en la hierba. Un momento después llegó su tío y lo ayudó a incorporarse. Supe que el anciano sabía todo. Se limitó a sonreír como si pudiera verme y a saludar con un gesto de su mano. Luego abrazó a Jorge, quien había recuperado por completo el color de sus mejillas y la solidez de su cuerpo y ambos marcharon hacia la casa.
Levanté mis manos y a través de mi carne vi la luz del atardecer. Supe que todo había sido una trampa del adolescente para que volviera con él. Multitud de seres oscuros surgieron de la tierra y me saludaron con reverencias silenciosas; eran los muertos del jardín que reconocían a su soberana. Llegué donde estaban el pájaro y la serpiente; el ave tomaba en su pico al ofidio y lo masticaba con gesto triunfal. El laberinto se había convertido en un valle de sombras. Más allá, junto a una cascada, aguardaba el adolescente, desnudo, blanco, hermoso. Me detuve frente a él y nos miramos fijamente mientras a nuestro alrededor los espectros se adelgazaban y se convertían en barro. Tan sólo existían nuestros ojos, nuestras miradas descubriéndonos.
La tierra, las plantas, los canteros se hundieron en torno a nosotros. El mundo como lo conocíamos,
terminó. Los hombres desaparecieron y fueron reemplazados por gigantescas cucarachas, pero el Rey de los Muertos y yo seguíamos pendientes el uno del otro.
La naturaleza se rebeló hasta quedar exhausta Las aguas se unieron a la tierra y la luz a la sombra.
Monstruos vaporosos se convirtieron primero en libélulas y luego en cenizas. Tan sólo nuestros ojos
flotaban en la nada.
Un amanecer, el jardín se formó lentamente y nosotros fuimos un leve recodo en el laberinto. Un joven y una joven caminaron a nuestro alrededor, buscando la explicación de algunos fenómenos. La nostalgia mordió mi carne de espectro al escuchar las palabras del muchacho.
—Si puedo encerrar el jardín en una ecuación, lograré hacer lo mismo con la vida y, cuando muera,
regresaré..


@ Gocho Versolari texto
2408279238250
Todos los derechos reservados
SAFE CREATIVE
Imágenes creadas por IA
Descubre más desde Masticadores
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
+ There are no comments
Add yours