Mi abuelo me llamaba Meruca porque decía que de niña era como una lombriz, delgada e inquieta, y que siempre que me cogía en brazos para hacerme cosquillas, me retorcía como si temiera que un anzuelo de pesca me atravesara.
A mí me gustaba ese nombre porque era solo nuestro, porque nadie más me llamaba así, y porque él lo decía con un cariño que me sobrepasaba: «Ay, la mi meruca». Yo lo llamaba a él «marabayo», como la larva de mosca que se hace un traje de piedritas hasta alcanzar la edad adulta, por seguir con el símil de pesca, y porque era duro por fuera pero blando, blandito por dentro.
Me enseñó a pescar, en el río, y me enseñó a encontrar el cebo: las merucas, los marabayos, y los gusarapines. Así bautizamos al cachorro de carea leonés que nos seguía a todas partes: Gusarapín, para completar la tríada del cebo. Eran nuestros nombres en clave, solo nuestros, en el silencio del río, en el murmullo del agua. Buscando incansablemente al famoso Truchón del pueblo. Aquel era el hombre de mi vida. El único hombre que nunca me hizo daño.
Cuando lo perdí, a los 12, el desconsuelo fue mayúsculo durante un año. Y más cuando, tras desaparecer Gusarapín de la huerta y buscarlo días y días, un domingo, descubrí, a hurtadillas en una conversación de adultos entre mi padre y un amigo, que mi progenitor decía: «Solucionado lo del puto perro de mi suegro: Una piedra al cuello y al río. No veas lo que tardó en ahogarse el hijoputa».
Creí morir. Corrí todo lo que me dieron las piernas, arremangado el inmaculado vestido de los domingos, hasta el puente que cruzaba el Bernesga, junto a la huerta del abuelo, donde estaba el pozo en el que más cubría. Y al asomarme allí, bajo el agua oscura flotaban los cuartos traseros grises y moteados de Gusarapín, sujeto al fondo con una cadena atada a un pedrusco. Algo se me rompió adentro para siempre. Algo que nunca se podría recomponer.
Después de gritar y llorar de pena y de rabia un rato interminable asomada al puente de piedra, donde me hice sangre clavando las uñas, bajé al agua como pude por un empinado caminuco de tierra entre la maleza y llegué nadando hasta el perro. Estaba rígido como un madero. Buceé para tirar de la cadena y sacarlo, pero el pedrusco era demasiado pesado y se había encajado en la negrura rocosa del fondo. La cadena estaba sujeta al cuello de Gusa con un candado. Iba a ser imposible sacarlo.
Agotada en la orilla, con mi vestido blanco y mis zapatos de charol empapados y llenos de barro, volví a entregarme al llanto deseando la muerte de mi padre. Mi abuelo lo habría matado. Seguro. Era nuestro perro. Nuestro Gusa. Sacaba las truchas del agua con la boca. Se me ponía en el regazo para darme calor cuando salía del agua muerta de frío. Nunca dejaba solo a mi abuelo. Lo sacó del río cuando El Truchón rompió la punta de la caña, arrancó los aparejos, y Marabayo calló de espaldas y fue arrastrado por la corriente. Era un buen perro. No merecía ese final.
De pronto, recordé la cizalla. La habíamos usado cuando aquel zorro quedó enredado en la alambrera de espino para liberarlo. Solo tenía que colarme en la chabola y cogerla para cortar la cadena. Y eso hice. Entrar por la gatera, como cuando el abuelo se olvidaba las llaves de la puerta, y volver al río con la pesada herramienta. El vestido se desgarró al engancharse en la madera cuando salí, pero qué importaba nada ya. Bajo el agua oscura era difícil ver, y era duro bucear con aquella cizalla en las manos, pero más difícil era hacer fuerza para romper el metal. Salí a respirar tras cada fracaso, dando puñetazos al agua y gritando de pura frustración. Hasta que recordé que el abuelo decía que más vale maña que fuerza. Quizá no cortara la gruesa cadena, pero sí el candado. Volví a sumergirme. El candado se partió. Tuve que soltar la cizalla para que la corriente no se llevara el cuerpo de Gusa, y a duras penas conseguí sacarlo a la orilla. Lo abracé durante horas.
En la chabola había una pala, y le di cristiana sepultura junto a los rosales que tanto le gustaba mear. Hay cosas que se aprenden solo con dolor, pero maldita sea la hora del aprendizaje. Ese día dejé de ser niña. Literalmente. De camino a casa, empapada, arañada, sucia, y con el vestido y el alma rotos, me bajó mi primera regla, tiñendo los calcetines de volantes de rojo. Me desmayé en los brazos de mi madre cuando llegué.
Heredé las cañas, la cesta y los aparejos del abuelo. Mis padres vendieron todo lo demás. La huerta incluida, con la tumba de Gusa, que nunca revelé. Yo seguí yendo allí a pescar. Era la única mocina del pueblo que pescaba. La única que hacía mosquitos de hilo y plumas, al estilo Marabayo. La única que, una tarde, por fin, logró atrapar al codiciado Truchón. Cinco kilos de pez. Cinco. Casi me rompe la caña. Fue un forcejeo épico. Ni los más veteranos consiguieron atraparla nunca. Era una leyenda. Y cuando la miré a los ojos, mis dedos dentro de sus branquias y de la mandíbula inferior para poder sujetarla, de rodillas en la orilla, lo comprendí. Tenía dos anzuelos clavados en la boca, uno con un marabayo y otro con un gusarapín. Por eso la eché de nuevo al agua. Hay leyendas que hay que mantener vivas. Por la memoria de algunos.
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