jueves, septiembre 3 2026

LA PASIÓN PRIMORDIAL by Esther Bajo

El 22 de julio es el Día Europeo de las Víctimas de Crímenes de Odio. Lo es por unos hechos que sucedieron ese día de 2011, cuando un chico joven, rubio, de un país caracterizado por sus altos salarios, talante pacífico, casi nula contaminación, fantástico sistema de educación y salud, derechos sociales e igualdad de género, pone una bomba en una céntrica calle de la capital, matando –de forma, claro está, aleatoria- a ocho personas; después se va a una isla en la que cientos de adolescentes disfrutan de un campamento organizado por la Liga de la Juventud, y se pone a tirotearlos, asesinando a sesenta y nueve críos. ¿Y por qué? Pues porque ese joven, Anders Behring Breivik, odiaba a los musulmanes porque le daba miedo que le robaran su identidad como noruego, pero odiaba aún más a quienes no les odian

Hablo en pasado, pero después de haber cumplido doce de los veintiún años a los que fue condenado, sigue pensando igual. En la celda –con gimnasio, Xbox, cancha de baloncesto y mascota- sigue escribiendo manifiestos como el de las mil quinientas páginas que había colgado en Internet minutos antes de entrar en acción, y sigue denunciando “la destrucción cultural y étnica” noruega y arremetiendo contra los musulmanes y contra el feminismo, que define como “el suicidio cultural europeo”.

En enero de este año volvió a los titulares porque tuvo el cuajo de denunciar al Gobierno de Noruega por violar sus Derechos Humanos porque, según él, estar aislado y sufrir la revisión de su correspondencia, es similar a la tortura y le causa mucho estrés. Eso dijo en la audiencia, al tiempo que hacía el saludo nazi. Y en lo de la correspondencia ganó porque, según señaló la jueza Helen Andenaes, “el derecho a una vida privada y de familia representa un valor fundamental en una sociedad democrática”. Y ésa es la gran paradoja: que las palabras de la jueza sí que forman parte de la cultura europea, como la actitud de los policías que no dispararon a Breivik; una cultura basada en el respeto a los Derechos Humanos y el Estado Social del Bienestar.

Casos como el de Breivik dejan boquiabierto a cualquiera, aunque el odio como móvil no sorprenda igual a odiadores y odiados. Lo que no resulta sorprendente es que fuera un chico joven, apenas un treintañero, porque, en mi opinión, hemos a nuestros hijos y nietos en la cultura de la violencia. Pienso en la escena de “El sol del futuro”, de Nanni Moretti, en la que acepta ir al cine con su mujer embarazada a ver una película de la directora de ultraderecha Kathryn Bigelow y más tarde, en la cama, se atormenta pensando: “¡He llevado a mi hijo a ver esa soberana gilipollez! ¡Estas cosas influyen a los niños, influyen en su carácter!”, Más allá de la comicidad de la escena, no le falta razón. Hace poco repusieron en televisión la película de Hitchcock “Cortina rasgada” y volví a quedar fascinada con esa escena del asesinato del agente Gromek -¡el único asesinato en una película de espías!- en la que el protagonista y una mujer tardan sus buenos seis minutos en llevarlo a cabo. La conclusión es clara: matar –al contrario de lo que reza el título de una de las novelas de Agatha Christie- no es fácil. Por eso a Moretti le indigna la falta de ética de una película que termina con la escena de un hombre que, fríamente, ejecuta de un disparo a otro arrodillado y amordazado.

José Luis Estrada, en su libro “¡A la plaza!”, llama a mi generación –el sector más juvenil de la que tomó el poder en España a comienzos de los años 80, con el advenimiento de la democracia- la “generación asesina”, porque expulsó del poder a sus padres por retrógrados y deja a las siguientes generaciones sin poder ni futuro, en la triste aspiración al mileurismo, la precariedad laboral y el desencanto existencial. No nos preocupamos de formalizar de verdad la participación ciudadana en la vida pública ni reducir el monstruo del Mercado a su estricta utilidad y hemos mantenido a los jóvenes en la desinformación de la Historia y un “estado anestésico general” alimentado por videojuegos violentos y/o degradantes para las mujeres, la ficción de que los seguidores son amigos y el fútbol mejor que la ideología. Sí, el fútbol, que hemos convertido en su principal afición desde pequeños, no como un deporte más sino como una aspiración vital, un compromiso sectario y la completa contradicción con todos los valores con los que se pretende formarles en la escuela –los de la verdadera cultura europea-: racionalidad, lógica,  educación, pacifismo, respeto, empatía… en definitiva, el humanismo. No es de extrañar que sea la principal cantera de la ultraderecha.

Como Nanni Moretti, me niego al pesimismo y creo en las personas, aún si eso me sitúa en una minoría que se resiste a odiar a nadie a pesar de que ese sentimiento, convertido ahora en delito, sea muy antiguo. Me remito al excelente párrafo de “El cementerio de Praga”, de Umberto Eco, en el que un espía ruso de finales del siglo XIX dice: “A mí me interesa la estabilidad moral del pueblo ruso y no deseo (y no lo desean las personas que pretendo complacer) que este pueblo dirija sus insatisfacciones hacia el zar. Así pues, necesita un enemigo. Es inútil ir a buscarle un enemigo, qué sé yo, entre los mongoles o los tártaros, como hicieron los autócratas de antaño. El enemigo, para ser reconocible y temible, debe estar en casa o en el umbral de casa”. En ese caso se trataba de los judíos; hoy de los musulmanes, las feministas… “Es necesario un enemigo para darle al pueblo una esperanza. Alguien ha dicho que el patriotismo es el último refugio de los canallas: los que no tienen principios morales se suelen envolver en una bandera, y los bastardos se remiten siempre a la pureza de su raza. La identidad nacional es el último recurso para los desheredados. Ahora bien, el sentimiento de la identidad se funda en el odio, en el odio hacia los que no son idénticos. Hay que cultivar el odio como pasión civil. El enemigo es el amigo de los pueblos. Hace falta alguien a quien odiar para sentirse justificados en la propia miseria. Siempre. El odio es la verdadera pasión primordial. Es el amor el que es una situación anómala. Por eso mataron a Cristo: hablaba contra natura”.

Esther Bajo


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