En la sala de butacas el mutismo era total. No se escuchaba ni el más mínimo atisbo de respiración. Casi dos mil almas habían acudido aquella noche al debut del joven pianista André D’ Lión.
Tras un leve saludo al público y en medio de una gran ovación se sentó ante el teclado del piano de cola color negro. Sin más preámbulos comenzó su actuación. Desde muy pequeño tocaba todas las piezas de memoria sin necesidad de partitura. Aquella tarde no sólo era su debut ante el gran público, también había decidido estrenar una obra de su cosecha.
Para esa pieza si traía unas breves notas, ni siquiera era una partitura completa. Era una nana, que había compuesto tan solo hacía unos días para su hijo recién nacido. Las primeras notas fueron las de la obra de Beethoven, “ Para Elisa” a la que siguieron otras más de Mozart, Claude Debussy e
interpretando de Maurice Ravel, “ Gaspard de la nuit”.
Había llegado su momento mágico, el estreno de “Nana para Jean Pierre”, su ópera prima. Tras los aplausos recibidos por la interpretación de la obra de Ravel, André D’ Lión con un breve gesto
instó al público a permanecer en silencio. Miró hacia el extremo derecho del escenario y le dio paso a una mujer elegante que muchos ya conocían, su profesora de piano y también su hermana mayor, Mariela D’ Lión. Unas breves palabras dedicadas a su genial hermano fueron el preámbulo de la actuación, no sin escuchar antes una prolongada ovación que se alargó durante varios minutos.
Sentado al piano con su impecable smoking de color negro y pajarita a juego inició la interpretación de su pieza musical de poco más de seis minutos. De pronto se encendió un mechero en medio del silencio más absoluto, a éste le siguió otro y así poco a poco el patio de butacas, los
palcos, todo el Teatro Emperador se llenó de luminarias oscilantes, inquietas ante la inminente conclusión del concierto. La última nota se percibió hasta en el rincón más oculto. Los encendedores dejaron de iluminar.
El público en pie, los clamorosos aplausos envolvieron el teatro. Los que no habían conseguido entrada también sintieron la ovación durante más de media hora sin interrupción. Hasta en seis
ocasiones tuvo André que repetir aquella nana dedicada a su hijo.
Una actuación sublime, llena de poesía no escrita, de pura magia, comentaban todos sin excepción al
salir del concierto. André D’ Lión es sin duda el más grande, se escuchaba decir a otros. Por la calle tres de cada cuatro la iba tarareando sin darse cuenta, era cómo si aquella nana los hubiera hechizado. Al llegar de regreso a sus casas, cada uno de los asistentes a aquel memorable concierto encontraba un sobre bajo su puerta. Quién lo remitía era el propio André D’ Lión de su puño y letra, a cada destinatario con nombre y apellidos. El contenido, las notas que él había escrito a modo de chuleta sobre su nana.
¿Lo había soñado André? Tal vez. Sin embargo el rotativo más madrugador de la ciudad daba cuenta en primera planta y a toda página del increíble éxito del joven pianista en su debut y de la magistral obra compuesta por él mismo. Así mismo del lleno total del Teatro en su reapertura. Quizás fue la magia de la música y las palabras aliadas para conformar el hechizo con su poder fuera de lo creíble.
@ Carlos Cubeiro narrativa
@imagen de Emily de Pinterest
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