Recuerdo una tarde de septiembre,
en Montello. Yo, niña todavía,
con una trenza fina y un hormigueo
de carrera loca hasta las rodillas.
Mi padre, anudado dentro de un pasadizo
excavado en una elevación del suelo,
me señalaba a través de una grieta
el Piave y las colinas; me hablaba
de la guerra, de sí mismo, de sus soldados.
En la sombra, la hierba fría y puntiaguda
tocaba mis piernas: bajo tierra,
las raíces tal vez todavía chupaban
algunas gotas de sangre. Pero yo ardía
con el deseo de dispararme para fuera,
hacia el sol invasor, para recoger
un puñado de moras de un seto.
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