Llovizna sobre la casa en obra. Primer día de vacaciones mutuas. El cemento alisado forma charcos donde otrora reinaba el césped y los excrementos verdes de ganso. Ya los ladrillos ahuecados forman un rudimentario laberinto de tres filas que delimita el hogar de los inminentes ladrones de cielo.
Un gran roedor de bigotes de acero se pasea por entre las bolsas de arena: desprevenido Minotauro que despertó cautivo en sus propias tierras. Con delicadeza felina me apoyo contra el alambrado de rombos que nos separa y, procurando no perturbar a las gotitas que allí tiemblan de alegría, le arrojo un hilo invisible hasta la salida. Pero el coipo corre en dirección opuesta al trozo de pan, invocando en su inocencia a sesenta millones de años de divergencia evolutiva.
Descubro que ha dejado de llover. Me desentiendo de la silueta petrificada tras la mezcladora de cemento para regresar a mi hábitat, donde no consigo relajarme. El tic tac tardío del agua de la canaleta, en complicidad con los lentes de aumento que no precisaba hace un mes, se esfuerzan en transmitirme un mensaje que no consigo descifrar.
NATALIA DOÑATE
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