Raúl Lemus se retuerce de dolor en una cama de sábanas manchadas, emite gritos estridentes que desgarran la atmósfera decadente de su cuarto de alquiler. Uno de los inquilinos que con él comparten la vieja posada que solo recibe estudiantes y putas finas, toca la puerta con paciencia conociendo e ignorando la condición que a Raúl aflige. Los gritos aumentan y deciden abrir la puerta de la habitación, las llaves las guarda la matrona bajo el diván de cuero de lo que una vez fue un estudio escarlata. La gorda dama avanza por el pasillo haciendo a un lado al joven que toca la puerta con preocupación.
―Quitáte hombre, que si ese muchacho se nos muere se quedan todos sin techo ―dice mientras introduce la llave en la cerradura―, y nadie se va a aguantar esa gritería. Van a terminar llamando a la policía y donde se den cuenta que su amigo vende hierba nos vamos todos encanados.
―Tranquila, doña Marina ―responde el joven―. Ábrame la puerta que yo sé cómo calmar a Raúl, no se desespere que usted sabe que él es quien ayuda a muchos de los que aquí vivimos, ¿o ya se le olvido quien pagó los servicios del mes pasado?
La abultada dama gira el pomo de la puerta y da un paso atrás, dejando el camino libre para que el joven entre a la habitación. La estancia emana un olor a baúl viejo y licor añejo con algunos atisbos de mariguana. En la cama, un hombre de ojos infantiles y barba desordenada arquea la espalda adoptando posiciones antinaturales, haciendo vibrar los vidrios manchados de la única ventana, con gemidos dignos de un demonio airado. Al ver a su amigo acercarse a la cama, la expresión cambia de dolor a desesperación, a anhelo, a esperanza.
― Matáme güevon, matáme que esta existencia no hace más que echarle sal a mis heridas. Donde no me mates Andrés, te juro que te escupo en el infierno.
Andrés no responde al pedido embriagado de su atormentado amigo, avanza hacia una mesa de noche junto a la cama y extrae de un cajón una bolsa plástica con dos moños de mariguana. Busca con avidez la pipa en su bolsillo y, trillando el fruto con sus uñas, lo introduce en la pipa para después encenderlo. Una vez carburado, ofrece la hierba en ignición a Raúl, quien con los labios temblando de manera incontrolable, aspira con fuerza, llenando sus pulmones del humo policromático. Repite la operación hasta fulminar el contenido de la pipa cuatro veces seguidas y cae sobre la cama sin atisbo de tensión, con la mirada ya extraviada y lo que parecía ser una sonrisa.
― Esta vez casi me matan güevon, sentí como se me subían por el cuerpo, como hormiguitas, trillones de hormiguitas, como se me metían a la boca, como caminaban por mis entrañas, las vi todas y cada una, su forma, su rostro, su amorfa manera de usar mi piel como burdel de medio pelo. Me quería arrancar la piel Andrés, arrancarme el alma, esta vida es un suplicio, desearía volver a los deseos banales, a la ignorancia acomodada, a existir carente de propósito y de consciencia.
Andrés recarga la pipa las veces necesarias para que Raúl duerma placentero. Sabe bien que ni en los sueños su pena cesará. Dos meses atrás, después de una noche fuera de la ciudad en un arcano cabildo indígena, Raúl había regresado extraño, narrando sus viajes extrasensoriales producto del brebaje ancestral que ingirió junto a su novia. No conocía a cabalidad el contenido de la mezcla, pero lo que si lograba aseverar era como de repente se sentía consciente sobre pequeñas cosas que antes pasaban desapercibidas, su forma de hablar cambió y un aura de sabiduría e intelectualidad barata empezó a acompañarlo en su cotidianidad. La alarma se encendió entre los miembros de la pensión cuando en las mañanas no lo veían salir hacia la universidad, o se quejaba de la viscosidad de la sopa de doña Marina, de cómo podía sentirla recorrer su tracto digestivo. Su forma física cambio tanto como la mental, al dejar de ingerir gran cantidad de alimentos su peso diezmó y los pómulos una vez ocultos emergieron revistiéndole con cierto porte aristocrático.
“Es que vos no entendes Andrés, he empezado a sentirlo todo, cuando Catalina me besa siento cada terminación nerviosa de mis labios alzarse en baile. Cuando respiro el aire matutino siento las gotas de roció incrustarse en mis vellos nasales, siento las ondas del sonido y como se conecta el cosmos por una gran red como de araña”. Andrés no respondía a sus monólogos filosóficos, Andrés no era de muchas palabras, pero sin duda se preocupaba por su amigo por quien el año y medio compartiendo hogar había hecho que desarrollara un gran cariño fraternal. Incluso Susana, quien trabaja vendiendo su cuerpo en discotecas de élite y reside en el cuarto contiguo a Raúl, se preocupó cuando el olor a mariguana sobrepasó los límites aceptables por su vida de excesos. “Susanita yo la consumo porque me eleva, evita que mi consciente blasfeme si la consumo seguido, últimamente me agobia el hecho de que estamos aquí para morir, no hay otro sentido del existir Susanita, anoche sentí como la tierra giraba sobre su propio eje, soy consciente hasta del movimiento geológico de este planeta, solo tengo 20 años mujer, no sé si se pueda poner peor”. Pero, como declaración profetizada su condición empeoró, hasta el punto que evitaba ducharse para no sentir los químicos que traía consigo el agua y a su parecer no hacían más que deteriorar la piel. El comportamiento excéntrico no daba para otra cosa que echarlo de la pensión, y recobrar la pacífica convivencia que se llevaba, pero el padre de Raúl era el dueño de la Casa y Doña Marina nada más que su empleada, todos temían alarmar a el patrón sobre los desvaríos de su hijo porque si decidía que debía retornar a su pueblo, se quedarían los inquilinos sin hogar. Sin embargo, esperaban todos que Raúl no sufriera más que de locura transitoria a causa de su curiosa naturaleza, hipótesis que descartaron cuando vieron a Catalina, la novia de Raúl, ser echada desnuda de la habitación que compartían. Susana la aprovisionó con una bata para dormir y la consoló en el diván de cuero hasta que la noche cayó y tuvo que regresar a su hogar con ropa prestada, ya que Raúl se rehusó a abrir la puerta, al preguntarle a la muchacha por las razones del altercado respondió entre sollozos agudos: “Me sacó a patadas de la habitación, como si yo fuera una cualquiera, sin ofender Susana, que porque no sentía que su miembro encajara correctamente en mi vagina, que ahora que era consciente de la distancia entre su carne y la mía el hijueputa pensaba que debía buscarse una mujer de caderas más anchas, que pudiera dotarlo de una sana descendencia, ¡que se joda ese maldito loco! ¡que se ahogue en su propia mierda!”, tras las declaraciones, nadie en la pensión vio a Catalina de nuevo y al Susana, preguntarle a Raúl su perspectiva del asunto, se rehusó a responder replicando que era demasiado complejo para el cerebro de una puta.
Los alaridos de dolor iniciaron un viernes en la noche, cuando todos en la casa cenaban juntos y se disponían a festejar en una cantina cerca de la Universidad del Valle, la única que no iría sería doña Marina, ya que su edad le hacía creer que la diversión debía cambiarse por rosarios de media noche en camas solitarias. Habiendo todos abandonado la morada compartida, el timbre rompió la quietud, Doña marina abrió la puerta esperando a Susana quien siempre olvidaba la cartera, pero para su sorpresa, se encontró de frente con Raúl quien llevaba de un lazo a rayas un perro negro de ojos azul hielo.
―Sabés que no se pueden tener animales muchacho, orden de Dón Lemus. ― espetó doña marina.
―Pues yo también soy Dón Lemus y este perro es el único ser con el que he podido entablar conversa en un buen tiempo, así que entra ÉL o le digo a mi papá que vaya buscando otra empleada.
Doña Marina se hizo a un lado reacia, frunciendo la boca en una mueca forzada. Raúl recorrió el pasillo arrastrando al canino, ingresó en la habitación y cerró la puerta con seguro. El resto del día se escuchó la resonancia de versos malditos, Raúl los recitaba a su nuevo amigo con la voz árida y la hierba encendida, poemas alucinados y el olor de las bragas que Catalina olvidó en su última visita. El perro no respondía las intelectuales conversaciones que Raúl proponía, aquello era lo que más le agradaba, no sentir el juzgamiento de aquellos aun víctimas del inconsciente, con un Ello mal llevado y un Super Yo en demasía atrofiado. Cuando regresaron atontados por el alcohol, los otros inquilinos, se sorprendieron al encontrar a doña Marina con un vaso en el oído y pegada a la puerta del excéntrico muchacho. “Lleva como tres horas hablando vainas inteligentes con un perro que trajo de la calle, ese malparidito hasta me amenazó con echarme”, dijo a Susana cuando esta la cuestionó por su comportamiento, el amor que todos le profesaban la vieja ama de llaves llevó a Susanna a tocar la puerta de la habitación con violencia. Al escuchar la voz de la voluptuosa amazona, Raúl abrió la puerta y la invitó a escuchar su privada conferencia, Susana con rabia le respondió: “A mí no me jodás peladito, ni a mí ni a doña marina ni a nadie; si estás tan consciente de todo que duermas bien con las pulgas y gérmenes que trae ese chandoso, no sos sino un mariconcito creyéndose superior”. Esa fue la noche que iniciaron los gritos, los gemidos y los golpes secos contra la pared, Raúl comentaba a Andrés, el único que era permitido en traspasar el umbral, que los gérmenes le carcomían la piel, que los sentía en todas partes, que había tenido que matar al perro y enterrarlo en el jardín. Que la tierra se había metido en sus uñas y prefería morir que sentir los ácaros de la cama. Ni la marihuana lograba acallar el peso de ser consciente de la existencia entera, Raúl ya no vibraba en el mismo plano de realidad y si había de morir a causa de no poder coordinar el respirar con la visión sus coterráneos no sentirían más que alivio, incluso el desarraigado Dón Lemus celebraría la partida con una cuenta menos que pagar. Fue entonces cuando el taciturno Andrés entendió al fin el valor de estar regido por instintos y la paz que otorga ser ignorante por comodidad.
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