jueves, septiembre 3 2026

Los ojos de arena.-Crónica.- por Jesús Cello

El sicario saco el papelito del bolsillo derecho del gabán negro donde tenía anotada la dirección de sus próximas víctimas, las primeras de ese día. Entrar a la casa no fue problema, los narcos no soportaban el calor y dormían con la ventana abierta. Matarlos fue fácil, a la mujer la degolló en el baño y al hombre lo sorprendió en la cama todavía dormido, hundiéndole el puñal tan adentro que no se lo pudo sacar.

» Mátalos en silencio » le pidieron.

Bajo las escaleras con la tranquilidad y el descaro que solo da la costumbre de la impunidad y tuvo tiempo de comer una manzana en la cocina. Cuando salió a lo que creía una calle desierta por la hora, lo sorprendieron los ojos de un joven andrajoso que lo miraba fijo detrás de unos tachos de basura, como mirándolo sin ver, desconcertado, atónito, tratando de entender, sin inmutarse.

Era blanco fácil, solamente apuntar y disparar. Extrajo del bolsillo enmascarado de su gabán la pistola automática y colocó el silenciador enfrentando esos extraños ojos de arena que lo condenaban con una inocencia casi sobrenatural, con la pobreza de unas ropas sucias y rotas de vagabundo. Sus manos comenzaron a temblar y transpirar mientras le apuntaba a esa mirada suave, como la de un ángel seguro e inmortal, casi distante, incluso con una extraña sonrisa como nacida de otro mundo.

Porque a pesar de ser un sicario, un profesional de la muerte, esos ojos no eran más que los de un adolescente, solo un poco más que un niño inocente y eso era una ley que nunca pudo quebrar, una ley personal que siempre respetó. Siempre se había movido entre violadores, asesinos, estafadores, ladrones importantes de la mafia, narcos, jamás con inocentes. Sus trabajos eran puntuales y perfectos. Nunca tuvo fallas y tampoco dejaba rastros ni señales, por eso era el más caro, el mejor de todos.

Pero éste accidente visual, ésta fatal casualidad no estaba en sus planes y no sabía que hacer, o si sabía pero no podía. La pistola le seguía temblando en la mano ,mientras le apuntaba al centro de la frente para que ninguna ambulancia lo pueda salvar y ningún Dios resucitar. Pero no pudo y bajó el arma.

Y empezó a correr desesperado ocultando su rostro entre la gente.

Cuándo llegó a la habitación del hotel la destrozo por completo, preso de una ira descontrolada. No dejaba de pensar que el joven hablaría tarde o temprano con la policía y tenía que volver a las calles cuánto antes y encontrarlo.

La cacería comenzó por todos los rincones de la ciudad, día y noche sin pausas, poniendo el acento en los lugares más alejados y desiertos, los baldíos inertes y solitarios, donde la humildad de los carenciados se resguarda y se esconde de las miserias del mundo. Era una búsqueda frenética y enloquecida, recordaba sus facciones a la perfección, su cabello enrulado y sus orejas enormes, su mentón pronunciado y esos ojos fríos, como congelados en el tiempo.

Inevitablemente el encuentro se produjo y la ansiedad de su desesperación lo enloqueció. Iba caminando abrazado a una mujer por una calle menor, cerca del teatro de la avenida principal, bajo un paraguas que los protegía de una lluvia triste, como un escudo involuntario de la fatalidad de los días. Parecían dos enamorados perdidos en la ruleta de la mala suerte y comenzó a seguirlos a una distancia prudencial, para que no se percataran de él pero sin perderlos de vista nunca, con la respiración entrecortada, excitado hasta la insania, desesperado.

Cuando se detuvieron frente a la casa del crimen obligados por un semáforo, colocó el silenciador con la rapidez de un mago y escondió el revólver en el bolsillo derecho del gabán negro, acelero los pasos y cuando los tuvo solo a centímetros les disparó por la espalda para desaparecer llorando por las escaleras del subterráneo. Una vez en el hotel encendió la televisión y escuchó la noticia que nunca hubiera querido escuchar. El noticiero decía que una hiena, una lacra asesina, había matado a un joven ciego junto a su hermana en la calle, a las tres de la tarde cerca del teatro, sin dejar rastros y ninguna señal.

Fue hasta el espejo y busco el revólver para llevarlo a su sien y emprender el viaje.

@Jesús María Cello


Descubre más desde Masticadores

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo