El ladrido era continuo y desesperante. De fondo, mientras dormía podía escuchar los sonidos y tras farfullar improperios; tuve que levantarme a ver qué estaba sucediendo.
Encendí la luz de la sala y franqueé hasta alcanzar el pomo de la puerta. Destrabé la tranca y abrí poco a poco para no encontrarme con posibles sorpresas.
¿Quién anda ahí? —dije. Lobo, mi perro. Ladraba hacia el pequeño animal que, indefenso, se enrollaba a sí mismo.
—¡Déjalo!, Lobo —indiqué y lo alejé del reptil.
Lobo seguía ladrándole como si quisiera decirme algo más. A continuación, tomé la escoba y cuando iba a arrastrarlo hacia la vereda, algo inusual sucedió…
—Por favor, solo estoy buscando un nuevo hogar —dijo la culebra, con una voz como si hubiese inhalado helio.
—¿¡Qué!?, ¿eres tú quién está hablando? —interrogo, aún sorprendido por este extraño episodio.
Lobo solo quería enterrar sus patas contra él o ella, no sé. También quería morderle y arrancarle las entrañas, pero supongo que al mismo tiempo tenía miedo que le hiciera algo.
—Sí, lo hago porque sé que tú me puedes entender —dijo la culebra.
Me pellizqué, vi la hora del reloj de la sala, 02.41 a. m., también los faroles de las columnas seguían encendidos y me asomé a la verja para saber si seguía siendo mi sueño o en verdad estaba sucediendo.
Como no podía ver su pequeña boca, no sabía si era la culebra quién hablaba o era alguien tras la verja quién quería tomarme el pelo.
—Soy yo, sé que parece extraño todo esto, pero es la verdad. He reptado por casi diez años hasta llegar hasta ti. Me han dicho que te entregue un mensaje.
—¡Vete! —le digo a Lobo, energúmeno por sus interminables ladridos—. Él se marchó con el rabo entre las piernas y se introdujo en su casita de madera, asustado por como elevé la voz.
—Disculpa, no quise que le trates por mi culpa de ese modo —argumenta el pequeño reptil.
Aún no estoy seguro de que esto esté sucediendo en verdad, así que marco a mi mamá (que sé que casi no duerme) y me atiende enseguida.
—¿Qué sucede, hijo? —me dice preocupada. Casi nunca la llamo a estas horas.
—No, solo tuve un mal presentimiento y quise llamarte para asegurarme que no fuera nada malo —miento.
—No, estoy bien. Descansa.
Corroboro que todo esto es parte de la realidad y me aproximo a la serpiente para oír qué mensaje tiene para mí.
—No sé qué está pasando… pero esto no puede ser cierto —me lamento.
—Lo es. Mira, al menos escúchame lo que tengo para ti, si no será en vano tantas noches escabulléndome o navegando en aguas turbulentas. Imagino que sabes que somos visto como una amenaza y no vivimos demasiado por esa razón. Incluso estuve a punto de ser mordido por tu mascota y casi fui expulsado por ti hace un rato.
Rio nervioso, incrédulo aún.
» El mensaje que tengo para ti es que no importa cuánto te escondas, sabemos dónde encontrarte ahora.
Empecé a pisotearle con rabia, sus entrañas se esparcieron con su sangre y Lobo salió a ladrar de nuevo al verme de ese modo. Abrí el portón y con la escoba lancé el resto del reptil a la calle, mientras el calosfrío recorría mi cuerpo.
Remontémonos años atrás.
Antes de partir hacia Asunción, me dedicaba a realizar magia negra y tuve que salirme porque me crucé con las personas equivocadas y algo salió mal. Recuerdo que preparé un conjuro de protección y esta noche al parecer ha caducado.
Ya había olvidado cómo se hacía todo esto, de modo que saqué de los cajones mis libros de magia negra y tuve que volver a mi antiguo oficio para hablar con los espíritus protectores.
Lobo aulló al verme con los ojos en blanco en plena invocación y luego se escabulló de nuevo cuando el espíritu se introdujo en mí.
Una vez hube salido del trance. No pude conciliar el sueño al recordar que la culebra pudo hablar gracias a la brujería y, sobre todo, porque me encontraron.
Solo espero que el hechizo que esta madrugada hice, haya funcionado y viva tranquilo otra vez.
Eso incluye, mudarme de casa.
©2024 Marcos B. Tanis
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